miércoles, 13 de febrero de 2013

Los siete conejos blancos


Un rey tenía una hija muy hermosa a la que amaba con todo su corazón. Su esposa, la reina, había educado con mucho cariño y atención a la princesa y le había enseñado a coser y bordar de manera primorosa, por lo que la princesa disfrutaba muchísimo haciendo toda clase de labores.
La habitación de la princesa tenía un balcón que daba al campo. Un día se sentó a coser en el balcón, como solía hacer a menudo; entre puntada y puntada contemplaba los magníficos campos que se extendían ante el castillo, los bosques y las colinas, cuando, de pronto, vio venir a siete conejos blancos que hicieron una rueda bajo su balcón. Estaba tan entretenida y admirada observando a los conejos que, en un descuido, se le cayó el dedal; uno de los conejos lo cogió con la boca y todos deshicieron la rueda y echaron a correr hasta que los perdió de vista. Al día siguiente volvió a ponerse a coser en el balcón y, al cabo del rato, vio que llegaban los siete conejos blancos y que formaban una rueda bajo ella. Y al inclinarse para verlos mejor, a la princesa se le cayó una cinta, la cogió uno de los conejos con la boca y todos echaron a correr otra vez hasta que se perdieron de vista.

Al día siguiente volvió a ocurrirle lo mismo, pero esta vez lo que perdió fueron las tijeras de costura. Y después de las tijeras fueron un carrete de hilo, un cordón de seda, un alfiletero, una peineta... Y a partir de entonces los conejos ya no volvieron a aparecer más. Como los conejos ya no volvían, por más que ella saliera todos los días al balcón, la princesa acabó enfermando de tristeza y la metieron en cama y sus padres creyeron que se moría. Pero el rey la quería tanto que mandó llamar a los médicos más famosos, y cuando éstos confesaron que no sabían qué clase de enfermedad tenía la princesa, mandó echar un pregón anunciando que la princesa estaba enferma de una enfermedad desconocida y que cualquier persona que tuviera confianza en poder curarla acudiera de inmediato a palacio; y a quien la curase le ofrecía, si era mujer, una gran cantidad de dinero, y si era hombre sin impedimento para casarse, la mano de su hija.

Mucha gente acudió al pregón del rey, pero nadie supo curar a la princesa, que languidecía sin remedio.


Un día, una madre y una hija que vivían en un pueblo cercano, determinaron acercarse a palacio para ver si lograban curar a la princesa, pues ambas se dedicaban a la herboristería y confiaban en que, con su conocimiento de todas las plantas del reino, alguna fórmula encontrarían para poderla sanar. Conque se pusieron en camino. E iban de camino cuando decidieron ganar tiempo tomando un atajo; y cuando iban por el atajo, decidieron hacer un alto para comer y descansar un poco. Pero quiso la suerte que, al sacar el pan, se les cayera rodando por la loma en cuyo alto habían tomado asiento y las dos, sin dudarlo, corrieron tras él hasta que lo vieron caer dentro de un agujero que había al pie de la loma. Conque llegaron hasta él y, al agacharse para recuperarlo, vieron que el agujero comunicaba con una gran cueva que estaba iluminada por dentro. Mirando por el agujero, vieron una mesa puesta con siete sillas y, a poco, vieron a siete conejos blancos que entraron en la cueva y, quitándose el pellejo, se convirtieron en siete príncipes y los siete se sentaron alrededor de la mesa.

Entonces oyeron a uno de ellos decir, mientras cogía un dedal de la mesa:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!


Y a otro:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!


Y a otro: -Éstas son las tijeras de la princesa. ¡Quién la tu viera aquí! Y así sucesivamente, uno tras otro, hasta hablar los siete. Las dos mujeres se retiraron prudentemente y sin hacer ruido, pero antes de alejarse se fijaron en que no lejos del agujero había una puerta muy bien disimulada entre la maleza. Entonces se apresuraron a llegar a palacio y, una vez allí, pidieron ver a la princesa. La princesa estaba acostada y ya no deseaba ver a nadie más, pero las dos mujeres empezaron a hablar con ella y le contaron quiénes eran y a qué se dedicaban y, por fin, le contaron el viaje que habían hecho y, contándole el viaje, le relataron la misteriosa escena de la cueva y los siete conejos blancos.  En este punto, la princesa se enderezó en su cama y pidió que le trajeran algo de comer. Y el rey, al enterarse, fue inmediatamente a su habitación lleno de contento, pues era la primera vez que la princesa quería comer desde que cayera enferma.

-Padre -le dijo la princesa-, ya me voy a curar, pero me tengo que ir con estas señoras.

-¡Eso no puede ser! -protestó el rey-. ¡Aún estás demasiado débil!

-Pues así ha de ser -dijo la princesa, empeñada.


Y el rey comprendió que no tenía más remedio que ceder y ordenó que preparasen su coche. Partieron en seguida las tres y, a la mitad del camino, allí donde las mujeres le dijeran, la princesa ordenó detener el coche y las tres se apearon para buscar la cueva, que se hallaba bastante apartada del camino. Por fin llegaron al agujero y a la puerta disimulada y miraron por uno y otra, pero no veían nada y la noche comenzaba a echárseles encima en aquel paraje. Tanto oscureció que las tres acordaron volver al día siguiente a la misma hora con la esperanza de tener mejor fortuna, cuando, de pronto, vieron que se iluminaba el interior de la cueva y vieron también a los siete conejos blancos, que se despojaban de sus pellejos y se convertían en príncipes.

Los siete se sentaron a la mesa y volvieron a repetir lo que las dos mujeres ya habían oído:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!


Y el siguiente:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!


Hasta el último:

-Ésta es la peineta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!


Entonces la princesa dio un empujón a la puerta, entró y dijo:

-Pues aquí me tenéis.


Y escogió al que más le gustaba de todos; y a las dos mujeres que tanto la habían ayudado y a los otros seis príncipes les pidió que la acompañaran al palacio porque todos quedaban convidados a la boda.

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