martes, 5 de enero de 2016

La Cabalgata


Pastores, médicos, labradores, fariseos y ganapanes, campesinas, limpiabotas, soldados,  marineros, zapateros, escribas, aguadores, maestras, reyes y magos, estudiantes y jubilados, prostitutas, mecánicos, ministros, modistas, plateros, bomberos, generales, actrices, chapineros, prestamistas, toneleros, albañiles, porteras y otros muchos miembros de las más diversas profesiones, se habían puesto en camino siguiendo la potente luz del cometa. 

Al llegar a un pequeño pueblo, la comitiva se paró a descansar, se repartieron la comida y el vino y estuvieron cantando a un pequeño, que había nacido en una cueva a la luz del cometa, hasta el amanecer, pero los Reyes, rodeados de los generales, presidentes, ministros, prestamistas, escribas y fariseos, distraídos como estaban con sus preocupaciones, no se percataron y siguieron su camino.

Al darse cuenta quisieron volver, pero el cometa ya no alumbraba y la fiesta se había acabado.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Las Uvas de la Suerte


Una por una fueron sonando las campanadas y nos fuimos comiendo las uvas. Primero a ritmo, a partir de la cuarta, con algunas demoras por la risa o porque estábamos pendientes de las caras de los otros, con la séptima, ya con la boca llena, solo sonrisas y concentración, en la décima estallaron las carcajadas y empezamos a espurrear, y al llegar a la duodécima… , la duodécima no sonó.
Todo quedó parado, cada uno con su boca llena, su sonrisa y la última uva en la mano. Solo la abuela, que estaba muy torpe para tomar las uvas, los niños pequeños y un caprichoso, que tomaba gominolas, siguieron en movimiento. Y así pasó en todas las casas y en las plazas de las ciudades y los pueblos, donde en ese momento la multitud con la boca abierta y una uva en la mano derecha, en absoluto silencio y sin movimiento alguno, formaban la imagen de una postal de Navidad. Entre esas esculturas humanas, comenzaron a aparecer los pocos que no participaron de la fiesta, unos curioseando, otros buscando a sus familiares y algunos aprovechando la situación para sisar alguna cartera, una cadena o un móvil.
Pasó más de una semana y unos seguían su rutina diaria, mientras otros continuaban inmóviles. Buscando una solución, los gobernantes llamaron a los bomberos que estuvieron de servicio esa noche y no tomaron las uvas y les ordenaron ir a todas las plazas y hacer que el mecanismo del reloj volviera a funcionar o que golpearan la campana con el martillo. Fue un intento desesperado pero efectivo, al oír la campanada, todos se comieron la uva que faltaba y comenzaron la ronda de besos, primero en las plazas con retransmisión televisiva y en las casas, luego en las ciudades, de más a menos habitantes, después en los pueblos y finalmente en las aldeas.
Todo parecía haber vuelto a la normalidad, pero enseguida vieron que aunque todos habían vuelto a la normalidad, lo habían hecho en distintos momentos y se había perdido la sincronía, incluso los relojes marcaban horas y días. Como consecuencia, algunas pitonisas averiguaban el futuro sin equivocarse, otros compraban siempre el décimo de lotería premiado, aparecieron corredores de bolsa que presumían de vaticinar las empresas que iban al alza o se hundían y las abuelas torpes eran capaces de avisar cuando una comida se iba a quemar o cuando su nieto se iba a caer o iba a enfermar. 
Había que buscar una solución y para ello dejaron previsto para la siguiente Nochevieja que primero sonaran las campanas en las aldeas, después en los pueblos, y finalmente en las ciudades, siempre de menos a más habitantes y, en las casas. 
Más tarde, para que todo volviera a ser como antes, los gobernantes de cada país obligaron a las abuelas torpes, a los niños pequeños, a los carteristas, a los bomberos de guardia y a los caprichosos, a tomar sus doce uvas de la suerte. A todos, menos a aquellos políticos, militares y economistas que no las hubieran tomado en su día, a los que contratarían como consejeros permanentes, dejando sin trabajo a profetas, brujos y pitonisas.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La mina de oro



Había una vez un pueblo donde se descubrió que las casas estaban construidas sobre un gran filón de oro. La alegría y algarabía fueron enormes. Como serían inmensamente ricos, se olvidaron de trabajar, cultivar la tierra y de muchas otras labores arduas. Se reunieron los habitantes del pueblo para ponerse de acuerdo cómo debían proceder con respecto de la nueva riqueza encontrada. Pero no se podían poner de acuerdo. Unos se negaban a que se excavara porque las casas se derrumbarían. Otros sólo aceptaban si ellos eran los únicos que podían excavar. Otros querían vender la mina y repartirse el dinero. Otros se negaban a que se explotara la mina porque aseguraban que los demás no entregarían bien las cuentas y se quedarían con una parte del dinero. Las discusiones subían de tono y nadie quería ceder en su postura. Mientras se ponían de acuerdo, de vez en cuando el jefe del pueblo y sus ayudantes recogían piedras que contenían alguna cantidad de oro. Al no ser puro, la vendían en unas cuantas monedas en el pueblo vecino, para poder llevar comida a la gente. El pueblo vecino, separaba el oro de la piedra, lo purificaba y lo vendía muy bien, muchas veces lo vendía de vuelta al pueblo de nuestro cuento. Con el dinero que obtenía por el oro, podía pagar todas las piedras que le llevaran. Pasaron muchos años, la pobreza era generalizada y agotaron gran cantidad del oro vendiéndolo por unas cuantas monedas, mientras los habitantes del pueblo jamás se pusieron de acuerdo

martes, 29 de diciembre de 2015

El bote de remos


Había una vez un bote de remos donde 13 personas trataban de cruzar un ancho mar. En esa lanchita, sólo remaba 1 de ellos. El que remaba, muchas veces se quejaba, y trataba de dejar de remar o remar lo menos posible cuando los demás no veían. Cuando era descubierto, era castigado. Los demás se quejaban todo el tiempo de lo lento que avanzaba la lancha y cuando venía una ola fuerte, los hacía retroceder muchas veces más de lo poco que habían avanzado. A veces, una ola alta introducía agua al bote y dificultaba aún más el avance. En varias ocasiones se discutió la situación entre todos; pero la decisión de la mayoría era que sólo aquél siguiera remando, aún cuando no avanzaran, retrocedieran o se hundieran.

lunes, 28 de diciembre de 2015

El vecino incómodo



Había una vez un señor cuyos hijos se metían al jardín vecino cada vez que podían para tomar lo que allá encontraran. El vecino los dejaba porque aunque se llevaran algo de comida, también le hacían trabajitos ocasionales, aquellas cosas que sus propios hijos (unos chiquillos rebeldes y ruidosos que sólo pensaban en divertirse), jamás harían. Además, sabía que su padre, el señor de nuestro cuento, se dedicaba la mayor parte del tiempo a holgazanear y emborracharse. No sólo descuidaba su propiedad, la cual amontonaba ya pilas de basura, sino que maltrataba a sus hijos y golpeaba a su mujer. Sus constantes borracheras eran escandalosas y los gritos y golpes se oían hasta la casa del preocupado vecino. Cuando podía, ese mal vecino aventaba su basura a su patio y muchas veces se metía a su propiedad a provocar y escandalizar o a llevarse “prestado” lo que pudiera. Como la pequeña rejita de madera poco permitía el control de las constantes invasiones a su propiedad, el vecino decidió construir una barda que separara ambas casas. El señor de nuestro cuento, pregonó en todo lugar su disgusto porque el vecino estaba haciendo esa barda sin tomarlo en cuenta.

Linchamiento


Lo llevaban atado como a un perro y lo arrastraron por las calles entre insultos y todo tipo de vejaciones, sin que él llegara a entender nada.
Como cada día de fiesta, se había levantado y preparado el desayuno, pero cuando iba a sentarse a tomarlo escuchó una gran algarabía y unos fuertes golpes en la puerta. Se asomó y varios encapuchados se arrojaron sobre él, le taparon la cabeza con un saco, lo ataron y, sin más explicaciones lo sacaron de la casa, entre gritos y empujones.
Al llegar a la plaza, lo pusieron de rodillas y uno de ellos le susurró al oído: “Hoy es el día, no hay perdón para actos como el tuyo. Ya está preparado el patíbulo”.
Los gritos volvieron a hacerse más intensos, e incluso le pareció oír unas risotadas entre la multitud, pero de pronto se hizo un profundo silencio, como si la plaza se hubiera quedado vacía.
Aún de rodillas, con la cabeza tapada y atado, notó que alguien se acercaba por detrás, y sin mediar palabra, cortaba la soga de las manos y salía corriendo.
Estuvo unos minutos sin moverse, sin saber qué hacer, hasta que poco a poco se fue incorporando, intentó escuchar algo pero el silencio era impenetrable, y se decidió por
fin a quitarse el saco. En ese momento, aún cegado por la luz del sol, pudo oír a todo el pueblo, que gritaba entre risas "inocente, inocente…"

Se fue del pueblo y nadie volvió a saber de él, pero cada veintiocho de diciembre encuentran en la plaza a un vecino, al que le han clavado un gran  muñeco de papel en la espalda con un puñal.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Estrella de la Mañana


 
Cuando murió el rey de cierto lejano país, dejó toda su fortuna, que era inmensa, a sus dos hijos: el príncipe Mhuley-Assum y la princesa Estrella de la Mañana.

Tan, caprichoso era el príncipe, y tan dado a las diversiones, que enseguida derrochó no sólo su parte sino también la de su hermana, quedando ambos en

la miseria.

-. Todos nos han abandonado -sus·piró Mhuley A~sum, cuando los parientes y amigos que en las épocas de abundancia revoloteaban, zalameros, a su alrededor, se alejaron velozmente en cuanto sus bolsillos quedaron vacíos.

-He gastado en su compañía nuestros bienes, y ahora se ríen de mí y me desprecian.

-No he de hacerte reproches -le· dijo su hermana-, pues considero suficientes los que en estos momentos te dedicas, a ti mismo. Sólo desearía que esta lección no la olvidaras jamás.

El príncipe prometió, y suplicó a la princesa:

-No puedo resistir el que todos esos falsos amigos se mofen de nosotros. Alejémonos de ellos, de esta ciudad, y huyamos donde nadie nos vea :al bosque, a las montañas, donde poder vivir tranquilos.

Estrella de la Mañana quería entrañablemente a su hermano, y accedió a seguir su deseo. De modo que una noche abandonaron los dos el palacio donde tan felices fueran en otro tiempo.

Caminaron sin descanso durante toda la noche y la mañana siguiente, hasta que, al fin, muertos de fatiga, resolvieron detenerse a descansar en un valle. Llevaban muchas horas sin probar el agua, mas por mucho que miraron no descubrieron

en aquel lugar fuente alguna. El príncipe, con la lengua como cartón seco, dijo a su hermana:

-Sigamos andando. Si no encontramos en seguida agua moriremos de sed.

Así, pues, prosiguieron la marcha y estaba ya anocheciendo cuando descubrieron un pequeño lago de aguas blanquísimas.

-¡El cielo nos protege! -exclamó el príncipe--. He aquí agua fresca que calmará nuestra ardiente sed.

Pero Estrella de la Mañana le tomó de la mano, deteniéndole:

-La prudencia, hermano, nos aconseja esperar al día antes de beber de esa agua -le. dijo--. La noche nos impide saber si está llena de fango.

-¡Pero si brilla como la plata! --exclamó Mhuley Assum.

-Los rayos de la luna brillan en todas las lagunas, por sucias que estén.

El príncipe tenía demasiada sed para atender a razones. Su mente, enloquecida casi, era incapaz de controlar a su voluntad.

-¡No puedo resistir más! -gritó--. Lo siento, hermanita, pero beberé. ¡Si no lo hago, moriré de sed!- y el príncipe bebió en abundancia del agua de aquella laguna, y al punto quedó convertido en un magnífico ciervo.

En ese momento, el manto negro de la noche se extendió silenciosamente sobre la tierra, y el ciervo dijo a la princesa:

-Sube a mi lomo y alcanza las ramas de ese árbol para pasar la noche.

Al día siguiente, y muchísimos más a partir de ese, el ciervo recorría el bosque buscando frutas secas con las que alimentar a la princesa. Y de este modo transcurrió mucho tiempo. Hasta que, un día, los caballos del rey de aquel país se dirigieron a abrevar en la laguna mágica, en cuyas orillas, como ya sabemos, se alzaba el árbol que servía de cobijo a Estrella de la Mañana.

Al beber, los caballos vieron reflejada en el agua la imagen de la princesa, y recibieron tal impresión que salieron corriendo como locos.

Mucho tiempo les llevó a los criados del rey recoger a los perdidos caballos, a los cuales condujeron nuevamente a la laguna. Pero los animales, al ver otra vez la imagen de la princesa reflejada en las aguas, se alejaron al galope de aquella temible orilla.

Cuando el rey supo lo sucedido, ordenó a sus criados que registraran el bosque y el valle, para averiguar «por qué los caballos no querían beber de aquella agua, a. pesar de estar muertos de sed».

Durante sus pesquisas, los hombres del rey llegaron a la orilla de la llanura y descubrieron a Estrella de la Mañana subida al árbol. Al tener el rey noticia de aquel hecho, llamó a su primer ministro y con él se dirigió a la laguna.

.-¿Qué clase de ser sobrenatural eres? -preguntó a la princesa- o ¿Eres una aparición diabólica o celestial?

-No soy ninguna de esas cosas que dices, sino una simple criatura humana -respondió la princesa.

Sus palabras dejaron al rey estupefacto.

-¿Por qué no desciendes de ese árbol? -le rogó.

-No puedo -le contestó Estrella de la Mañana, recordando que su hermano le había ordenado que no lo hiciera.

Entonces, el rey ordenó a sus sirvientes que fueran en busca de hachas y sierras y cortaran el tronco. Sin embargo, a pesar del gran vigor que pusieron en la tarea, transcurrió todo el día sin que lograran cortado, y el rey tuvo que dar la orden de dejar el trabajo para el día siguiente.

Poco después, llegaba al lugar el ciervo, y al descubrir el corte que había sido abierto en el árbol, preguntó a la princesa:

-¿Qué ha pasado, hermanita? Y Estrella de la Mañana le refirió, punto por punto, lo sucedido.

Las finas y fuertes patas del ciervo se movieron con nerviosismo y el príncipe advirtió a la princesa:

-Desprecia las palabras y las promesas de ese .rey y no desciendas por ningún motivo del árbol.

Seguidamente, el ciervo comenzó a lamer el corte abierto en el árbol, haciendo que desapareciera. Y no sólo eso, sino que el mismo tronco aumentó de grosor, adquiriendo un diámetro extraordinariamente mayor que el primitivo.

A la mañana siguiente llegaron el rey y sus sirvientes, pero por mucho que hicieron trabajar a sus hachas y a sus sierras, les sorprendió la noche sin haber logrado cortar el árbol. Se retiraron, apareció el ciervo, como la noche anterior, y compuso la brecha abierta en la madera.

Esto se repitió durante varios días, hasta que una anciana que había descubierto lo que el ciervo realizaba durante la noche, prometió al rey hacer bajar del árbol a la princesa. Y, con el beneplácito del monarca, colocó un trípode en el suelo, sosteniendo una caldera vuelta del revés; luego tomó un cántaro lleno de agua y comenzó a verter ésta en el interior del caldero. Naturalmente, el líquido se perdía, y viéndolo la princesa desde su altura, dijo a la anciana:

- Jamás conseguirás llenar tu caldero de ese modo.

-¡Ah! ¿Quién eres tú? -preguntó la anciana-. He venido a lavar ropa, y demostrarías tener buen corazón bajando del árbol y colocando adecuadamente mi caldero.

Pero Estrella de la Mañana tuvo en cuenta la recomendación de su hermano y no bajó del árbol.

Al día siguiente, aquella anciana encendió fuego al pie del tronco y comenzó a pasar trozos de carne a gran distancia de las llamas, simulando no saber asarla

-Ese no es el modo de hacerlo -le dijo la princesa.

-Pues baja del árbol y enséñame -le suplicó la anciana.

Pero tampoco aquella vez accedió a su ruego la princesa.

El tercer día apareció la tenaz anciana con un carnero para degollado, y sometió al pobre animal a un terrible tormento, pues, como se fingía ciega, hundía su cuchillo en diversas partes del cuerpo del carnero, menos en el cuello. El tierno corazón de la princesa se conmovió y, no pudiendo soportar aquella dolorosa escena, bajó por fin del árbol.

El rey y sus soldados se hallaban escondidos tras la maleza y, al verla a su alcance, salieron y apresaron a la princesa, conduciéndola a palacio.

El rey, después de escuchar el relato de sus desdichas, consintió en que fuera llevado el ciervo-príncipe a palacio, y poco tiempo después se casaba con la princesa.

Pero una esclava feísima, que ambicionaba ocupar también ese puesto de esposa del rey, resolvió acometer un negro plan para vengarse. Como la nueva reina tenía por costumbre pasar largas horas sentada a la orilla de un estanque del jardín, calzando hermosas babuchas de plata. Plata y llevando de su mano una

brillante copa de oro, la malvada esclava; se acercó, un día a ella sigilosamente, le dio un violento empujón y precipitó a la bella reina en el estanque.

Entonces, la esclava regresó al palacio, se atavió con la ropa de su señora y esperó la llegada del rey.

-Ah, esposa mía -exclamó el soberano--, qué negro es hoy el color de tu rostro.

-Es que los rayos del sol han caído sobre mi piel durante muchas horas.

El rey era muy confiado, y, especialmente, muy miope, y nada sospechó. Sin embargo, el ciervo no se dejó engañar.

-Ésta no es la verdadera esposa. Ésta no es mi buena y bella hermana.

Temerosa de que el ciervo la descubriera la esclava decidió matarlo. Al día siguiente simuló hallarse en grave estado y llamó a los mejores médicos de la corte, a los que compró con dádivas y promesas, obteniendo que declararan que su mal había sido causado por un golpe recibido del ciervo.

-¡Que sea sacrificado! -ordenó el rey, cuando le comunicaron aquella mentira- ¡Y que pongan a hervir agua en un caldero!

El pobre ciervo, al oir cómo se afilaban los cuchillos en su honor, corrió al borde del estanque y llamó a su hermana de este modo:

-Date prisa, hermanita. En palacio ya están afilando los cuchillos para degollarme, y también está hirviendo el agua. Y del fondo del estanque salió una voz que dijo:

-Un gigantesco pez ha devorado a la reina y ahora se encuentra en su estómago. En él vive cautiva, con su copa de oro en una mano y calzada con las preciosas babuchas de plata. Además, dentro de muy poco tiempo va a tener un niño. Como los criados del rey no encontraran al ciervo, el propio monarca salió a buscarlo al jardín, y tuvo ocasión de oir las palabras que el animal pronunciaba y las que salieron del fondo de las quietas aguas.

-¡Que venga el mejor pescador de mi reino a pescar el gran pez que vive en el estanque! -ordenó. Y el mejor pescador llegó y capturó el gran pez, cuyo vientre

fue abierto y de él salió la reina, la bella esposa del soberano, con la copa de oro en su mano y calzando las hermosas babuchas de plata.

En ese momento el ciervo comenzó a lamer cariñosamente la mano de su hermana, donde aún quedaba una gota de la sangre del gran pez, la cual, al ser tocada por la lengua del ciervo, hizo que éste se transformara nuevamente en el apuesto príncipe que fuera.

Comprendiendo el rey cuanto había sucedido, ordenó que la malvada y fea esclava suplantadorá fuera desterrada a perpetuidad, no queriendo matarla por no manchar con sangre la inmensa felicidad que sentía debido a la recuperación de su verdadera esposa..

Se celebraron numerosos festejos, tanto en palacio como en todo el país, y se dice que duraron cuarenta días y cuarenta noches. Estrella de la Mañana y su hermano Mhuley Assum vivieron ya por siempre junto a aquel buen rey, sin acordarse de su país de origen, donde tan ingratamente habían sido tratados cuando quedaron sin bienes de fortuna. Nunca se arrepintieron: fueron tan felices como jamás lo soñaron ser...