sábado, 6 de diciembre de 2014

El globo negro


Un niño negro contemplaba extasiado al vendedor de globos en la feria del pueblo. El pueblo era pequeño y el vendedor había llegado pocos días atrás, por lo tanto no era una persona conocida.
En pocos días la gente se dio cuenta de que era un excelente vendedor ya que usaba una técnica muy singular que lograba captar la atención de niños y grandes. En un momento soltó un globo rojo y toda la gente, especialmente los potenciales, pequeños clientes, miraron como el globo remontaba vuelo hacia el cielo.
Luego soltó un globo azul, después uno verde, después uno amarillo, uno blanco...
Todos ellos remontaron vuelo al igual que el globo rojo...
El niño negro, sin embargo, miraba fijamente sin desviar su atención, un globo negro que aún sostenía el vendedor en su mano.
Finalmente decidió acercarse y le preguntó al vendedor: Señor, si soltara usted el globo negro. ¿Subiría tan alto como los demás?
El vendedor sonrió comprensivamente al niño, soltó el cordel con que tenía sujeto el globo negro y, mientras éste se elevaba hacia lo alto, dijo: No es el color lo que hace subir, hijo. Es lo que hay adentro.

El enano y el gigante


Cuentan de un gigante que se disponía a atravesar un río profundo y se encontró en la orilla con un pigmeo que no sabía nadar y no podía atravesar el río por su profundidad. El gigante lo cargó sobre sus hombros y se metió en el agua.
Hacia la mitad de la travesía, el pigmeo, que sobresalía casi medio metro por encima de la cabeza del gigante, alcanzó a ver, sigilosamente apostados tras la vegetación de la otra orilla, a los indios de una tribu que esperaban con sus arcos a que se acercase el gigante.
El pigmeo avisó al gigante, Este se detuvo, dio media vuelta y comenzó a deshacer la travesía. En aquel momento, una flecha disparada desde la otra orilla se hundió en el agua cerca del gigante, pero sin haber podido ya llegar hasta él. Así ocurrió con otras sucesivas flechas, mientras ambos - gigante y pigmeo - ganaban la orilla de salida sanos y salvos.
El gigante dio las gracias al pigmeo, pero éste le replicó: - "Si no me hubiese apoyado en ti, no habría podido ver más lejos que tú".

El árbol que perdió su infancia


Pinto era un pino de Oregón que, desde pequeño, soñaba con ser grande. Su especie llegaba a alcanzar los sesenta metros.
Le habían dicho que la vista desde las grandes alturas era maravillosa. Sus amigos le mostraban distintas bellezas naturales, pequeñas plantas, flores, insectos, grandes animales y hasta personas, pero no les prestaba atención; iba creciendo y siempre sucedía lo mismo, lo único que le interesaba era lograr una gran altura.
Al llegar a la estatura deseada, confirmó que el panorama desde tan alto era espectacular. En las conversaciones con sus amigos, escuchaba cosas muy extrañas para él, hablaban de chicos jugando a la pelota, de perros que corrían, de abejas que se posaban sobre las flores, y cantidades de comentarios sobre seres que no llegaba a distinguir desde allá arriba.
Pero ya no pudo bajar para conocerlos, se los había perdido mientras esperaba llegar bien alto.
El futuro es para soñar; el presente, para disfrutar.

sábado, 15 de noviembre de 2014

El hada del lago




Hace mucho, mucho tiempo, antes de que los hombres y sus ciudades llenaran la tierra, antes incluso de que muchas cosas tuvieran un nombre, existía un lugar misterioso custodiado por el hada del lago. Justa y generosa, todos sus vasallos siempre estaban dispuestos a servirle. Y cuando unos malvados seres amenazaron el lago y sus bosques, muchos se unieron al hada cuando les pidió que la acompañaran en un peligroso viaje a través de ríos, pantanos y desiertos en busca de la Piedra de Cristal, la única salvación posible para todos.
El hada advirtió de los peligros y dificultades, de lo difícil que sería aguantar todo el viaje, pero ninguno se asustó. Todos prometieron acompañarla hasta donde hiciera falta, y aquel mismo día, el hada y sus 50 más leales vasallos comenzaron el viaje. El camino fue aún más terrible y duro que lo había anunciado el hada. Se enfrentaron a bestias terribles, caminaron día y noche y vagaron perdidos por el desierto sufriendo el hambre y la sed. Ante tantas adversidades muchos se desanimaron y terminaron por abandonar el viaje a medio camino, hasta que sólo quedó uno, llamado Sombra. No era el más valiente, ni el mejor luchador, ni siquiera el más listo o divertido, pero continuó junto al hada hasta el final. Cuando ésta le preguntaba que por qué no abandonaba como los demás, Sombra respondía siempre lo mismo “Os dije que os acompañaría a pesar de las dificultades, y éso es lo que hago. No voy a dar media vuelta sólo porque haya sido verdad que iba a ser duro”.
Gracias a su leal Sombra pudo el hada por fin encontrar la Piedra de Cristal, pero el monstruoso Guardián de la piedra no estaba dispuesto a entregársela. Entonces Sombra, en un último gesto de lealtad, se ofreció a cambio de la piedra quedándose al servicio del Guardián por el resto de sus días…
La poderosa magia de la Piedra de Cristal permitió al hada regresar al lago y expulsar a los seres malvados, pero cada noche lloraba la ausencia de su fiel Sombra, pues de aquel firme y generoso compromiso surgió un amor más fuerte que ningún otro. Y en su recuerdo, queriendo mostrar a todos el valor de la lealtad y el compromiso, regaló a cada ser de la tierra su propia sombra durante el día; pero al llegar la noche, todas las sombras acuden el lago, donde consuelan y acompañan a su triste hada.

La luz azul



Cierta vez, un soldado que había sido licenciado por sus muchas heridas en la guerra, iba recorriendo el país en busca de trabajo. Una noche, cansado de caminas, llegó a la puerta de una cabaña.
-¡No llames a esa puerta! -le advirtieron unos pajaritos-. En esa casa vive una bruja.
-Si quieres descansar en mi casa -dijo la bruja que salió a abrirle-, tendrás que trabajar en mi huerto hasta que yo te diga basta.
El soldado, que estaba muerto de hambre y muy cansado, se puso a trabajar. Cuando ya no podía más, la bruja le dijo:
-Te daré cobijo por esta noche, pero mañana tendrás que bajar al pozo a buscar un poco de la luz azul que flota sobre el agua.
A la mañana siguiente, el soldado bajó al fondo del pozo y encontró la luz azul.
-¡Bien, bien! -se alegró la bruja-. Eres un soldado muy listo y valiente.
Cuando el soldado llegó arriba, la mujer le dijo:
-Ya puedes entregarme la luz azul, soldado.
-¡No! -respondió el soldado, al ver que la bruja lo miraba con ojos llenos de malicia-. No te entregaré la luz hasta que mis pies toquen tierra firme.
Razón tenía el soldado en desconfiar. La bruja furiosa al ver que no había podido engañarle, soltó la cuerda y el pobre joven fue a parar al fondo del pozo.
-¡Nunca más podrás salir de aquí! -gritó la bruja-. Te has pasado de listo, amiguito.
El soldado, resignado con su suerte, sacó su pipa y la encendió en la llama azul que flotaba sobre las aguas del pozo. Pero, al instante, el humo de la pipa se convirtió en un duendecillo.
-¿Qué deseas de mí? -preguntó el duendecillo al asombrado soldado-. Estoy a tus órdenes.
-Quiero que me ayudes a salir de este pozo -respondió el joven.
El duendecillo condujo al soldado a través de unos pasadizos llenos de joyas y cofres llenos de monedas.
-Es el tesoro de la bruja -dijo el duendecillo-- Puedes coger lo que quieras.
El soldado, que no era muy ambicioso, tomó una pequeña joya, diciendo:
-El resto podemos entregarlo a los pobres, ¿te parece?
Al salir al exterior vieron a la bruja que se alejaba, muy enfadada, a lomos de su gato negro más veloz que en viento.
-Al no poder conseguir la luz azul -dijo el duende-, tiene que marcharse de este lugar para no volver nunca más. ¿Qué otra cosa mandas, señor?
-Yo era soldado -dijo el joven- y el rey me despidió. Quiero que me traigas a la hija del rey para hacerla servir de criada.
Al llegar la noche, el duende se introdujo en el palacio del rey y se llevó a la princesa por una ventana.
-Ji, ji, ji -se rió el duendecillo-. Como está dormida, no se da cuenta de nada. Sólo se despertará cuando esté en presencia del soldado.
Al llegar a la cabaña de la bruja, que ahora ocupaba el soldado, la princesa se despertó.
-Coge una escoba y barre -le dijo el soldado.
-Haré lo que tú digas -dijo la princesa con los ojos llenos de lágrimas-. Pero los soldados de mi padre te meterán en la cárcel.
En efecto, los servidores del rey apresaron al soldado. Pero el joven solicitó poder fumar su pipa y, al aparecer el duendecillo, ordenó:
-Empieza a pegar garrotazos hasta que me suelten, amigo.
El duendecillo, ayudado por varios compañeros, cumplió lo que le ordenaban hasta que los soldados soltaron al preso.
El rey maravillado por todo lo ocurrido, concedió al soldado la mano de su hija.
Vivieron muchos años felices y el rey, a partir de aquel día, fue justo y generoso con los soldados que le servían.
El duende, cumplida ya su misión, se marchó volando al reino de las hadas y nunca más salió de allí.

Lindo clavel


En un lejano país, vivían un Rey y una Reina que no tenían hijos, a pesar de lo mucho que lo deseaban. Una vez iba la Reina paseando por el campo, cuando se le acercó una ranita que le dijo:
-¡Alégrate, joven Reina, pues vas a tener un hijo! Será, además, un muchacho afortunado, pues cada cosa que desee, se convertirá en realidad.
La reina corrió a dar la noticia al Rey, y después de un tiempo prudencial, tuvieron el hijo que tanto esperaban.
En el palacio había un gran jardín al que la reina bajaba todos los días con su hijo para que el niño jugase. Repartidas por el jardín, se veían algunas jaulas con fieros animales encerrados, como en un zoológico.
El cocinero de palacio, que era un hombre muy ambicioso, se enteró de que el niño conseguía todo lo que deseaba, y decidió robarle. Un día que la Reina se había dormido sentada en un banco mientras el niño hacía castillos de arena, el cocinero aprovechó la ocasión para llevarse al principito a un lugar oculto. Luego volvió al jardín, manchó de sangre el vestido y las manos de la Reina dormida, y fue a acusarla ante el Rey.
-Yo la he visto cómo daba al niño al animal más fiero que tenéis en el parque, majestad -dijo el cocinero-, sin duda para que el animal se lo comiera.
El Rey vio a la Reina manchada de sangre y sin el niño, y creyó las palabras del cocinero. Enojado con su mujer, ordenó que la encerrasen en la torre más alta del castillo y que nadie la subiera alimento.
La pobre Reina inocente, llorando por su hijo y por la injusticia que con ella cometía su esposo, se dejó encerrar, pero quiso Dios que no muriese de hambre, pues dos palomas llegaban todos los días hasta la ventana de su celda para llevarle alimento.
Pasaron los años. El cocinero se despidió de palacio y le dijo al niño, que ya era un mocito:
-Desea para mí un hermoso palacio, con jardines y bosques, pues quiero que vivamos allí tú y yo.
Así lo hizo el niño, y el castillo se hizo realidad.
Pasó el tiempo, y el cocinero, viendo aburrido al niño y temiendo que desease ver a sus padres, le dijo:
-Ya que puedes, ¿por qué no deseas una compañerita de juegos que te acompañe para que no estés tan solo?
El príncipe expresó su deseo, y ante él apareció una niña de su misma edad, tan linda y hermosa como ningún pintor puede soñar.
Los dos niños crecieron y jugaron siempre juntos, y se querían muchísimo.
Pero el miedo no dejaba en paz la conciencia del cocinero. Tenía suficiente riqueza para el resto de sus días y no necesitaba más oro. Por otra parte, según el niño se hacía más mayor, más temía el cocinero que se volviese contra él. Así que un día llamó a la niña y le dijo:
-Esta noche, mientras el príncipe duerma, vas hasta su cama y le clavas este cuchillo en el corazón. Después se lo arrancas, y me lo traes, para que yo sepa que has hecho lo que te mando.
-¿Cómo voy a hacer tal cosa con mi querido príncipe? exclamó la niña horrorizada.
Al día siguiente, la niña no había cumplido el horrible encargo, y el cocinero se enfureció con ella.
-Sea por esta vez. Pero si esta noche no haces lo que te mando, tú misma morirás mañana.
La joven ordenó matar a un ciervo y que le trajeran su corazón. Luego le dijo al príncipe:
-Métete en la cama, y escucha lo que dice de ti.
La niña presentó el plato con el corazón del ciervo al cocinero, y entonces éste exclamó:
-¡Por fin te has decidido! ¿Este es el corazón del príncipe? ¡Has cumplido mis órdenes y te perdonaré la vida!
Entonces el príncipe saltó de la cama.
-¡Maldito bribón! ¡Con qué querías matarme! -exclamó-. ¿Qué te he hecho yo, para que me desees la muerte? Pues, ahora te convertirás en un perro negro, atado siempre con cadena de hierro, y no comerás otra cosa que carbones ardientes.
Según el joven dijo estas palabras, el cocinero se convirtió en un horrible perro negro, atado con gruesa cadena, y que no comía más que ardientes carbones.
Después de esto, el príncipe comenzó a pensar más a menudo en su madre, y un día decidió ir al castillo de su padre por si ella aún vivía.
-¿Quieres venir conmigo? -le dijo a la niña.
-¡Sólo sería para ti un estorbo! -contestó ésta.
-Si es por eso, no te preocupes -replicó el príncipe-, desearé que te conviertas en flor y te llevaré prendida siempre en mi chaqueta.
La niña se convirtió en un clavel, el más hermoso que imaginarse pueda, y el joven se lo puso en el ojal para llevarlo siempre consigo.
Emprendió el viaje, y no tardó el llegar al castillo en el que aún vivía su padre. No quiso darse a conocer, y se ofreció en el palacio como gran cazador de faisanes, pues recordaba que a su padre le gustaban mucho, y que tenía pocos en sus bosques.
El Rey le aceptó en el empleo, y al día siguiente, el joven se fue al bosque solo.
Una vez estuvo bien lejos del palacio, para que nadie le viera, deseó que aparecieran ante él cientos de faisanes en fila. Así sucedió, y los fue matando uno a uno. Luego los metió en un saco y se los llevó a su padre. El Rey se puso muy contento, y le dio unas monedas de oro en premio.
Aprovechando que todo el mundo le conocía ya como el cazador de faisanes a quien el Rey tanto apreciaba, se acercó una noche a la torre en donde estaba prisionera su madre. En centinela le dejó pasar, pues el joven le prometió regalarle un día un faisán.
La madre estaba desmejorada y anciana, pero aún vivía. El príncipe le dijo:
-Querida madre: sé cuanto habéis sufrido, y he venido a salvaros. Pero no os llevaré hoy mismo de aquí, sino que será mi mismo padre quien os saque de la prisión y reconozca vuestra inocencia.
Después de mucho abrazarse, se volvieron a separar para que se cumpliera el plan que el príncipe había trazado.
Al día siguiente, volvió a salir al bosque, y, cuando estuvo bien lejos, deseó que aparecieran ante él mil faisanes, en fila de a uno, y les fue matando cómodamente. Luego los echó en una carretilla y fue al palacio con ellos.
El Rey estaba muy satisfecho de aquel cazador, que le traía faisanes de un bosque donde nunca los habían visto. Tan contento estaba , que organizó una gran cena a base de faisanes para sus cortesanos más allegados, en invitó a ella al cazador, y le sentó a su lado.
Sentado al lado de su padre el Rey, el joven deseó ardientemente que alguien hablase de su madre, y así sucedió.
-¿Qué ha sido de vuestra esposa, majestad?
-dijo uno de los cortesanos, sin poder evitarlo.
-Ella permitió que una fiera devorase a mi hijo, y yo la castigué por ello -respondió el Rey.
-¡Eso no es verdad, padre mío! -exclamó el joven-. Yo soy vuestro hijo, este perro que me acompaña es el culpable de todo. Deseo que recobre forma humana, y vos mismo lo reconoceréis.
El perro, ante todos los invitados, volvió a ser el viejo cocinero que había acusado a la Reina.
¡Te ordeno que digas la verdad! -le dijo el príncipe.
El cocinero tuvo que confesar su crimen, y el Rey, muy arrepentido, ordenó que trajeran a su esposa para pedirla perdón ante todos. La reina perdonó de buena gana a su marido, pues tenía muy buen corazón, y se abrazaron con lágrimas en los ojos.
El joven príncipe les contó cómo había vivido hasta entonces, y todos le oían encantados.
-¿Queréis conocer a la doncella que no quiso matarme ni aunque su misma vida peligrara?
-Sí -dijo el Rey-, me gustaría conocerla.
Entonces sacó del ojal de su chaqueta el clavel, y lo transformó de nuevo en su compañera de juegos.
Todos agasajaron a la damita, que se casó con el príncipe a los pocos días.
El Rey y la Reina la aceptaron de muy buena gana como hija, y los cuatro vivieron felices hasta que la muerte les separó.
Y a la joven, a pesar de que tenía nombre como todo el mundo, se la llamó para siempre "Lindo Clavel"


Hermanos Grimm

Jacinto, un muchacho muy trabajador, cansado de prestar servicios en una granja, se despidió de su amo para ir a recorrer mundo. El granjero, abusando de la ingenuidad del muchacho, sólo le habia pagado tres monedas.
Ahora soy rico -pensó el muchacho- y no necesitro trabajar.
Al atravesar el bosque se encontró con un enano que le dijo con tono lastimero:
-Tú eres joven y fuerte y puedes trabajar. Yo soy un pobre diablo y no puedo ganarme el pan fácilmente.
Jacinto, compadecido, entregó sus tres monedas al enano.
El enano, agradecido por la generosidad del joven le obsequió con tres dones: un violín mágico, una escopeta que siempre daba en el blanco y la gracia de que cuando preguntara algo, nadie pudiera dejarle sin respuesta.
-Gracias -dijo Jacinto-. ¿Qué más puedo desear?
Un poco más allá una bella muchacha estaba escuchando el canto de un pájaro.
-Tu canto me molesta y no me deja dormir por las noches -dijo la muchacha, que era una princesa-. Daría cualquier cosa para que te marcharas lejos de aquí.
Jacinto, que había escuchado las palabras de la joven, disparó su escopeta y el pájaro se marchó asustado.
-¿Estás satisfecha? -preguntó el muchacho a la princesa.
-No -respondió ella-. Tu escopeta produce un ruido todavía más desagradable que el canto del pájaro.
 El muchacho, para castigar el mal humor de la princesa, y por divertirse un poco, empezó a tocar el violín encantado.
-¡Oh! -suplicó la princesa, viéndose obligada a bailar sin descanso-. ¡Deja de tocar ese dichoso violín! Te daré lo que quieras.
Jacinto dejó de tocar y la princesa le entregó un anillo que le había regalado su padre el dia de su cumpleaños.
-Puedes quedártelo -le dijo-. Es de oro y tiene mucho valor.
Pero al llegar a palacio, la princesa acusó al muchacho de haberle robado el anillo y los soldados le prendieron.
-No he robado el anillo -dijo Jacinto-. La princesa me lo dio por su propia voluntad para que dejara de tocar el violín.
-¡Miente, padre mío! -gritó la princesa-. Sus mentiras son tan grandes que no caben en este palacio.
El rey, creyendo que su hija decia la verdad, ordenó que el joven fuera ajusticiado.
Jacinto solicitó una última gracia que le permitieran tocar el violín.
-¡No se lo permitáis, padre mío! -gritó la princesa.
-¿Cómo puedo negar su último deseo a un condenado a muerte? -dijo el rey.
El joven empezó a tocar el violín y todos se pusieron a bailar, sin poder detenerse.
-Dime, princesa -dijo Jacinto-: ¿no es cierto que me entregaste el anillo por tu propia voluntad?
Con tal que dejara de tocar el violín, la princesa no vaciló en confesar la verdad.
-Tú eres quien merece el castigo, hija -la reprendió el rey.
Pero Jacinto, siempre generoso, intercedió por ella. Con el tiempo, la princesa se casó con Jacinto y se corrigió de todos sus defectos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Al este del sol y al oeste de la luna


Érase una vez un pobre carretero que tenía muchos hijos. Era tan pobre que no podía alimentarlos bien ni darles ropa que ponerse en el cuerpo; sin embargo, todos los hijos eran muy guapos, aunque la más guapa de todas era la hija pequeña.
Un jueves por la tarde, a finales de otoño, hacía un tiempo horrible. Estaba oscurísimo y además llovía y tronaba de tal forma que las ventanas crujían. Toda la familia estaba sentada alrededor de la chimenea, ocupado cada uno con su
trabajo. De repente llamaron tres veces a la ventana. El hombre salió a ver quién era, y entonces vio a un gran oso blanco.
-Buenas tardes -dijo el oso.
-Buenas tardes -dijo el hombre.
-Si me das por esposa a tu hija menor -dijo el oso-, te haré tan rico como pobre eres ahora.
Al hombre no le pareció mala idea, pero dijo que primero lo tenía que consultar con su hija; entró y contó que fuera había un gran oso blanco que le había prometido que le haría tan rico como pobre era ahora si le daba por esposa a su hija menor. La muchacha, sin embargo, dijo que no, que no quería saber nada de aquel trato.
El hombre volvió a salir, habló amistosamente con el oso y le dijo que volviera el jueves siguiente por la tarde, que entretanto ya vería qué podía hacer.
Intentaron convencer entonces a la muchacha y le contaron de todas las maneras posibles lo ricos que podían llegar a ser y lo bien que le iría también a ella.
Finalmente ella accedió, lavó el par de harapos que tenía, se arregló lo mejor que pudo y se preparó para el viaje.
Cuando el jueves siguiente, por la tarde, llegó el oso, le dijeron que sí, que todo estaba en orden. La muchacha se montó con su hatillo sobre su lomo y se pusieron en marcha. Una vez recorrido un buen trecho, el oso le preguntó:
-¿Tienes miedo?
Ella contestó que no, que no tenía ningún miedo.
-Sujétate siempre muy fuerte a mi pelambre -dijo el oso-; así no te pasará nada.
Ella cabalgó por todo el mundo a lomos del oso hasta muy, muy lejos; tan lejos que nadie podría decir realmente cuánto. Finalmente llegaron a una gran roca. El oso llamó con los nudillos y a continuación se abrió una puerta, a través de la cual llegaron a un gran palacio. Dentro había muchas habitaciones iluminadas con lámparas, y todo resplandecía por el oro y la plata; también disponía de un gran salón, en el cual había una mesa sobre la que se habían servido los más deliciosos platos. El oso le dio entonces una campanilla de plata y le dijo que cuando deseara cualquier cosa, no tenía más que tocar la campanilla y enseguida la tendría.
La muchacha comió y bebió. Como ya había anochecido, sintió sueño y quiso irse a la cama. Entonces tocó la campanilla... e inmediatamente se abrió una cámara en la que había una cama hecha, la más bella que pudiera uno desear, con almohadones de seda y cortinas con flecos de oro, y todo lo que había en la cámara era asimismo de oro y plata. Pero en cuanto apagó la luz y se metió en la
cama, llegó una persona que se acostó a su lado. Y así sucedió todas las noches.
Ella no podía ver quién era, porque siempre llegaba después de que hubiera apagado la luz y se volvía a ir antes de que hubiera amanecido.
Así vivió una temporada tranquila y contenta. Pero pronto le entró tal nostalgia por volver a ver a sus padres y a sus hermanos que se volvió muy taciturna y triste. Entonces, un día el oso le preguntó qué le pasaba que estaba siempre tan taciturna y ensimismada.
-Ay -dijo ella-, es que me aburro tanto aquí en el palacio... Me gustaría muchísimo volver a ver a mis padres y a mis hermanos.
-Eso se puede arreglar -dijo el oso-, pero tienes que prometerme que jamás hablarás con tu madre a solas, sino cuando los demás estén presentes.
Seguramente te querrá coger de la mano y llevarte a una alcoba para hablar contigo a solas, pero no consientas, pues si lo haces me harás muy desgraciado y te harás muy desgraciada a ti misma.
La muchacha dijo que no, que tendría cuidado.
El domingo se presentó el oso y dijo que había llegado el momento de emprender el viaje hacia la casa de sus padres. Ella se montó a lomos del oso y se pusieron en marcha. Cuando ya llevaban mucho tiempo viajando, llegaron a un gran palacio blanco, del que sus hermanos entraban y salían y en el cual jugaban. Todo era tan hermoso y maravilloso que daba gusto verlo.
-¡Allí viven tus padres! -dijo el oso-. No te olvides de lo que te he dicho, pues de lo contrario serás muy desgraciada y me harás muy desgraciado a mí. La muchacha dijo que no, que no lo olvidaría, y se dirigió hacia el palacio. El oso, sin embargo, regresó.
Cuando los padres volvieron a ver a su hija, se alegraron tanto que es imposible describirlo. Nunca podrían agradecerle lo que había hecho por ellos. Le contaron que ahora les iba extraordinariamente bien y le preguntaron qué tal le iba a ella.
La muchacha dijo que a ella también le iba bastante bien y que tenía todo lo que deseaba. No sé muy bien qué más les contó, pero me da la impresión de que no les dio todos los detalles.
Por la tarde, después de comer, ocurrió lo que el oso le había dicho: la madre quiso hablar con su hija a solas en la alcoba. Pero la muchacha, que recordaba las palabras del oso, no quiso ir con ella y dijo:
-Oh, lo que tengamos que hablar podemos hablarlo también aquí. No sé cómo ocurrió, pero el caso es que la madre al final la convenció y entonces ella tuvo que contarle todo lo que sabía. Le contó también que, por las noches, cuando apagaba la luz, llegaba siempre alguien y se acostaba a su lado en la cama. Pero que nunca podía ver quién era, porque antes del amanecer se volvía a marchar; le dijo que se sentía afligida, que le gustaría mucho verle, ya que, al estar siempre tan sola, los días se le hacían muy largos.
-¿Quién sabe? Seguro que el que duerme contigo es un trol -dijo la madre-. Pero si quieres seguir mi consejo, levántate en mitad de la noche, cuando esté dormido, enciende una vela y obsérvale. Pero ten cuidado no le vayas a derramar encima una gota de cera.
Por la tarde el oso volvió a recoger a la muchacha. Cuando ya llevaban un buen trecho, le preguntó si había ocurrido lo que él había dicho.
-Sí -dijo la muchacha, incapaz de negarlo.
-Si piensas seguir el consejo de tu madre -dijo el oso-, te harás muy desgraciada, me harás muy desgraciado a mí y se acabará la amistad entre nosotros.
Ella dijo que no pensaba seguir el consejo de su madre.
Cuando llegaron al palacio y la muchacha se acostó, ocurrió lo mismo de siempre: alguien llegó y se echó a su lado. Pero por la noche, cuando ella oyó que estaba durmiendo, se levantó, encendió una vela y entonces vio acostado en la cama al príncipe más bello que nadie pudiera ver. Se enamoró tanto de él que quiso besarle en el acto. Pero entonces, sin darse cuenta, derramó tres gotas de
cera hirviendo sobre su camisa y el príncipe se despertó.
-¿Qué has hecho? -exclamó al abrir los ojos-. Ahora tanto tú como yo seremos desgraciados. Si hubieras resistido solamente un año, me habrías salvado; mi madrastra me ha hechizado y por eso durante el día soy un oso y por la noche una persona. Pero ahora lo nuestro se ha acabado, pues tengo que abandonarte y volver de nuevo con ella. Vive en un palacio que está al este del sol y al oeste de la luna; allí tendré que casarme con una princesa que tiene una nariz que mide tres varas.
La muchacha empezó a llorar y a lamentarse; pero ya era demasiado tarde, pues él tenía que irse. Le preguntó si podía viajar con él, pero él le contestó que eso era imposible.
-¿No puedes decirme entonces por dónde se va para que vaya a buscarte?
-preguntó ella-. Porque eso sí me estará permitido, ¿no?
-Sí, eso sí puedes hacerlo -dijo él-, pero no hay ningún camino que lleve hasta allí. El palacio está al este del sol y al oeste de la luna; nunca podrás llegar hasta allí.
Por la mañana, cuando se despertó, tanto el príncipe como el palacio habían desaparecido. Se encontró tendida en el suelo, en medio de un denso y tenebroso bosque, con sus viejos harapos. A su lado estaba el mismo hatillo con el que había salido de su casa. Cuando terminó de quitarse el sueño de encima a base de frotarse los ojos y se había hartado de llorar, se puso en marcha; caminó durante muchos días hasta que, finalmente, llegó a una gran montaña. Al pie de la montaña había una vieja mujer que estaba jugando con una manzana de oro.
La muchacha le preguntó si sabía el camino para llegar hasta el príncipe que vivía con su madrastra en un palacio situado al este del sol y al oeste de la luna y que se tenía que casar con una princesa con una nariz que medía tres varas.
-¿De qué le conoces? -preguntó la mujer-. ¿Eres acaso la muchacha con la que él se quería casar?
La muchacha dijo que sí, que era ella.
-¡Vaya! ¡Así que eres tú! -dijo la mujer-. Sí, hija mía -siguió diciendo-, me gustaría ayudarte, pero lo único que sé del palacio es que está al este del sol y al oeste de la luna y que probablemente nunca conseguirás llegar. Pero te voy a prestar mi caballo; en él podrás cabalgar hasta donde vive mi vecina más próxima; a lo mejor ella te puede indicar el camino. Cuando llegues a su casa, golpea al caballo debajo de la oreja izquierda y ordénale que vuelva a casa.
Toma, coge esta manzana de oro; quizá te sea útil.
La muchacha se montó en el caballo y cabalgó durante mucho, mucho tiempo.
Llegó por fin a otra montaña, a cuyo pie estaba una vieja mujer con una devanadera de oro. La muchacha le preguntó si le podía decir por dónde se iba al palacio que estaba al este del sol y al oeste de la luna. Pero ella, como la mujer anterior, dijo que lo único que sabía del palacio era que estaba al este del sol y al oeste de la luna.
-Y probablemente nunca conseguirás llegar. Pero te prestaré mi caballo; en él podrás cabalgar hasta donde vive mi vecina más próxima; a lo mejor ella te puede indicar el camino. Cuando llegues a su casa, golpea al caballo debajo de la oreja izquierda y ordénale que vuelva a casa. Toma, llévate esta devanadera de oro; quizá te sea útil. La muchacha se montó en el caballo y cabalgó durante muchos días y muchas semanas. Llegó por fin a otra montaña, a cuyo pie estaba una vieja mujer tejiendo una falda de oro. La muchacha volvió a preguntar por el príncipe y por el palacio que estaba al este del sol y al oeste de la luna.
-¿Eres tú la muchacha con la que quería casarse el príncipe? -preguntó la mujer.
-Sí -dijo la muchacha.
Pero la mujer no conocía el camino mejor que las dos anteriores.
-Al este del sol y al oeste de la luna está el palacio -dijo-, y probablemente nunca conseguirás llegar. Pero te prestaré mi caballo; con él podrás viajar hasta el viento del Este; a lo mejor él te puede indicar el camino. Cuando llegues a él, golpea al caballo debajo de la oreja izquierda y ordénale que vuelva a casa. Y toma, llévate esta falda de oro; quizá te sea útil.
Cabalgó durante mucho tiempo, hasta que por fin llegó ante el viento del Este.
Preguntó una vez más si le podía decir cómo llegar hasta el príncipe que vivía en el palacio que estaba al este del sol y al oeste de la luna.
-Sí, me parece haber oído hablar del príncipe y también del palacio -dijo el viento del Este-, pero no te puedo indicar el camino porque nunca he soplado hasta tan lejos. Te llevaré hasta mi hermano, el viento del Oeste; a lo mejor él lo sabe, pues es mucho más fuerte que yo. No tienes más que sentarte sobre mi espalda y te llevaré hasta allí.
La muchacha se sentó sobre su espalda y se pusieron en marcha.
Cuando llegaron ante el viento del Oeste, el viento del Este le contó que había traído consigo a una muchacha con la que quería casarse el príncipe que vivía en el palacio que estaba al este del sol y al oeste de la luna, y le preguntó si él conocía el camino.
-No -repuso el viento del Oeste-, tan lejos nunca he soplado. Pero, si quieres -le dijo a la muchacha-, te puedes sentar sobre mi espalda y te llevaré hasta el viento del Sur; a lo mejor él te lo puede decir, pues es mucho más fuerte que yo y sopla y resopla por todas partes.
La muchacha se sentó sobre su espalda; no había pasado mucho tiempo cuando llegaron ante el viento del Sur.
Cuando llegaron, el viento del Oeste le preguntó si él conocía el camino para ir al palacio que estaba al este del sol y al oeste de la luna, pues la muchacha que había llevado consigo quería casarse con el príncipe.
-Ah, ¿sí? -dijo el viento del Sur, que tampoco conocía el camino-. A lo largo de mi vida he soplado por todas partes -dijo-, pero tan lejos no he llegado nunca.
Pero, si lo deseas -le dijo a la muchacha-, te llevaré hasta mi hermano, el viento del Norte; él es el más viejo y fuerte de todos nosotros, así que si él no te puede indicar el camino, jamás lo averiguarás.
La muchacha tuvo que sentarse sobre su espalda, y se marcharon de allí de tal forma que tembló la tierra.
No tardaron mucho en llegar ante el viento del Norte, pero era tan violento e impetuoso que ya desde lejos les lanzó de un soplo un montón de nieve y hielo a la cara.
-¿Qué queréis? -les gritó de tal modo que les entraron escalofríos.
-Oh, no tienes por qué enfurecerte así con nosotros -dijo el viento del Sur-, pues soy yo, tu hermano, y ésta es la muchacha con la que quiere casarse el príncipe que vive en el palacio que hay al este del sol y al oeste de la luna; a ella le gustaría preguntarte si conoces aquel lugar.
-Sí, sé muy bien dónde está -dijo el viento del Norte-. Una vez soplé una hoja de álamo temblón hasta allí. Pero me cansé tanto que durante muchos días no pude volver a soplar. Aun así, si quieres ir hasta allí a toda costa -le dijo a la muchacha- y no te da miedo, te montaré sobre mi espalda y veré si puedo llevarte.
La muchacha dijo que sí, que quería y tenía que llegar hasta allí si es que había alguna manera de conseguirlo, y que no le daba en absoluto miedo, por muy mal que lo fuera a pasar.
-Entonces tendrás que pasar aquí la noche -dijo el viento del Norte-, pues si queremos llegar hasta allí tenemos que tener todo el día por delante.
Al día siguiente, por la mañana, el viento del Norte la despertó, se infló, se hizo tan grande y fuerte que daba miedo y recorrieron los aires como si tuvieran que ir al fin del mundo. Estalló entonces una tormenta tan violenta que derribó pueblos y bosques enteros y, al pasar sobre el mar, naufragaron barcos a centenares. Siguieron avanzando y avanzando sobre el agua, tan lejos que ningún ser humano puede siquiera imaginarse la distancia. El viento del Norte fue quedándose cada vez más y más débil; llegó un momento que estaba tan débil que casi no podía ya soplar; se fue hundiendo cada vez más y más, y al final iba ya tan bajo que las olas le golpeaban en los talones.
-¿Tienes miedo? -le preguntó a la muchacha.
-No, en absoluto -dijo ella.
Ya no estaban lejos de tierra, así que al viento del Norte le quedaron aún las fuerzas justas para llevarla hasta la playa que había bajo las ventanas del palacio que estaba al este del sol y al oeste de la luna. Pero se quedó tan exhausto y agotado que tuvo que descansar durante muchos días antes de poder regresar a casa.
A la mañana siguiente, la muchacha se sentó bajo las ventanas del palacio y se puso a jugar con la manzana de oro. Lo primero que vio fue a la princesa nariguda con la que se iba a casar el príncipe.
-¿Qué quieres por tu manzana de oro? -le preguntó a la muchacha cuando abrió la ventana.
-No la vendo ni por oro ni por dinero -dijo la muchacha.
-Si no la quieres vender ni por oro ni por dinero, ¿qué quieres entonces por ella?
-dijo la princesa-. Te daré lo que me pidas.
-Pues entonces..., si se me permite dormir una noche con el príncipe, será tuya - dijo la muchacha.
-Sí, puedes hacerlo si quieres -dijo la princesa llevándose la manzana de oro.
Pero cuando la muchacha entró en la alcoba del príncipe, éste estaba profundamente dormido. Le llamó y le sacudió, lloró y se lamentó, pero no pudo despertarle. Cuando amaneció, llegó la princesa de la larga nariz y la echó de allí.
Durante el resto del día, la muchacha volvió a sentarse de nuevo bajo las ventanas del palacio y se puso a devanar hilo en su devanadera de oro. Entonces ocurrió lo mismo que el día anterior. La princesa le preguntó qué quería por la devanadera. La muchacha le contestó que no la vendería ni por oro ni por dinero, pero que si le permitía dormir otra noche con el príncipe, la devanadera sería suya. La princesa dijo inmediatamente que sí y se llevó la devanadera de oro. Pero cuando la muchacha subió, el príncipe estaba otra vez profundamente dormido. Y por más que le llamó y le sacudió, por más que lloró y se lamentó, no consiguió despertarle. En cuanto amaneció, llegó la princesa de la larga nariz y la echó de allí.
Ese día la muchacha se sentó con su falda de oro bajo las ventanas y se puso a tejer. Cuando la princesa de la larga nariz vio la falda, también quiso tenerla.
Abrió la ventana y le preguntó a la muchacha qué quería por su falda de oro.
Como las dos veces anteriores, la muchacha dijo que no la vendía ni por oro ni por dinero, pero que si la princesa le permitía dormir otra noche con el príncipe, sería suya. La princesa dijo que sí, que podía hacerlo si quería y se llevó la falda de oro. Pero unos cristianos que estaban cautivos en el palacio, encerrados en una cámara contigua a la del príncipe, habían oído durante dos noches llamadas y llantos muy lastimeros de una mujer, así que por la mañana se lo contaron al príncipe. Cuando por la noche llegó la princesa con la sopa que el príncipe solía tomar antes de irse a la cama, hizo ver que se la tomaba, pero lo que realmente hizo fue tirarla, pues sospechaba que la princesa había echado un somnífero en la sopa.
Cuando por la noche la muchacha entró en la alcoba, el príncipe estaba todavía despierto y se alegró muchísimo de volver a verla. Le pidió que le contara cómo le había ido y cómo había conseguido llegar al palacio. Cuando ella se lo contó todo, él dijo:
-Has llegado justo a tiempo, pues mañana debe celebrarse mi boda con la princesa. No siento ningún aprecio por ella ni por su larga nariz; tú eres la única a quien quiero. Por eso diré que deseo poner a prueba lo que sabe hacer mi prometida y exigiré a la princesa que lave las tres manchas de cera que tengo en la camisa. Ella probablemente aceptará, pero sé que no lo conseguirá, pues las manchas son las gotas que tu mano derramó y sólo manos cristianas pueden quitarlas, no las manos de alguien como ella que pertenece a la chusma de los trols. Entonces, diré que no quiero más novia que la que sea capaz de quitarlas y, una vez que lo hayan intentado todas y ninguna lo haya conseguido, te llamaré a ti para que lo intentes.
Luego pasaron la noche juntos, alegres y satisfechos.
Cuando al día siguiente iba a celebrarse la boda, el príncipe dijo:
-Antes me gustaría ver de lo que es capaz mi prometida. La madrastra dijo que aquello le parecía justo.
-Tengo una camisa muy bonita -dijo el príncipe- que me gustaría llevar puesta en la boda. Pero me han caído tres manchas y quisiera que la lavaran y me las quitaran. Por eso he decidido que sólo me casaré con la mujer que lo consiga.
Las mujeres dijeron que bah, que eso no era nada del otro mundo, asi que se pusieron manos a la obra. La princesa de la larga nariz empezó a lavar lo mejor que pudo; pero cuanto más lavaba, más grandes y más negras se hacían las manchas.
-Bah, no tienes ni idea -dijo su vieja madre trol-. ¡Trae aquí!
Pero cuando empezó a lavar la camisa, ésta se fue poniendo cada vez más negra, y cuanto más la lavó y la restregó, más grandes se hicieron las manchas.
Entonces tuvieron que lavar la camisa las demás mujeres trol, pero cuanto más la lavaban, peor aspecto tenía, y al final parecía que la camisa entera hubiera estado colgando de una chimenea.
-¡Bah, ninguna de vosotras sirve para nada! -dijo el príncipe-. Bajo aquella ventana hay una pobre mendiga. Estoy seguro de que ella sabe lavar mejor que todas vosotras juntas. ¡Pasa, muchacha! -gritó.
Cuando la muchacha entró, él le preguntó:
-¿Serías capaz de lavar esta camisa y dejarla limpia?
-No lo sé -dijo la muchacha-, pero creo que sí. La muchacha cogió entonces la camisa que, entre sus manos, quedó tan blanca como nieve recién caída, o más blanca incluso.
-¡Sí, a ti es a quien quiero! -dijo el príncipe.
La vieja mujer trol se puso entonces tan furiosa que reventó. Creo que la princesa de la larga nariz y toda la demás chusma de trols también reventaron, pues jamás he vuelto a oír nada de ellos. El príncipe y su prometida pusieron entonces en libertad a todos los cristianos que estaban cautivos en el palacio.
Después, cogieron todo el oro y toda la plata que fueron capaces de llevarse y se marcharon muy lejos del palacio que estaba al este del sol y al oeste de la luna.
No sé cómo siguieron y hasta dónde llegaron. Pero si son los que yo creo que son, no están nada lejos de aquí.

(Cuento nórdico)

Los músicos viajeros


Aquel asno ya estaba muy viejo para trabajar y su joven dueña lo echó fuera de la granja.
-¿Que va a ser de mí? -se lamentó el pobre animal-. Me voy a morir de hambre y de frío.
Caminando, caminando, el asno se encontró con un perro al que también habían abandonado por ser demasiado viejo para cazar.
-No te apures -le dijo el asno-. Yo estoy en la misma situación. Si te parece, podemos recorrer juntos el camino.
-¡Fuera de mi casa! -gritó la muchacha de aquella casa, ahuyentando a un pobre gato-. Ya eres viejo para cazar ratones y no pienso mantenerte.
-Me parece que tendremos un nuevo compañero -dijo el asno al perro.
Después de cruzar un bosque, los tres amigos encontraron a un gallo que estaba llorando.
-¿Qué te ocurre, amigo? -preguntó el asno.
-¡Pobre de mí! -se quejó el gallo-. Mi amo, viéndome tan viejo y cansado me ha echado del corral.
El gallo se unió al asno, al gato, y al perro, y los cuatro, para ganarse la vida, decidieron formar un orfeón.
-El gallo cantará -dijo el perro-, el asno rebuznará, el gato maullará y yo ladraré. ¡Será un hermoso orfeón!
-¡Oh! -dijo el gallo al llegar frente a una casa, y mirando por la ventana-. La casa está ocupada por un grupo de ladrones que se están repartiéndo el botín.
-¡Vamos a darles un buen susto! -propuso el asno.
El perro ladró, el gato maulló y el asno rebuzno con todas sus fuerzas.
-¡Kikiriki! -terminó el gallo, para acabar de redondear la cosa.
Los ladrones, como es de suponer, se marcharon asustados de la casa.
Los cuatro animales entraron en la casa y, viendo que había comida preparada, se dispusieron a cenar.
-Esperadme aquí -dijo el jefe de los ladrones-. Voy a ver quién ha entrado en la cabaña.
El jefe de los ladrones entró en la casa, avanzando a tientas en la ocuridad.
-¡Socorro! -gritó, sin ver que el gato le saltaba encima -. ¡Un monstruo me ha clavado sus uñas en la nariz!
Al querer escapar, el perro salió de su rincón y le mordió en el tobillo.
-¡Ayuda! -volvió a gritar el ladrón-. ¡He sido atrapado por un cepo!
Al querer escapar, el asno, que le esperaba fuera, le propinó un par de coces, mientras el gallo gritaba con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡Kikiriki! ¡Kikiriki! ¡Kikiriki! ¡Que se vaya de aquí!
Los cuatro amigos se quedaron a vivir en la casita del bosque y los ladrones se marcharon lejos, muy lejos para no volver jamás.

La Isla de los sentimientos


Érase una vez una isla donde habitaban todos los sentimientos: la Alegría, la Tristeza y muchos más, incluyendo el Amor. Todos los sentimientos estaban allí. A pesar de los roces naturales de la convivencia, la vida era sumamente tranquila, hasta previsible. A veces, la Rutina hacía que el Aburrimiento se quedara dormido, o el Impulso armaba algún escándalo; otras veces, la Constancia y la Convivencia lograban aquietar al Descontento.
Un día, inesperadamente para todos los habitantes de la isla, el Conocimiento convocó una reunión. Cuando por fin la Distracción se dió por enterada y la Pereza llegó al lugar de encuentro, todos estuvieron presentes. Entonces, el Conocimiento dijo:
- “Tengo una mala noticia para darles... la isla se hunde..." Todas las emociones que vivían en la isla dijeron:
- “¡No! ... ¿como puede ser? …¡Si nosotros vivimos aqui desde siempre!!!!”
Pero el Conocimiento repitió:
- “La isla se hunde”
- ¡Pero no puede ser!!! Quizás estás equivocado!!!”
- “El Conocimiento nunca se equivoca -
dijo la Conciencia, dandose cuenta de la verdad-. Si él dice que se hunde, debe ser por que se hunde”.
- “Pero... ¿Qué vamos a hacer ahora????”
-preguntaron los demás.
Entonces el Conocimiento contestó:
- “Por supuesto, cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo les sujiero que busquen la manera de abandonar la isla.... Construyan un barco, un bote, una balsa o algo que les permita irse, porque el que permanezca en la isla, desaparecerá con ella”.
-“¿No podrías ayudarnos?”,
preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad.
- “¡No ! -
dijo el Conocimiento-, la Previsión y yo hemos construído un avión y en cuanto termine de decirles esto, volaremos hacia la isla más cercana...”Las emociones dijeron:
- “¡No! ¡Pero no! ¿Qué será de nosotros???”Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y, llevando de polizón al Miedo, que no es zonzo y ya se había escondido en el motor, dejaron la isla.
Todas las emociones, en efecto, se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero...Todas... Salvo el Amor.
Porque el amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo:
- “Dejar esta isla... después de todo lo que viví aquí... ¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo? Ahhh.... Compartimos tantas cosas...”
Y mientras las emociones se dedicaban a fabricar el medio de irse, el Amor se subía a cada árbol, olió cada rosa, se fué hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacer en otros tiempos. Tocó cada piedra...y acarició cada rama...
Al llegar a la playa, excatamente al lugar desde donde el sol salía, su lugar favorito, quiso pensar con esa ingenuidad que tiene el amor:
-"Quizás la isla se hunda por un ratito... y después resurja.... porqué no???"Y se quedó días y días midiendo la altura de la marca, para revisar si el proceso de hundimiento no era reversible... Pero la isla se hundía cada vez más...
Sin embargo, el Amor no podia pensar en construir nada, porque estaba tan dolorido que sólo era capaz de llorar y gemir por lo que perdería. Se le ocurrió entonces que la isla era muy grande y que, aún cuando se hundiera un poco, él siempre podría refugiarse en la zona más alta.... Cualquier cosa era mejor que tener que irse. Una pequeña renuncia nunca había sido un problema para él...
Así que una vez mas, tocó las piedrecitas de la orilla ... y se arrastró por la arena... y otra vez se mojó los pies en la pequeña playa... que otrora fuera enorme...
Luego, sin darse cuenta demasiado de su renuncia, caminó hacia la parte norte de la isla, que si bien no era la que más le agradaba, era la más elevada...
Y la isla se hundía cada día un poco más.... Y el Amor se refugiaba cada día en un lugar más pequeño...
- “Después de tantas cosas que pasamos juntos!!!!- le reprochó a la isla.
Hasta que, finalmente, solo quedó una minúscula porción de suelo firme; el resto había sido tapado completamente por el agua.
Recién en ese momento, el amor se dió cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad. Comprendió que, si no dejaba la isla, el amor desaparecería para siempre de la faz de la tierra...
Entonces, caminando entre senderos anegados y saltando enormes charcos de agua, el amor se dirigió a la bahía.
Ya no había posibilidades de construirse una salida como la de todos; había perdido demasiado tiempo en negar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía poco a poco ante sus ojos...
Desde allí podría ver pasar a sus compañeras en las embarcaciones. Tenía la esperanza de explicar su situación y de que alguna de ellas lo comprendiera y lo llevara.
Buscando con los ojos en el mar, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas. Se acercó la Riqueza que pasaba en un lujoso yate y el Amor dijo:
- "Riqueza llévame contigo! … Yo sufrí tanto la desaparición de la isla que no tuve tiempo de armarme un barco"La Riqueza contestó:
- "No puedo, hay mucho oro y plata en mi barco, no tengo espacio para ti, lo siento" y siguió camino, sin mirar atrás...
Le pidió ayuda a la Vanidad, a la que vió venir en un barco hermoso, lleno de adornos, caireles, mármoles y florecitas de todos los colores, que también venia pasando:
- "Vanidad" por favor ayúdame".y la Vanidad le respondió:
- "Imposible Amor, es que tienes un aspecto!!!!...¡ Estás tan desagradable!!! tan sucio, y tan desaliñado!!!!... perdón pero afearías mi barco…”-
y se fue.
Pasó la Soberbia, que al pedido de ayuda contestó:
- "Quítate de mi camino o te paso por encima!".Como pudo, el Amor se acerco al yate del Orgullo y, una vez mas, solicito ayuda.
La respuesta fue una mirada despectiva y una ola casi lo asfixia.
Entonces, el Amor pidió ayuda a la Tristeza:
- "¿Me dejas ir contigo?".La Tristeza le dijo:
- "Ay Amor, tu sabes que estoy taaaan triste que cuando estoy así prefiero estar sola"Pasó la Alegría y estaba tan contenta que ni siquiera oyó al Amor llamarla.
Desesperado, el Amor comenzó a suspirar, con lágrimas en sus ojos. Se sentó en el pedacito de isla que quedaba, a esperar el final... De pronto, el Amor sintío que alguien chistaba:
- " Chst- Chst- Chst..."Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote a remos. El Amor se sorprendió:
- "¿Es a mi?"- preguntó, llevándose una mano al pecho.
- “Sí, sí -dijo el viejito-, es a tí. Ven, sube a mi bote, rema conmigo que yo te salvo”.El Amor lo miró y le quiso explicar...
-"lo que pasó, es que yo me quedé...
- "Ya entiendo" -
dijo el viejito sin dejarlo terminar la frase- “Sube!”.El amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla. No pasó mucho tiempo antes de poder ver como el último centímetro de la isla se hundía y desaparecía para siempre...
- “Nunca volverá a existir una isla como esta! - murmuró el amor, quizás esperando que el viejito lo contradijera y le dira alguna esperanza.
- “No -dijo el viejo- como ésta, nunca; en todo caso, diferentes …!Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor se sentía tan aliviado que olvidó preguntarle su nombre. Cuando se dio cuenta y quiso agradecerle, el viejito había desaparecido. Entonces el Amor, muy intrigado, fué en busca de la Sabiduría para preguntarle:
- “¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó... Todos los demás no comprendían que hubiera quedado sin embarcación, pero él me salvó, me ayudó y yo ahora, no sé ni siquiera quién es...”Entonces la Sabiduría lo miró largamente a los ojos, y le dijo:
-"Es el único capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el dolor de una pérdida le hace creer que es imposible seguir. Es el único capaz de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse. El que te salvó, Amor, es El Tiempo....”

(Jorge Bucay)


domingo, 7 de septiembre de 2014

El Pino


Sucio, cansado y hambriento de tanto esfuerzo y camino, rogué a un solitario pino que me diera sustento. “No puedo” me respondió, “es tan sólo primavera, no es el tiempo de mi fruta, pero siéntate y disfruta del aire, color y sombra, duerme tranquilo a mi vera”. No estaba yo para esperas, ni consejos ni disputas… Me vencí, no lo quemé, pero, eso sí, lo olvidé.

El sol quemaba en verano, -¡hasta el aire mismo ardía!- cuando del campo volvía con azada y hoz en mano. Ya era imposible seguir tan abrasador camino… Volvía la vista hacia el pino que desprecié en primavera… Allá estaba verde, erguido, como un amigo que espera. Su sombra fue paraíso para mi infierno estival.

Yo no sé si tenía frutos, ¡ni me acordé de mirar! Cuando mediado el otoño, se acabaron heno y paja, busqué una cama mullida para el becerro y las vacas. Busqué abonos para el huerto, nadie me los pudo dar. ¡Qué triste será mi invierno de pobreza y soledad!

Miré primero hacia el cielo, luego, lejos, el camino… allá estaba, solo, el pino, dispuesto a colaborar. Tiró sus hojas al suelo haciendo una espesa alfombra. ¡Qué me importaban sus frutos! ¡Qué soledad, miedo y hambre. Mi débil choza no pudo con tantas calamidades. Un ciclón la hirió de muerte, voló parte del tejado, sentí cerca mi final. Tendí la vista hacia el pino…

¡Él si aguantó el vendaval! Con lágrimas lo corté, hice fuego, hice techado, y pensé en la primavera sin frutas, y en el verano –con caricias de su sombra- y en las hojas del otoño, y en todo lo que me ha dado. Una foto de recuerdo, y una leyenda debajo: “Antes me salvó su vida, hoy su muerte me ha salvado”.
(De la red)

domingo, 13 de julio de 2014

La botella del náufrago


Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella. 
Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras: "¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí!"

-No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo, dijo el pescador primero.

-Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano, dijo el pescador segundo.

-Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla Aquí está en todos lados, dijo el pescador tercero. 

El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio. Las verdades generales tienen ese problema. 

(Wislawa Szymborska)

martes, 1 de julio de 2014

El rico y el pobre

 

Era un hombre muy rico y acostumbrado a ser halagado por los que lo rodeaban.

La gente de la localidad se deshacía en alabanzas hacia él, que se había vuelto arrogante.

Pero, había un hombre muy pobre que no le prodigaba ningún tipo de halagos y que se mostraba indiferente frente a la opulencia y el poder del hombre rico.

Herido en su orgullo, el hombre rico citó al pobre y le dijo:

-Vamos a ver, si yo te regalase el veinte por ciento de mi fortuna, me adularías?

El hombre pobre, sin dudarlo, le respondió:

-Sería un reparto demasiado desigual para hacerte merecedor de mis halagos.

-Pero, si te entregara la mitad de mi fortuna? – insistió el rico

-En ese caso estaríamos en igualdad de condiciones y no habría ningún motivo para adularte.

El rico volvió intentarlo:

-Pero, si te regalase toda mi fortuna?

-Si yo fuera dueña de una fortuna tal, ¿porque tendría que adularte?

Fuera de sí, herido en lo más profundo de su ser, el hombre rico se dio la vuelta y se alejó.

jueves, 20 de marzo de 2014

Una vida inútil


Un granjero se hizo tan viejo que no ya podría trabajar los campos. Así que pasaba el día sentado en el pórtico. Su hijo, aún trabajando la granja, levantaba la vista de vez en cuando y veía a su padre sentado allí. “Ya no es útil”, pensaba el hijo para sí, “¡no hace nada!”. Un día el hijo se enfadó tanto por esto, que construyó un ataúd de madera, lo arrastró hasta el pórtico, y le dijo a su padre que se metiera dentro.

Sin decir nada, el padre se metió. Después de cerrar la tapa, el hijo arrastró el ataúd al borde de la granja donde había un elevado acantilado. Mientras se acercaba a la pendiente, oyó un débil golpeteo en la tapa desde adentro del ataúd. Lo abrió. Aún tendido allí, pacíficamente el padre miraba hacia arriba a su hijo.
- “Sé que vas a lanzarme al acantilado, pero antes de que lo hagas, ¿puedo sugerir algo?”
-“¿Qué?” contestó el hijo,
-“Arrójame desde el acantilado, si quieres”, dijo el padre, “pero guarda este buen ataúd de madera.  Tus niños podrían necesitar usarlo para cuando tú envejezcas”.

El valor de las cosas


“Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?”

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después…- y haciendo una pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

-E…encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien- asintió el maestro.

Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió.

Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.

Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

-Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

-¡¿58 monedas?!-exclamó el joven.

-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…

El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

Una situación tensa

 
Un día, mientras caminaba a través de la selva, un hombre se topó con un feroz tigre. Corrió pero pronto llegó al borde de un acantilado.

Desesperado por salvarse, bajó por una parra y quedó colgando sobre el fatal precipicio. Mientras el estaba ahí colgado, dos ratones aparecieron por un agujero en al acantilado y empezaron a roer la parra. De pronto, vio un racimo de frutillas en la parra. Las arrancó y se las llevó a la boca. ¡Estaban increíblemente deliciosas!

Destino

 
Durante una batalla trascendental, un general japonés decidía atacar. Aunque su ejército era superado en número considerablemente, estaba seguro que ganarían, pero sus hombres estaban llenos de dudas. En el camino a la batalla, pararon en un santuario religioso. Después de rezar con los hombres, el general sacó una moneda y dijo, “Ahora lanzaré esta moneda. Si es cara, ganaremos. Si es cruz, perderemos. El destino ahora se revelará”.

Lanzó la moneda al aire y todos la miraron atentamente mientras caía. Fue cara. Los soldados estuvieron tan rebosantes de alegría y llenos de confianza que atacaron vigorosamente al enemigo y salieron victoriosos. Después de la batalla, un teniente le comentó al general, “Nadie puede cambiar el destino”. “Absolutamente correcto”, contestó el general mientras mostraba al teniente la moneda, la cual tenía caras en ambos lados.

lunes, 3 de febrero de 2014

El camaleón y el arco iris



Un camaleón orgulloso, que se burlaba de los demás por no cambiar de color como él. Pasaba el día diciendo: ¡Que bello soy!.
¡No hay ningún animal que vista tan señorial!.
Todos admiraban sus colores, pero no su mal humor y su vanidad.
Un día, paseaba por el campo, cuando de repente, comenzó a llover.
La lluvia, dio paso al sol y éste a su vez al arco iris.
El camaleón alzó la vista y se quedó sorprendido al verlo, pero envidioso dijo: ¡No es tan bello como yo!.
¿No sabes admirar la belleza del arco iris?: Dijo un pequeño pajarillo que estaba en la rama de un árbol cercano.
Si no sabes valorarlo, continuó, es difícil que conozcas las verdades que te enseña la naturaleza.
¡Si quieres, yo puedo ayudarte a conocer algunas!.
¡Está bien!: dijo el camaleón.
Los colores del arco iris te enseñan a vivir, te muestran los sentimientos.
El camaleón le contestó: ¡Mis colores sirven para camuflarme del peligro, no necesito sentimientos para sobrevivir!.
El pajarillo le dijo: ¡Si no tratas de descubrirlos, nunca sabrás lo que puedes sentir a través de ellos!.
Además puedes compartirlos con los demás como hace el arco iris con su belleza.
El pajarillo y el camaleón se tumbaron en el prado.
Los colores del arco iris se posaron sobre los dos, haciéndoles cosquillas en sus cuerpecitos.
El primero en acercarse fue el color rojo, subió por sus pies y de repente estaban rodeados de manzanos, de rosas rojas y anocheceres.
El color rojo desapareció y en su lugar llegó el amarillo revoloteando por encima de sus cabezas.
Estaban sonrientes, alegres, bailaban y olían el aroma de los claveles y las orquideas.
El amarillo dio paso al verde que se metió dentro de sus pensamientos.
El camaleón empezó a pensar en su futuro, sus ilusiones, sus sueños y recordaba los amigos perdidos.
Al verde siguió el azul oscuro, el camaleón sintió dentro la profundidad del mar, peces, delfines y corales le rodeaban.
Daban vueltas y vueltas y los pececillos jugaban con ellos.
Salieron a la superficie y contemplaron las estrellas. Había un baile en el cielo y las estrellas se habían puesto sus mejores galas.
El camaleón estaba entusiasmado.
La fiesta terminó y apareció el color azul claro. Comenzaron a sentir una agradable sensación de paz y bienestar.
Flotaban entre nubes y miraban el cielo.
Una nube dejó caer sus gotas de lluvia y se mojaron, pero estaban contentos de sentir el frescor del agua.
Se miraron a los ojos y sonrieron.
El color naranja se había colocado justo delante de ellos.
Por primera vez, el camaleón sentía que compartía algo y comprendió la amistad que le ofrecía el pajarillo.
Todo se iluminó de color naranja.
Aparecieron árboles frutales y una gran alfombra de flores.
Cuando estaban más relajados, apareció el color añil, y de los ojos del camaleón cayeron unas lagrimitas. Estaba arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar aquello que era realmente hermoso.
Pidió perdón al pajarillo y a los demás animales y desde aquel día se volvió mas humilde.

El Acertijo

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Érase una vez el hijo de un rey, a quien entraron deseos de correr mundo, y se partió sin más compañía que la de un fiel criado. Llegó un día a un extenso bosque, y al anochecer, no encontrando ningún albergue, no sabía dónde pasar la noche. Vio entonces a una muchacha que se dirigía a una casita, y, al acercarse, se dio cuenta de que era joven y hermosa. Dirigióse a ella y le dijo:
- Mi buena niña, ¿no nos acogerías por una noche en la casita, a mí y al criado?
- De buen grado lo haría -respondió la muchacha con voz triste-; pero no os lo aconsejo. Mejor es que os busquéis otro alojamiento.
- ¿Por qué? -preguntó el príncipe.
- Mi madrastra tiene malas tretas y odia a los forasteros ­contestó la niña suspirando.
Bien se dio cuenta el príncipe de que aquella era la casa de una bruja; pero como no era posible seguir andando en la noche cerrada, y, por otra parte, no era miedoso, entró. La vieja, que estaba sentada en un sillón junto al fuego, miró a los viajeros con sus ojos rojizos:
- ¡Buenas noches! -dijo con voz gangosa, que quería ser amable-. Sentaos a descansar-. Y sopló los carbones, en los que se cocía algo en un puchero.
La hija advirtió a los dos hombres que no comiesen ni bebiesen nada, pues la vieja estaba confeccionando brebajes nocivos. Ellos durmieron apaciblemente hasta la madrugada, y cuando se dispusieron a reemprender la ruta, estando ya el príncipe montado en su caballo, dijo la vieja:
- Aguarda un momento, que tomarás un trago, como despedida.
Mientras entraba a buscar la bebida, el príncipe se alejó a toda prisa, y cuando volvió a salir la bruja con la bebida, sólo halló al criado, que se había entretenido arreglando la silla.
- ¡Lleva esto a tu señor! -le dijo. Pero en el mismo momento se rompió la vasija, y el veneno salpicó al caballo; tan virulento era, que el animal se desplomó muerto, como herido por un rayo. El criado echó a correr para dar cuenta a su amo de lo sucedido, pero, no queriendo perder la silla, volvió a buscarla. Al llegar junto al cadáver del caballo, encontró que un cuervo lo estaba devorando.
«¿Quién sabe si cazaré hoy algo mejor?», se dijo el criado; mató, pues, el cuervo y se lo metió en el zurrón.
Durante toda la jornada estuvieron errando por el bosque, sin encontrar la salida. Al anochecer dieron con una hospedería y entraron en ella. El criado dio el cuervo al posadero, a fin de que se lo guisara para cenar. Pero resultó que había ido a parar a una guarida de ladrones, y ya entrada la noche presentáronse doce bandidos, que concibieron el propósito de asesinar y robar a los forasteros. Sin embargo, antes de llevarlo a la práctica se sentaron a la mesa, junto con el posadero y la bruja, y se comieron una sopa hecha con la carne del cuervo. Pero apenas hubieron tomado un par de cucharadas, cayeron todos muertos, pues el cuervo estaba contaminado con el veneno del caballo.
Ya no quedó en la casa sino la hija del posadero, que era una buena muchacha, inocente por completo de los crímenes de aquellos hombres. Abrió a los forasteros todas las puertas y les mostró los tesoros acumulados. Pero el príncipe le dijo que podía quedarse con todo, pues él nada quería de aquello, y siguió su camino con su criado.
Después de vagar mucho tiempo sin rumbo fijo, llegaron a una ciudad donde residía una orgullosa princesa, hija del Rey, que había mandado pregonar su decisión de casarse con el hombre que fuera capaz de plantearle un acertijo que ella no supiera descifrar, con la condición de que, si lo adivinaba, el pretendiente sería decapitado. Tenía tres días de tiempo para resolverlo; pero eran tan inteligente, que siempre lo había resuelto antes de aquel plazo. Eran ya nueve los pretendientes que habían sucumbido de aquel modo, cuando llegó el príncipe y, deslumbrado por su belleza, quiso poner en juego su vida. Se presentó a la doncella y le planteó su enigma:
- ¿Qué es -le dijo- una cosa que no mató a ninguno y, sin embargo, mató a doce? En vano la princesa daba mil y mil vueltas a la cabeza, no acertaba a resolver el acertijo. Consultó su libro de enigmas, pero no encontró nada; había terminado sus recursos. No sabiendo ya qué hacer, mandó a su doncella que se introdujese de escondidas en el dormitorio del príncipe y se pusiera al acecho, pensando que tal vez hablaría en sueños y revelaría la respuesta del enigma. Pero el criado, que era muy listo, se metió en la cama en vez de su señor, y cuando se acercó la doncella, arrebatándole de un tirón el manto en que venía envuelta, la echó del aposento a palos. A la segunda noche, la princesa envió a su camarera a ver si tenía mejor suerte. Pero el criado le quitó también el manto y la echó a palos.
Creyó entonces el príncipe que la tercera noche estaría seguro, y se acostó en el lecho. Pero fue la propia princesa la que acudió, envuelta en una capa de color gris, y se sentó a su lado. Cuando creyó que dormía y soñaba, púsose a hablarle en voz queda, con la esperanza de que respondería en sueños, como muchos hacen. Pero él estaba despierto y lo oía todo perfectamente.
Preguntó ella:
- Uno mató a ninguno, ¿qué es esto?
Respondió él:
- Un cuervo que comió de un caballo envenenado y murió a su vez.
Siguió ella preguntando:
- Y mató, sin embargo, a doce, ¿qué es esto?
- Son doce bandidos, que se comieron el cuervo y murieron envenenados.
Sabiendo ya lo que quería, la princesa trató de escabullirse, pero el príncipe la sujetó por la capa, que ella hubo de abandonar. A la mañana, la hija del Rey anunció que había descifrado el enigma y, mandando venir a los doce jueces, dio la solución ante ellos. Pero el joven solicitó ser escuchado y dijo:
- Durante la noche, la princesa se deslizó hasta mi lecho y me lo preguntó; sin esto, nunca habría acertado.
Dijeron los jueces:
- Danos una prueba.
Entonces el criado entró con los tres mantos, y cuando los jueces vieron el gris que solía llevar la princesa, fallaron la sentencia siguiente:
- Que este manto se borde en oro y plata; será el de vuestra boda.

(Hermanos Grimm)

Los tres hijos del rey

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Cierta vez existió un rey que tenía tres hijos dotados de las mismas cualidades de modo que era difícil escoger, entre ellos, quien iba recibir el legado del Reino.
 
Entonces acudió a un sabio de la región para recibir su consejo. El sabio ideó el plan y aconsejó al rey:
- Vete de peregrinación.
Así el rey llamó a sus tres hijos y les dio a cada uno la misma cantidad de semillas de unas hermosas flores.
 
Luego, antes de marcharse, les dio la siguiente instrucción:
- Preservad estas semillas tan bien como os sea posible, porque vuestras vidas dependen de ellas. Y, cuando regrese me informaréis de lo ocurrido con ellas.
El primer hijo, el mayor, el que mejor sabía conducirse, el más artero y pulcro, dijo:

- Guardaré estas semillas en una caja fuerte, de modo que para cuando regrese mi padre estarán tal cual me los ha dado, ya que de ello depende mi vida. -Y procedió con la idea de guardarlo tal como se propuso.
 
El segundo hijo, dijo:
- Como las semillas deben ser preservadas, mientras dure la ausencia de mi padre, las venderé y guardaré el dinero, y, el día que él regrese, las volveré a comprar y él no se dará cuenta, sin embargo las especies estarán tan frescas como me los dio, pues guardarlo no puedo porque hay el riesgo de que se pudran. -Y así lo hizo.

El tercer hijo, dijo:
- Lo que nos dio son semillas, eso debe significar algo. Y, como las semillas están hechas para germinar y crecer en la superficie de la tierra, prepararé el terreno y las sembraré sobre ella para que adorne el jardín.

Al cabo de un año, el padre regresó y, evidentemente, examinó a cada uno de sus hijos. El hijo mayor abrió la caja fuerte y dijo a su padre:
- Mi señor, aquí tiene las semillas que me las dio; están bien conservadas, tal como usted me las dio. 

Pero, el rey, dijo:
- ¡Estúpido! Las semillas no se conservan en cajas de seguridad; solo se preservan si las dejas morir y le permites renacer.

Luego se dirigió al segundo hijo diciendo:
- Tú entendiste mejor que tu hermano mayor. Pero, como la cantidad de las semillas sigue siendo la misma y que ellas se multiplican en millones, naturalmente, has cometido un grave error en el intento de preservar tal cual te las di. 

Después se dirigió al menor, quien le condujo hacia el jardín para mostrárselo, diciendo:
- Padre, yo las esparcí por el suelo y se han convertido en plantas. Sin embargo, pronto florecerán y harán sus propias semillas de modo que usted las recogerá multiplicado en millones. 

El rey declaró:
- ¡Ganaste la prueba, muchacho! ¡Tú serás mi sucesor! Porque la única forma de preservar la semilla es permitiéndole morir para que pueda renacer.

El sastrecillo valiente

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Hace muchos años, en un reino muy lejano, vivía un joven muy pobre. Era sastre. Pero casi nunca trabajaba porque nadie le hacía ningún encargo. Como le sobraba tanto tiempo, siempre estaba con sus fantasías, pensaba y pensaba las hazañas más extraordinarias. Estaba seguro de que algún día iba a ser famoso y rico.

Un día de esos de verano en que hace tanto calor, estaba en su taller soñando, como siempre. Unas moscas muy pesadas habían entrado por la ventana y se pasaban el rato zumbando y molestando a nuestro joven sastre. Se le posaban en la nariz, en las manos, en las orejas. En fin, que le estaban dando la lata. El joven estaba tan harto de las moscas que empezó a perseguirlas por todo el taller y a echarlas hacia la ventana. Pero nada, que las moscas no se iban. Estaba tan enfadado que cogió un trapo que tenía por allí, y aprovechando que las moscas se habían posado sobre una mesa, les sacudió un buen golpe. Con tanta fortuna, que siete de ellas quedaron muertas sobre la mesa.   

Entonces, el joven sastre se sentó y empezó a soñar que, en realidad, había luchado contra siete feroces guerreros y que los había vencido a los siete. Y de tanto pensarlo, llegó a creer que era verdad. Se sentía como el más valiente de los caballeros del reino. Y como era sastre, pues se hizo una camisa muy bonita con un letrero en el pecho, en el que ponía «MATÉ SIETE DE UN GOLPE».    Y, con la camisa puesta, salió por toda la ciudad. La gente, que leía lo que ponía en la camisa del sastre, pensaba que había matado a siete guerreros y el sastre decía que sí que había matado a «siete de un golpe». El sastre se hizo muy famoso y en todo el reino se hablaba del Sastrecillo Valiente que había matado a siete de un golpe.   

Por aquellos días, el Rey lo estaba pasando muy mal, porque dos gigantes muy crueles estaban a la puerta de su palacio y querían quitarle sus riquezas y su reino. El Rey buscaba a alguien que quisiera ayudarle. Entonces, alguien le habló del Sastrecillo Valiente y mandó a buscarlo.    Por eso, un día, aparecieron por el taller del sastre unos enviados del Rey y le pidieron que fuera a palacio a ayudar al Rey y a derrotar a los gigantes.   

El sastre se asustó mucho y se arrepintió de haber sido tan soñador y de haberse metido en ese lío. Pero como no quería que nadie le llamara mentiroso y se riera de él, aceptó y se fue a luchar contra los gigantes.   

Y llegó cerca del palacio llenito de miedo. En el bosque que rodeaba el palacio vio a los dos gigantes que estaban sentados a la sombra. Temblando y sin hacer ruido, se subió a un árbol para que los dos gigantes no le vieran. Como hacía mucho calor, los dos gigantes se quedaron dormidos. Entonces, el sastre tiró una piedra que golpeó a uno de los gigantes en la nariz. El gigante se despertó enfadadísimo y dolorido. Creyó que había sido el otro gigante el que le había dado la pedrada y le dio dos puñetazos bien fuertes.    Cuando los gigantes volvieron a quedarse dormidos, el Sastrecillo Valiente, tiró una piedra al otro gigante le dio en los dientes. El gigante se despertó hecho una fiera y pegó una patada al otro. Los dos gigantes se liaron a puñetazos, patadas y mordiscos.   

Estuvieron peleando más de dos horas. Hasta que al fin, agotados, quedaron tumbados en el suelo sin poder moverse. El sastre echó a correr hacia palacio, gritando: Venid, venid! ¡corred! He peleado con los gigantes y los he vencido! ¡Venid a sujetarlos!   

Los soldados del Rey fueron en busca de los gigantes sin creer lo que el sastre decía. Pero cuando llegaron vieron a los dos gigantes tumbados en el suelo. Los ataron con muchas cuerdas y cadenas y, con unos cables, los arrastraron y los metieron en los calabozos.  

El Rey, muy contento y muy agradecido, regaló muchas riquezas al Sastrecillo que se convirtió en un señor muy poderoso. Y, además, la Princesa se casó algunos años después con el famoso Sastrecillo Valiente.

La princesa y el guisante



Había una vez un joven príncipe en edad casadera, que decidió iniciar un viaje para encontrar una princesa con la que casarse y dar herederos a su reino. Así fue como se embarcó en un largo periplo, que le llevó a recorrer todo el mundo conocido, en busca de esa princesa verdadera con la que contraer matrimonio. En tan extenso territorio, muchas fueron las candidatas que encontró en su camino, pero ninguna tenía lo que el príncipe estaba buscando.

Una oscura noche,  en la que el cielo parecía estar a punto de derrumbarse y la lluvia golpeaba incesantemente los muros del palacio, alguien llamaba a la puerta de forma desesperada en busca de refugio.

Cuando los sirvientes abrieron la puerta, descubrieron que se trataba de una empapada y sucia mujer, que afirmaba ser una auténtica princesa, a pesar del lamentable aspecto que presentaba.

Para comprobar si era cierto lo que decía, la reina se dispuso a realizar una pequeña prueba, que consistía en meter un insignificante guisante, sin que su huésped lo supiera, entre capas y capas de colchones y edredones.

Cuando llegó el nuevo día y todos se habían levantado, la reina se interesó por cómo había pasado la noche su invitada.

-He pasado una noche terrible señora. No sé qué tendría esa cama, pero era algo de tal dureza, que me ha dejado el cuerpo en un estado tan maltrecho, como si hubiese dormido encima de unas piedras.

Al escuchar sus palabras, se dieron cuenta de que sus palabras eran ciertas y que esa delicadeza, tan solo la poseen las princesas de verdad.

Y así fue como el príncipe encontró a la mujer para casarse y como un pequeño guisante, termino mostrándose junto a las más altas joyas de la corona.

La alfombra voladora

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En una ciudad oriental, vivía un viejo comerciante de alfombras, el cual, tuvo que marcharse unos días de su hogar, dejando su tienda al cuidado de su ayudante Alí.
Le indicó, que podía vender todas las alfombras que quisiera, menos una muy antigua que estaba en un rincón.
Al día siguiente, un elegante hombre, entró en la tienda y le pregunto por la vieja alfombra, la cual le vendió como si fuera recién salida del telar, a pesar de las advertencias de su amo.
Cuando volvió y Alí, le contó lo sucedido, el comerciante se enfado mucho, ya que era una alfombra voladora. Como era natural, Alí le prometió recuperarla, buscando en primer lugar en la plaza del mercado, en donde pudo ver al hombre comprando una tinaja, en la cual se introdujo.
Subido en su alfombra, el hombre se marchó hasta su hogar, en el que estaba esperando su hija, cuyo regalo era la tinaja. Este hombre era un poderoso sultán, que poseía maravillosos palacios.
Al ir a mirar en la tinaja, su hija, se encontró con el joven Alí, al que identifico primeramente con un príncipe traído por su padre para casarse con ella. A pesar de que su padre le revelo la verdadera naturaleza de Alí, sus deseos de casarse con él, permanecieron intactos.
A pesar de que el sultán se negaba a aprobar la boda, el empeño de su hija, pudo más y consiguieron casarse felizmente, no sin antes, devolverle la alfombra al comerciarte, el cual se la dio como regalo de bodas.