martes, 12 de febrero de 2013

Juan, el de la vaca


Esto había de ser un hombre que tenía un hijo y una vaca. La vaca era muy hermosa y el hijo algo tonto.
El padre lo mandó un día a vender la vaca, porque les hacía falta el dinero.
A Juan, que así se llamaba el hijo, le daba mucha pena, porque estaba muy encariñado con el animal, pero no tuvo más remedio que obedecer.
Al pasar un monte, le salieron unos ladrones y le robaron la vaca.
Pero él fue siguiéndolos y los vio entrar en la casa donde vivían.
Volvió a la suya y el padre le preguntó: - ¿Cómo es que vuelves tan pronto? ¿Ya has vendido la vaca?
- No, padre, que me la han robado.
- Corno que eres tonto.
- No se preocupe usted, padre, que la vaca me la cobro.
- ¡Tú qué vas a cobrar! -dijo el padre muy enfadado.
Entonces Juan se disfrazó de doncella y fue a casa de los ladrones.
Preguntó si necesitaban criada y ellos dijeron que sí. De manera que se quedó a servir con ellos.
Por la noche el capitán la llamó a su habitación y dijo a los ladrones:
- Esta moza parece un poco arisca. Si oís gritar, no acudáis ni hagáis caso, que esto es cosa mía.
Bueno, pues ya el capitán apagó la luz y entonces Juan sacó una correa que llevaba debajo de las sayas y empezó a darle correazos al capitán, venga correazos.
Y aunque éste gritaba, nadie acudió a socorrerlo.
Cuando ya el capitán estaba sin poder moverse, Juan cogió todo el dinero que encontró por allí y se escapó por una ventana, diciéndole:
- Que no se te olvide que soy Juan el de la vaca.
Cuando llegó a su casa, le dice al padre:
- Tome usted, padre, que ya me he cobrado la vaca.
Pero ahora tengo que cobrar más.
Mandó hacerse un traje de médico, y así vestido se acercó otra vez a la casa de los ladrones.
Estos andaban buscando precisamente un médico, desde que vieron cómo había quedado su capitán.
Así que, nada más ver al médico, le pidieron que entrase.
Entró el médico, reconoció al capitán y dijo: - Esto es de una soberana paliza que le han pegado.
- ¡Sí, señor! -dijeron los ladrones-. ¡Qué médico tan sabio!
Entonces el médico mandó a cada uno de los ladrones a buscar una cosa distinta por todos aquellos pueblos.
A uno lo mandó por vendas, a otro por alcohol, a otro por algodón, a otro por una pomada, así hasta que no quedó ninguno en la casa.
Y en ese momento se fue otra vez para el enfermo, se sacó la correa y se lió a correazos con él diciéndole:
- ¡Que soy Juan el de la vaca! ¡Que soy Juan el de la vaca!
Cuando se cansó de darle correazos, llenó unos cuantos bolsos de dinero y se fue de allí.
Al día siguiente Juan se disfrazó de cura.
Como el capitán había quedado bastante grave, Los ladrones estaban a la puerta por si pasaba un cura, y en cuanto lo vieron venir, le pidieron que entrara a asistir a un moribundo.
Juan subió a ver al enfermo y dice:
- ¡Huy, este hombre se va a morir ya mismito! Corriendo, id al pueblo y uno que me traiga el copón, otro el santóleo, otro el roquete, otro la estola, otro el hisopo...
Así fue diciendo, hasta que no quedó ningún ladrón en la casa.
Entonces otra vez se fue para el capitán, que nada más verlo gritó: - ¡No, por favor, otra vez el de la vaca no!
¡Llévate todo el dinero que quieras, pero no me des más correazos!
Mira, ahí está la caja. Coge todo lo que quieras.
Juan cogió todo el dinero, menos tres pesetas para que comieran aquel día; pero todavía antes de irse le dio un par de correazos al capitán.
Cuando llegó a su casa y le entregó a su padre todo el dinero, le dice éste:
- Hombre, pues no eres tan tonto como yo creía. Pero Juan estaba preocupado, porque sabía que de un momento a otro se presentarían los ladrones a ajustarle las cuentas.
Así que no se despegaba de la chimenea, y tenía preparado un caldero de pez, por lo que pudiera ocurrir.
Una noche sintió pasos por el tejado y se dice:
- ¡Ahí están! Oyó que uno les decía a los otros:
- Bajadme con una cuerda poquito a poco.
Entonces Juan atizó la lumbre y el otro que venía para abajo mete los pies en el caldero y se abrasa. Dice:
- ¡Arriba, arriba!
- ¿Qué te pasa?
-le preguntaron los otros.
- Nada, …que está muy oscuro y me da miedo.
- ¡Pues vaya un ladrón que estás tú hecho!
-dijo otro, y empezó a bajar por la cuerda.
Cuando llegó al caldero, también se abrasó los pies y gritó:
- ¡Arriba, arriba! - ¿Qué te pasa? - Nada, …que hay muchos mosquitos. - ¡Pues vaya ladrón que estás tú hecho!
-dijo otro, que era el capitán-.
Ahora bajaré yo y, aunque diga «arriba, arriba», vosotros más me bajáis.
Empezó a bajar el capitán por la cuerda y al momento se puso a gritar:
- ¡Arriba, arriba, que está aquí el de la vaca, que está aquí el de la vaca!
Pero los otros, ni caso.
Cada vez más abajo, hasta que el capitán cayó enterito en la pez hirviendo y se quedó como un chicharrón.
Y colorín colorao, este cuento se ha acabao.

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