viernes, 21 de diciembre de 2012

Artabán, el cuarto Rey Mago

Cuenta una leyenda que fueron cuatro y no tres los Reyes Magos de Oriente. En un principio partieron juntos, siguiendo a la estrella de oriente, para adorar al niño Jesús, Pero el cuarto rey, que llevaba vino y aceite como presente, se vio sorprendido por un imprevisto.

Tras varios días de camino, los cuatro reyes se internaron en el desierto. Una noche les pilló de sopetón una tormenta. Todos los reyes se resguardaron bajo amplios mantos tras sus camellos, pero el cuarto rey, al que todos conocían como Artabán y que solo contaba con un burro, buscó resguardo en la cabaña de un pastor.

A la mañana siguiente, ya pasada la tormenta, esta había desperdigado todas las ovejas del pobre pastor quien no tenía forma de volver a reunirlas. Ante esta situación, Artabán se encontraba ante un dilema: si ayudaba al pastor se retrasaría de la caravana y no conocía el camino. Pero, por otro lado, su buen corazón le decía que no podía dejar así a aquel pastor. Así que decidió quedarse a ayudarle.

Cuando terminó se dio cuenta de que los otros reyes ya estaban muy lejos y que no podría alcanzarles, pero continuó su viaje tratando de acelerar el paso para acortar las distancias. Cada vez que se acercaba a la caravana se encontraba con otro pobre que necesitaba de su ayuda. Mientras prestaba su ayuda, la estrella ya se había perdido y solo quedaban huellas medio borrosas de los otros reyes. Trató de seguirlas pero tuvo que detenerse muchas otras veces para auxiliar a otras personas.

Tras muchos años, ya muy anciano, llegó a Jerusalén y allí se encontró con Jesús al que le pidió perdón por no haber ido a adorarle cuando era un niño. Jesús lejos de estar enfadado, se alegró de haberle conocido por fin, ya que le habían hablado de las buenas acciones que había realizado.”


(Del blog: "Cuento a la vista")

miércoles, 19 de diciembre de 2012

El Primer Lápiz

Erase una vez un lápiz que vivía en la oscuridad de la gaveta de un escritorio. Cada vez que la gaveta se abría sentía la emoción de salir y conocer el mundo exterior, pero la tristeza lo invadía al ver cómo nuevamente la gaveta se cerraba.
Un da escuchó las risas y gritos de un niño y las voces de todos en casa haciendo preparativos para algo que sonaba emocionante. La gaveta se abrió, alguien lo tomo en sus manos y lo guardó junto a muchos lápices de colores en una cartuchera. Estaba feliz pero no le pasaba lo mismo a sus nuevos compañeros.
Refunfuñaban y se quejaban de lo mala que sería su vida. Él no entendía a qué se referían y los demás terminaron por creerlo un loco. Volvió a ver la luz al día siguiente. Un niño lo tomó torpemente en sus manitas y afiló su punta, lo cual le dolió un poco, pero bien valdría la pena.
El niño empezó a realizar trazos torpes en una hoja de papel y el lápiz sufría pues esto lastimaba su punta. Por si fuera poco su sombrerito de borrador se estaba deformando. Al entrar a la lapicera los demás lápices, aunque algo magullados, empezaron a burlarse del lápiz de escribir. Él les respondió que estaba algo adolorido pero se sentía contento pues el niño empezaba a escribir sus primeras letras y él lo acompañaba en esta aventura. Eso lo hacía sentirse muy especial.
Los días pasaron y el lápiz ya no era el de antes. Su sombrerito de borrador ya no estaba y tenía su cuerpecito mordido, pero seguía adelante pues tenía la certeza de que estaba a punto de presenciar algo maravilloso y el sería parte importante de ese acontecimiento. Un día ya muy pequeño y casi sin fuerzas por fin vio cumplido su sueño, junto al niño escribió la primera palabra: MAMÁ. Al llegar a casa el niño mostró emocionado su proeza y todos celebraron.
La madre del niño tomó con cariño aquel pequeño y maltratado lápiz. Lo puso en una cajita con algodones y lo guardó, era el primer lápiz con él su hijo escribió la primera palabra. Al fin descansó feliz pues, aunque había sufrido un poco, logró cumplir con su propósito. Muchos lápices llegaron a la lapicera del niño, muchos fueron y vinieron, pero ninguno fue tan especial como el primer lápiz.
 
(Mercedes Serrano Vargas)

¿A qué sabe la Luna?

Hacía mucho tiempo que los animales deseaban averiguar a qué sabía la luna. ¿Sería dulce o salada?
Tan sólo querían probar un pedacito. Por las noches, miraban ansiosos hacia el cielo.
Se estiraban e intentaban cogerla, alargando el cuello, las piernas y los brazos.
Pero todo fue en vano, y ni el animal más grande pudo alcanzarla.
Un buen día, la pequeña tortuga decidió subir a la montaña más alta para poder tocar la luna. Desde allí arriba, la luna estaba más cerca; pero la tortuga no podía tocarla.
Entonces, llamó al elefante.
― Si te subes a mi espalda, tal vez lleguemos a la luna.
Esta pensó que se trataba de un juego y, a medida que el elefante se acercaba, ella se alejaba un poco. Como el elefante no pudo tocar la luna, llamó a la jirafa.
― Si te subes a mi espalda, a lo mejor la alcanzamos.
Pero al ver a la jirafa, la luna se distancio un poco más. La jirafa estiró y estiró el cuello cuanto pudo, pero no sirvió de nada. Y llamó a la cebra.
― Si te subes a mi espalda, es probable que nos acerquemos más a ella.
La luna empezaba a divertirse con aquel juego, y se alejó otro poquito. La cebra se esforzó mucho, mucho, pero tampoco pudo tocar la luna.
Y llamó al león.
― Si te subes a mi espalda, quizá podamos alcanzarla. Pero cuando la luna vio al león, volvió a subir algo más.
Tampoco esta vez lograron tocar la luna, y llamaron al zorro.
― Verás cómo lo conseguimos si te subes a mi espalda ― dijo el león.
Al avistar al zorro, la luna se alejó de nuevo. Ahora solo faltaba un poquito de nada para tocar la luna, pero esta se desvanecía más y más. Y el zorro llamó al mono.
― Seguro que esta vez lo logramos. ¡Anda, súbete a mi espalda!
La luna vio al mono y retrocedió. El mono ya podría oler la luna, pero de tocarla, ¡ni hablar! Y llamó al ratón.
― Súbete a mi espalda y tocaremos la luna.
Esta vio al ratón y pensó: ― Seguro que un animal tan pequeño no podrá cogerme.
Y como empezaba a aburrirse con aquel juego, la luna se quedó justo donde estaba.
Entonces, el ratón subió por encima de la tortuga, del elefante, de la jirafa, de la cebra, del león, del zorro, del mono y… …de un mordisco, arrancó un trozo pequeño de luna.
Lo saboreó complacido y después fue dando un pedacito al mono, al zorro, al león, a la cebra, a la jirafa, al elefante y a la tortuga. Y la luna les supo exactamente a aquello que más le gustaba a cada uno.
Aquella noche, los animales durmieron muy muy juntos.
El pez, que lo había visto todo y no entendía nada, dijo:
― ¡Vaya, vaya! Tanto esfuerzo para llegar a esa luna que está en el cielo.
¿Acaso no verán que aquí, en el agua, hay otra más cerca?
 
(Michael Grejniec)

El Rey y el Halcón

Genghis Khan fue un gran rey y un gran guerrero. Condujo a su ejército hasta China y Persia y conquistó numerosas tierras.
En todos los países la gente hablaba de sus grandes hazañas y decían que, desde Alejandro el Grande, no había habido otro rey como él. Una mañana en la que se encontraba en su casa después de volver de la batalla, cabalgó hasta el bosque para cazar.
Le acompañaban muchos de sus amigos. Cabalgaron alegremente con sus arcos y flechas. Les seguían los sirvientes con los perros. Formaban una partida de caza tan alegre que el bosque se llenó de sus gritos y sus risas. Y esperaban continuar con sus bromas al llegar a su casa al anochecer.
Posado en su muñeca el rey transportaba a su halcón favorito, ya que en esos tiempos los halcones eran entrenados para cazar. Cuando su dueño se lo ordenaba, alzaban el vuelo y oteaban a su alrededor en busca de una presa. Si tenían la suerte de ver un ciervo o un conejo, se precipitaban sobre ellos, veloces como una flecha.
Genghis Khan y sus cazadores cabalgaron por el bosque todo el día, pero no encontraron tantas presas como habían esperado. Al caer la larde, se dirigieron a su casa. El rey había cabalgado a menudo por el bosque y conocía todos sus senderos. Así que, mientras los demás cazadores volvían a casa por el camino más corto, el se internó por una senda que atravesaba un valle entre dos montañas. Había sido un día caluroso y el rey estaba sediento.
Su halcón amaestrado había abandonado su muñeca y alzado el vuelo. El ave sabía con certeza que encontraría el camino de regreso. El rey cabalgó pausadamente.
Recordaba haber visto un riachuelo cerca de ese camino. ¡Si pudiera encontrarlo! Pero el calor del verano había secado todos los arroyos de las montañas. Por fin, para su contento, vio un hilillo de agua que se deslizaba por la hendidura de una roca y dedujo que un poco más arriba habría un manantial.
Siempre, en la estación húmeda, un potente chorro de agua brotaba de aquella fuente, pero ahora el fresco líquido sólo caía gota a gota. El rey echó pie a tierra, cogió un pequeño vaso de plata que llevaba en su zurrón de cazador y lo acercó a la roca para recoger las gotas de agua.
Tardó mucho tiempo en llenar el vaso. Tenía tanta sed que apenas podía esperar. Cuando el vaso estuvo casi lleno, el rey se lo llevó a los labios y se dispuso a beber.
De repente, un zumbido cruzó el aire y el vaso cayó de sus manos. El agua se derramó por el suelo. El rey levantó la vista para ver quién había provocado el accidente y descubrió que había sido su halcón. El pájaro pasó volando unas cuantas veces y finalmente se quedó posado en las rocas cerca del manantial.
El rey recogió el vaso y volvió a llenarlo. Esta vez no esperó tanto. Cuando el vaso estaba a la mitad, se lo llevó a los labios. Pero antes de que pudiera beber, el halcón se lanzó hacia él e hizo caer de nuevo el recipiente.
El rey se puso furioso. Volvió a repetir la operación, pero, por tercera vez, el halcón le impidió beber. Ahora el rey estaba verdaderamente enfadado.
—¿Cómo te atreves a comportarte así? —gritó—. Si te tuviera en mis manos, te rompería el cuello.
Y volvió a llenar el vaso. Pero antes de beber desenfundó su espada.
—Ahora, señor halcón —dijo—, no volverás a jugármela. Apenas había pronunciado estas palabras, cuando el halcón se dejó caer en picado y derramó el agua otra vez. Pero el rey le estaba esperando. Con un rápido mandoble, alcanzó al halcón. El pobre animal cayó mortalmente herido a los pies de su amo.
—Esto es lo que has conseguido con tus bromas —dijo Genghis Khan. Al buscar el vaso, vio que éste había rodado entre dos rocas donde no podría cogerlo.
—Tendré que beber directamente de la fuente murmuró. Entonces se encaramó al lugar de donde procedía el agua. No era fácil, y cuanto más subía, más sediento estaba.
Por fin alcanzó el lugar. Encontró, en efecto, un charco de agua. Pero allí, justo en medio, yacía muerta una enorme serpiente de las más venenosas. El rey se paró en seco y olvidó la sed. Sólo podía pensar en el pobre halcón muerto tendido en el suelo.
—El halcón me ha salvado la vida —exclamó—, ¿y cómo se lo he pagado? Era mi mejor amigo y le he dado muerte. Descendió del talud, cogió al pájaro con suavidad y lo puso en su zurrón de cazador.
Entonces montó en su corcel y cabalgó velozmente hacia su casa. Y se dijo a sí mismo:
—Hoy he aprendido una triste lección: nunca hagas nada cuando estés furioso.

(El rey y el halcón Adaptación de James Baldwin William J. Bennett)

La historia de Latiff

Latiff era el mendigo más pobre de la aldea. Cada noche dormía en zaguán de una casa distinta, frente a la plaza del pueblo. Cada día tenía un breve descanso bajo un árbol distinto, con mano extendida y perdido en sus pensamientos.
Cada noche comía de las limosnas o las migajas que alguna persona caritativa le traía. Sin embargo, a pesar de su aspecto y la manera en que pasaba sus días, Latiff era considerado por todos como el hombre más sabio del pueblo, no tanto por su inteligencia, sino por lo que había vivido.
Una soleada mañana el rey apareció en la plaza, rodeado por sus guardias, caminando entre los frutos sin buscar nada en especial. Riendo ante los mercaderes y compradores, el rey y su séquito tropezaron con Latiff, quien dormitaba a la sombra de un roble. Alguien le dijo al rey que estaba frente al más pobre de sus súbditos, pero también ante uno de los hombres más respetados debido a su conocimiento.
El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo: “Si puedes contestar mi pregunta, te dare esta moneda de oro”. Latiff la miró y casi con desprecio le contestó: “Usted puede quedarse con su moneda, ¿qué haría con ella de todas maneras? ¿Cuál es su pregunta?”
El rey se sintió desafiado por la respuesta y en vez de una pregunta banal, le hizo una que le estaba molestando por días y que no podía resolver; un problema de bienes y recursos que los analistas no habían podido solucionarle. La respuesta de Latiff fue sabia y creativa. El rey se sorprendió; dejó la moneda a los pies del mendigo y continuó con su camino al mercado, reflexionando sobre lo ocurrido.
Al día siguiente regresó directamente a donde descansaba Latiff; esta vez bajo un olivo. Otra vez el rey le planteó una pregunta y nuevamente Latiff la contestó rápida y sabiamente. El rey volvió a sorprenderse ante tanta inteligencia. En un acto de humildad, se sacó sus sandalias y se sentó enfrente de Latiff.
“Latiff, te necesito”, dijo el rey. “Estoy abrumado por las decisiones que un rey tiene que tomar. No quiero lastimar a mi pueblo y tampoco quiero ser un rey malo. Te pido que vengas al palacio y seas mi consejero. No temas; te prometo que serás respetado y que podrás irte cuando quieras… por favor”.
Ya sea por compasión, por servir o por la sorpresa, Latiff, tras pensarlo un poco, aceptó la propuesta del rey. Esa misma noche Latiff llegó al palacio donde inmediatamente le asignaron un lujoso cuarto. El cuarto estaba cerca al del rey y tenía una tina llena de esencias y agua tibia esperándole.
Durante las siguientes semanas las consultas con el rey se tornaron habituales. Cada día en la mañana y en la tarde, el monarca consultaba a su nuevo consejero sobre problemas de su reino, de su propia vida o de sus dudas espirituales.
Latiff siempre contestaba con claridad y precisión y se convirtió en el vocero favorito del rey. Tres meses tras su arribo, no había decisión que el monarca tomase sin consultar primero a su apreciado consejero. Obviamente esto desató el celo del resto de los consejeros. Veían en el mendigo una amenaza a su propia influencia.
Un día, todos los consejeros pidieron una audiencia privada con el rey. Muy cautelosos y con gravedad le dijeron: “Su amigo Latiff está conspirando para destronarlo a Ud.” El rey dijo: “No puedo creerlo”.
“Puede confirmarlo con sus propios ojos”, le dijeron. “Cada tarde, como a las cinco, Latiff se escabulle del palacio hacia el ala izquierda y entra en un cuarto oscuro. Se reúne con alguien en secreto, aunque no sabemos con quién. Le hemos preguntado dónde va todas esas tardes pero nos da respuestas evasivas. Su actitud nos alertó con respecto a la conspiración”.
El rey se sintió defraudado y lastimado. Tenía que confirmar este informe. Esa tarde como a las cinco, esperó a Latiff bajo las escaleras. Vio a Latiff llegar a la puerta y mirar a su alrededor, con una llave colgando de su cuello. Abrió la puerta de Madera y se escabulló secretamente en la habitación. “¿Lo vio?” los otros consejeros le gritaron. “¿Lo vio?”
Seguido por su guardia personal, el monarca tocó a la puerta. “¿Quién es?” preguntó Latiff desde dentro. “Soy el rey”, contestó, “ábreme la puerta”.
Latiff abrió la puerta. No había nadie dentro, excepto Latiff. No había otras puertas o ventanas, no había accesos secretos o moblaje alguno en que alguien pudiese ocultarse.
Dentro de la habitación solo había una plato desgastado de madera; en una esquina, un bastón y en el centro del cuarto, una tunica raída colgando de un gancho en el techo. “¿Estás conspirando contra mí, Ltiff?” preguntó el rey.
“¿Cómo podría, su Majestad?” contestó Latiff. “De ninguna manera. ¿Por qué lo haría? Hace tan solo seis meses, cuando llegué, lo único que tenía era esta túnica, este plato y este bastón. Ahora me siento tan cómodo en la ropa que visto y con la cama en que duermo, me siento tan honrado por el respeto que me brinda y tan fascinado por el poder que me ha concedido… de estar cerca de Ud… que cada día vengo aquí para tocar esta vieja túnica para asegurarme que recuerde… quién soy y de dónde vengo.
Muy cierto. Nunca debemos olvidar quiénes somos y de dónde venimos. La vida da vueltas y bien pudiéramos regresar al mismo lugar.

(Jorge Bucay)

lunes, 17 de diciembre de 2012

El Secretario

Hubo una vez un secretario. Apareció un día de enero en el despacho, inesperada y sigilosamente, sin que nadie supiera de su procedencia, el por qué, ni quién le había contratado. Pero a pesar de ello, enseguida congenió con todos. Era imberbe, pelirrojo y se llamaba Melchor.
Llegaba muy temprano, casi de madrugada y era siempre el último en marchar, en medio de la oscuridad de la noche.
Sus habilidades con las cifras eran incontables. Era también muy rápido leyendo la correspondencia, ya fuera nacional o extranjera, respondiendo a todos los pedidos de forma inmediata y en la lengua del lugar. Enviaba a cada cual lo que le correspondía, sin equivocarse jamás en el destinatario. Diríase que conocía a los clientes como la palma de su propia mano y sabía como nadie el modo de satisfacerles y darles agrado.
Le gustaba escribir a mano; tanto, que mientras lo hacía dejaba que el salvapantallas su ordenador se llenara de barras de color púrpura y rosado que simulaban un escaneo. Según él, era un sistema para ayudar a buscar nuevas estrellas y vida en el Universo.
Muchas veces se anticipaba a las necesidades de los directivos, lo cuales, alegremente sorprendidos, celebraban la sabia elección a pesar de que nadie recordaba exactamente haberlo contratado.
Pasaron los meses y el volumen de trabajo atrasado fue menguando, tan rápidamente que todas las gestiones eran eficazmente realizadas al momento.
Al acercarse el mes de diciembre, y cumplido casi el año de su llegada, se dedicó afanosamente a hacer balance del año. Puso esmero en recalcular bien todas las cifras, ordenar toda la correspondencia enviada y recibida, comprobar que nada había quedado olvidado o dejado a merced del caprichoso azar.
Las ganancias del negocio habían aumentado lo suficiente para cubrir todas las deudas y generar beneficios que hicieron recuperar la sonrisa de trabajadores y empresarios. Aquellas fueron las mejores noticias de los últimos años. Era tanta la alegría, que entre todos decidieron hacer una fiesta sorpresa para darle las gracias.
Pero ese día, como jamás había sucedido antes, Melchor llegaba tarde. Esperaron un buen rato, y finalmente, ante la extrañeza por lo largo de su tardanza, decidieron entrar en su despacho. Allí encontraron lo de siempre: su mesa de abedul con carpetas y papeles bien ordenados, el tablón de corcho con sus fotos, recortes y notas, y aquel rollo de papel de regalo apoyado en una esquina de la pared. Pero el armario de sobremesa con llave, allí donde siempre exponía figuritas y pequeños juguetes, estaba abierto y su interior estaba completamente vacío. Sólo quedaban unos rastros de color dorado y, extrañamente, olía a incienso y mirra. Así que quedaron todos sorprendidos sin comprender muy bien lo sucedido. Pero antes de salir del despacho, alguien se percató de que las luces del ordenador estaban todavía encendidas.
_ Pobre Melchor… Debió trabajar hasta muy tarde y hoy debe haberse quedado dormido- comentó Isabel mientras se acercaba a su mesa para apagar el aparato.
_Menos mal que tenía el sistema de escaneo…Por lo menos durante la noche su ordenador fue útil para buscar en el firmamento- añadió su amigo Carlos.
Y como quien no quiere la cosa, activaron la pantalla para ver una vez más bailotear aquellas barras púrpuras y rosas antes de cerrarla. Pero esta vez, el sistema estaba inusualmente quieto y en el centro de la pantalla un mensaje anunciaba un hallazgo, las coordenadas de un destino.
Y justamente en aquel lugar, en las dependencias de un castillo coronando el lomo de una montaña verde, también en un 6 de enero, apareció inesperada y sigilosamente un secretario, sin que nadie supiera de su procedencia, el por qué, ni quién le había contratado. Era imberbe, pelirrojo y se llamaba Melchor.
Fin

Dedicatoria
Basado en la verdadera historia de un secretario algo imberbe, pelirrojo que tiene nombre de personaje real simbolizando a los tres Reyes Magos. Gracias a él y a todo su equipo, que hacen sus veces de fieles pajes y asistentes reales, nuestro trabajo es más llevadero. ¡GRACIAS!, con mayúsculas y signos de admiración.
Las barras púrpuras y rosas del salvapantallas del ordenador de Melchor realmente existen y buscan estrellas. Espero que gracias a ellas un día tengamos la suerte de encontrar un mensaje anunciando un hallazgo que rompa el silencio del Universo.

El mundo da muchas vueltas

En un reino muy lejano, llamado el País de la Alegría, vivía un hombre muy rico y muy avaro llamado Jeremías, quién desde hacía un tiempo buscaba un empleado para que le ayudara en su granja.
El rumor se había difundido y pronto la fila de hombres en espera de una oportunidad laboral era interminable, pero como lo último que se pierde es la esperanza, nuestro amigo José Antonio se dispuso a ser parte de ella. La fama del dueño de esta granja era muy nombrada; por lo que muchos temían trabajar para él, aun así se encontraban allí, porque la pobreza azotaba este reino y las oportunidades escaseaban.
Muchos jóvenes entraron y se entrevistaron con Don Jeremías, solo uno, tuvo la paciencia y el buen humor de soportarlo todo. Al siguiente día empezó a trabajar en la granja, a pesar de no tener el mejor sueldo, ni el mejor trato, José Antonio, era un hombre muy ahorrativo y visionario, que no se dejaba vencer por cualquier obstáculo. Todo esto ayudó para que su patrón le confiara muchos secretos, que le proporcionarían muchos beneficios más adelante.
El joven supo emplear muy bien los conocimientos adquiridos y contaba con el aprecio de todos los clientes de las verdulerías, que sabían lo buen empleado, lo honesto, amable y generoso que era, todos querían comprarle las frutas y verduras que él vendía. Lo mismo no opinaban de nuestro granjero y Dueño, quien tenía un genio terrible y quien además era muy tacaño y mala persona, pues él no les permitía llevar ni un tomate a casa, ni siquiera porque ellos le ayudaban a sembrarlos.
Esta tierra era muy prospera, pero a don Jeremías no le importaban los demás, solo pensaba en su propio bienestar, si las personas a su alrededor no tenían buena comida o buen vestido a él no le preocupaba, nunca valoraba a sus empleados, ni valoraba su trabajo.
Pasado algún tiempo, debido a algunos malos negocios y a su necedad, el Granjero millonario se quedó en la ruina. Ya no podría presumir de sus riquezas, ni ser el hombre prepotente que daba órdenes, ahora tendría que hacer lo que nunca se imaginó, que tendría que hacer…Pedir trabajo.
Después de ser el amo y señor, tendría que hacer la fila como cualquier persona, las burlas y las miradas con desprecio no se hicieron esperar, él se sintió humillado y despreciado y recordó cuanto mal había hecho, por lo que elevó su mirada al cielo y le pidió perdón a Dios, por lo mal patrón y mala persona que había sido.
A pesar de todo el nuevo dueño de esta Granja le dio la oportunidad de trabajar y generosamente le brindo comida y techo, para que pasase la noche en este lugar. El asombro de Don Jeremías fue grande, cuando descubrió que su antiguo empleado José Antonio ahora tenía muchas tierras, incluyendo la granja que un día había sido de él.
Y como la naturaleza es sabia no olvidemos que: -“Cuando un oso hormiguero está vivo se come a las hormigas, pero cuando este muere, son las hormigas las que se lo comen a él”.
El mundo da muchas vueltas, por eso no tenemos que menospreciar a nadie, ni subestimar a los demás, pues nunca sabremos cuando necesitaremos de ellos.
 
(Bibiana Emilia Posso)

La princesa Laca

En un lejano reino de Oriente, así llamaban a la hija de U Tin, un humilde artesano. Le pusieron este nombre porque no existía nadie más hábil que ella lacando todo tipo de objetos.
Todo lo que la joven grababa sobre las bandejas, los tiestos, las tazas y las cajas que fabricaba su padre parecían cobrar vida en sus manos.
Un rey orgulloso reinaba sin oposición en el país. Se había autoproclamado “Más brillante que el sol”. Nada de lo que pasaba en su reino se le escapaba, y así, la fama de la Princesa Laca llegó hasta él.
Hizo llamar a uno de sus ministros y le dijo:
—Ve y mira si esta presunta princesa es tan diestra como se dice. Si es así, págale para que ponga su talento a mi único servicio. El ministro recibió una bolsa llena de dinero y se puso rápidamente en marcha.
Cabalgó durante una jornada entera sobre su caballo. Más allá del curso del río llegó por fin al pueblo donde vivía U Tin con su hija, y enseguida encontró el camino hacia su taller. El ministro pidió para ver el trabajo de la Princesa Laca, y éste le pareció admirable.
—A partir de ahora servirás únicamente a nuestro resplandeciente soberano.
U Tin se interpuso tímidamente:
—Señor, mi hija no podrá jamás contentar el gusto refinado de un personaje tan poderoso. Los lacados que hacemos están destinados a la gente humilde, a los campesinos, a los pescadores…
A su vez, la Princesa Laca añadió:
—Se dice que nuestro rey ama los objetos cubiertos de hojas de oro y de piedras preciosas. Necesitaremos que nos dé con qué comprar todo esto a fin de que nuestros lacados sean de su agrado.
El ministro arqueó el entrecejo:
—¿Me estáis pidiendo dinero? ¿Quién os ha hablado de dinero? ¡Espabilad y haced maravillas! Yo regresaré a recoger vuestro trabajo.
Salió del taller, saltó sobre su caballo y partió al galope. Sonreía muy contento: la bolsa seguía estando en su bolsillo, y allí se quedaría.
Para intentar, a pesar de todo, satisfacer al rey, U Tin se adentró en un bosque espeso donde crecían grandes y bellos árboles de la mejor de las resinas, la que le permitía obtener el color más buscado: un negro profundo y perfecto.
Entonces, con esa laca, la Princesa amasó y modeló una pasta tan oscura y lisa como el ala de un cuervo. No mostraba sus obras a nadie. Cuando la joven acababa una pieza, la guardaba en la bodega, a resguardo del sol y de las miradas indiscretas. Ni siquiera U Tin penetraba en ese lugar.
Pasaron tres meses, y el ministro regresó para tomar posesión de los objetos destinados al rey. La Princesa Laca los había colocado dentro de grandes cestos cuidadosamente cerrados. El ministro los hizo cargar sobre una carreta que regresó a la capital bien escoltada.
“Más brillante que el sol” tomó con impaciencia una pieza lacada al abrirse el primer cesto. Gritó sorprendido:
—¿Cómo? ¿Cómo se ha atrevido?
Se inclinó sobre las otras piezas para examinarlas. Las escenas grabadas por la Princesa Laca tenían todas el mismo motivo: el sufrimiento del pueblo de Birmania, aplastado bajo la ley de un tirano. El rey se enfureció terriblemente. Su ministro sintió un sudoso recorrerle la espalda: si era juzgado responsable de la ofensa, rodaría su cabeza. “Más brillante que el sol” dijo con voz amenazadora:
—¡Llévame hasta esta insolente! ¡Debe ser castigada allí mismo!
Unos instantes más tarde, el rey se sentó en su carro flamígero y decenas y decenas de hombres armados lo acompañaban. El ministro abría el camino a toda prisa: el miedo le daba alas. Los soldados entraron en el taller de U Tin. Arrastraron al exterior al viejo y a su hija, y los arrojaron a los pies del rey.
“Mías brillante que el sol” se inclinó hacia la Princesa Laca, y le resopló en la cara:
—¡Tus imágenes no son más que mentiras! —Majestad, no hay nada en esas piezas lacadas que no haya visto yo con mis propios ojos.
—¡Pues bien! ¡Que le arranquen los ojos! —ordenó el rey.
—¡Perdonad a mi hija! —imploró U Tin —. Soy yo quien debe ser castigado.
Los vecinos se habían reunido en masa alrededor del taller. “Más brillante que el sol” dijo con voz potente, a fin de ser escuchado:
—¡Es cierto! Este viejo también es culpable. Será expulsado de mi reino. En cuanto a su hija, que ha osado usurpar el título de Princesa, le indulto los ojos… pero éstos nunca más volverán a ver la luz.
El rey abandonó el lugar. Algunos soldados permanecieron allí a fin de construir una prisión que no tardó mucho en alzarse en el centro mismo del pueblo. No tenía puerta. Se dejó tan sólo una minúscula trampilla para poder introducir comida y agua, pero esa trampilla estaba hecha de tal manera que no permitía que la luz del día penetrara en su interior.
Los soldados dejaron una brecha abierta en uno de los muros, través de la cual empujaron a su prisionera, y la cerraron después con ladrillos y mortero.
La Princesa Laca se encontró de pronto sumida en una completa oscuridad. Arañó durante un buen rato las paredes con sus uñas, hasta hundirse en el llanto.
Había sido apartada del mundo de los vivos. Un hilo de aire secó las lágrimas de la Princesa Laca: cerca de su cara había una grieta. No se filtraba ninguna luz, pero sí débiles ecos procedentes del exterior: risas de niños, una canción de campesinos, la llamada de los barqueros…
Si la Princesa Laca podía escuchar a la gente del pueblo, sin duda ellos, a su vez, podrían oír sus palabras. Se acercó cuanto pudo a la grieta y empezó a hablar. Aquello que se le impedía mostrar en sus lacados, lo atestiguaría su voz. A partir de ese momento, no hubo más día ni noche para la Princesa Laca.
En la prisión, olvidó el transcurrir del tiempo mientras contaba sin descanso lo que sus ojos habían visto. No tenía ni hambre ni sed, tenía la impresión de volverse cada vez más ligera a cada palabra que pronunciaba. Cuando la Princesa Laca se sintió, por fin, tan ligera como un leve aliento, como un suspiro, supo que ningún muro podría retenerla más. Que por fin seria libre.
“Más brillante que el sol” no había salido más de su palacio desde que había hecho encerrar en prisión a la Princesa Laca. Temía una revuelta de su pueblo. Dentro de sus aposentos reales, ya no se sentía seguro. Desconfiaba de sus soldados, de sus ministros, y hasta de su propia familia.
En las horas sombrías de la noche, “Más brillante que el sol” recibía a innumerables espías, a los cuales pagaba, a fin de estar informado de todo cuanto sucedía.
Una tarde, uno de ellos le trajo un objeto idéntico a uno de los que la Princesa Laca había tenido el valor de enviar al palacio.
—¿Dónde lo has conseguido? ¡Habla!
—Majestad, estas piezas lacadas están por todas partes —le confesó el espía.
“Más brillante que el sol” hizo venir a su ministro.
—¿Por qué no has hecho nada para evitar esta nueva afrenta?
—Yo no sé nada, Majestad. —
¡Entonces tendré que ocuparme yo mismo de la falsa princesa!
El ministro se apresuró a acompañar a “Más brillante que el sol”.
—Tú no vienes —le dijo el rey
— Un hombre cuya cabeza va a rodar no puede serme útil.
En el pueblo, al borde del río, eran incontables los talleres. Los artesanos se afanaban en sus tareas, fabricaban bandejas, tiestos, tazas y cajas. En todos ellos se veían las mismas escenas que la Princesa Laca había representado. Había decenas, centenas millares; nunca nadie podría impedir que tantas piezas lacadas circularan por el reino.
—¿Cómo es posible? —gritó el rey— Han dejado escapar a la falsa princesa!
Se dirigió a la prisión. Ésta seguía en el mismo lugar en que había sido construida, y sin puerta alguna por donde salir. A grandes mazazos, hicieron un gran agujero en el muro de la prisión: no había rastro alguno de la Princesa Laca en su interior.
Cerca del lugar donde se encontraba la trampilla, “Más brillante que el sol” vio un gran número de tazas y cascos. Nadie parecía haber tocado el agua y la comida que contenían.
El rey se sintió enloquecer:
—¡No puede haberse escapado! … ¡Encontradla, soldados, encontradla! Mientras sus hombres registraban el pueblo, “Más brillante que el sol” entró en un taller. Aplastó con furia las piezas lacadas que allí se encontraban.
De repente, gritó salvajemente y saltó como si hubiesen clavado algo en un talón del pie: una cara se multiplicaba en cada uno de los pedazos esparcidos por el suelo.
Allí donde “Más brillante que el sol” posaba su mirada, se le aparecía la sonrisa de la Princesa Laca. Salió del taller y se puso a correr gesticulando e intentando escapar, pero aquella cara seguía multiplicándose a su vista: en las hojas de los árboles, en el polvo del camino, sobre el agua brillante de los helechos.
El tiempo es como un río: flui sin fin. ¿Cuántos días, semanas, meses, pasaron desde que la Princesa Laca desapareció? Se perdió la cuenta.
Los artesanos continúan trabajando tal y como la Princesa Laca les enseñó a hacerlo, y sobre los objetos que fabrican muestran siempre la vida del pueblo tal y como sus ojos pueden verla, con toda la verdad.
Ninguno de entre todos estos hombres y mujeres debe temer ya más la cólera del rey. Hace ya mucho tiempo que “Más brillante que el sol” se arrojó al río para escapar del rostro de la Princesa Laca, que lo atormentaba sin cesar.
El pueblo recuperó su aspecto habitual, ya no hay prisión alguna. Por todas partes se escuchan hoy las risas de los niños, el canto de los campesinos y la llamada de los barqueros.
En las noches de luna llena, se cuenta que, por el cielo estrellado, por encima de las pagodas doradas… una silueta luminosa se desliza como una nube: la Princesa Laca.

(Françoise Malaval)

lunes, 1 de octubre de 2012

El peregrino


...Un anciano peregrino recorría su camino hacia las montañas del Himalaya en lo mas crudo del invierno. De pronto se puso a llover. 
Un posadero le pregunto:- ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí con este tiempo de perros, buen hombre?"
Y el anciano respondió alegremente: -"Mi corazón llego primero, y al resto de mi le ha sido fácil seguirle"

viernes, 14 de septiembre de 2012

El Agua de la Vida

Había una vez tres personas que buscaban el agua de la vida, esperando que, después de bebería, vivirían para siempre.
Una de estas personas era un guerrero. En su opinión, el agua de la vida tendría muchísima fuerza sería algo así como un torrente o una catarata y por eso se había embutido en una armadura y provisto de una espada, convencido de que así podría vencer al agua y bebérsela.
La segunda persona era una hechicera. En su opinión, el agua de la vida era mágica algo así como un remolino o un geiser, de manera que podría controlarla con un hechizo. Para ello, se había enfundado en una larga capa estrellada.
La tercera persona era un mercader. En su opinión, el agua de la vida era tremendamente costosa algo así como una fuente de perlas o de diamantes. Por eso decidió llenarse todos los bolsillos de su atuendo con monedas de oro, con la esperanza de comprar el agua.
Pero cuando los viajeros llegaron a su destino, se encontraron con que estaban muy equivocados. En efecto, el agua de la vida tenía poco o nada que ver con lo que se habían imaginado.
No era un torrente susceptible de ser intimidado por una muestra de fuerza. Ni tampoco era un remolino que pudiera ser encantado por un hechizo. Y tampoco era una fuente de perlas o de diamantes que pudiera comprarse con dinero. Era, simple y llanamente, un pequeño arroyo de agua dulce. De hecho, lo único que hacía falta para beneficiarse de los poderes mágicos del agua era arrodillarse y beber.
Claro que esto resultó mucho más difícil de lo que hubieran imaginado. El guerrero, con su armadura, era incapaz de ponerse de rodillas. Por otra parte, la larga capa mágica de la hechicera perdía los poderes mágicos en cuanto se manchaba de barro. Y el mercader, con tanto dinero a cuestas, corría el riesgo de que las monedas se le escaparan de los bolsillos y se colaran entre los cantos del arroyo en el momento en que se arrodillara.
Así que ninguno de los tres, de pie como estaban, podía beber del arroyo. Sólo había una solución posible para cada uno de ellos.
El guerrero se despojó de la armadura. La hechicera arrojó al barro la capa. Y el mercader se quitó la ropa que había llenado de monedas. Y así, uno a uno, se fueron arrodillando como Dios les trajo al mundo, para beber el agua del arroyo que les concedería la vida eterna.

El árbol eterno

Érase una vez, hace muchos, muchísimos años, un arbolillo que crecía en el bosque. A medida que se iba haciendo alto y fuerte, empezó a tomar conciencia de la inmensidad del cielo que se abría sobre su copa. Observó también el vaivén de las nubes, en su viaje incesante por el cielo. Por último, se fijó en los pájaros que revoloteaban en lo alto.
El cielo, las nubes, los pájaros... Daba la sensación de que todos vivirían eternamente. Conforme se hacía mayor, el árbol se iba convenciendo de que eran en efecto seres eternos, y llegó un momento en el que también él sintió el deseo de vivir para siempre.
Un buen día, un guardabosques paseaba por la floresta. El hombre, de gesto amable, notó enseguida que el joven árbol no era del todo feliz.
Dime, arbolillo, ¿qué te ocurre? -le preguntó.
El árbol, que al principio se sentía un tanto reacio a compartir su secreto, terminó por sincerarse con el guardabosques:
Me gustaría vivir para siempre -Je dijo.
Pues quizás sea ése tu destino -le contestó el guardabosques-. ¿Quién te ha dicho a ti que no vaya a serlo?
Pasaron los días y los meses y, una vez más, el hombre de mirada amable se acercó al árbol, que, lejos ya de ser un pequeño arboliüo, se había convertido en un árbol alto y robusto.
¿Todavía quieres vivir para siempre? -le preguntó.
Así es -le contestó el árbol de inmediato.
Pues creo que puedo ayudarte... pero antes debes darme tu consentimiento para que te tale.
El árbol, atónito, replicó:
Te digo que quiero vivir para siempre y a ti sólo se te ocurre talarme. Estás bromeando, ¿verdad?
Ya sé que dicho así, a bote pronto, parece una locura, pero sí confías en mí, te prometo que tu deseo se hará realidad.
Después de darle muchas, muchísimas vueltas al asunto, el árbol dio su consentimiento. El guardabosques volvió con una enorme y afilada hacha y lo taló. Su esencia se derramó y se perdió por el bosque. La tierna madera fue cortada entonces en tablillas, que a continuación fueron prensadas, modeladas, limadas, y por último recubiertas de una asfixiante capa de barniz. El árbol lloraba para sus adentros, tal era su angustia y su dolor. Ya no había escapatoria, pensaba, así que se encomendó a las manos del artesano, perdiendo toda esperanza de convertirse en un ser eterno.
El artesano hizo de él un hermoso violín, que permaneció intacto en su funda durante años. A menudo, el árbol recordaba con nostalgia sus años de juventud en el bosque y sentía entonces una inmensa tristeza. Menudo idiota que había sido, dejándose engañar por el hacha de un guardabosques. ¿Cómo había podido ser tan ingenuo como para pensar que de esa forma viviría para siempre?
Pero un buen día el violín fue sacado de su estuche y acariciado con amor por unas manos desconocidas. El árbol contuvo la respiración, y le temblaron hasta las vetas cuando un suave arco le acarició el pecho. Pronto sus temblores se convirtieron en un sonido puro y melodioso que le1 recordó el sonido del viento entre las hojas, el deslizarse de las nubes en su viaje hacia la eternidad, el revoloteo de los pájaros en el cielo azul.
Un sonido puro. Unas notas puras y limpias. Era, sin duda, la música de la eternidad.
Mi esencia se ha convertido en música -suspiró el árbol-. El guardabosques tenía razón.
A partir de ese momento, su música empezó a resonar en los corazones de quienes le escuchaban. Cuando sus notas melodiosas hubieron alcanzado todos los corazones del mundo, el árbol atravesó las puertas de la eternidad y se convirtió, él también, en un ser eterno.

La sospecha

Un hombre perdió su hacha; y sospechó del hijo de su vecino. Espió la manera de caminar del muchacho, exactamente como un ladrón. Observó la expresión del joven, como la de un ladrón. Tuvo en cuenta su forma de hablar, igual a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de hurto.

Pero más tarde, encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho parecían muy diferentes de los de un ladrón

El Poder de la llama

Érase una vez una barra de hierro de una fuerza infinita. Todos, el hacha, el martillo y la llama intentaron romperla en dos.
Yo lo conseguiré dijo el hacha. golpeó con su filo la barra una y otra vez pero lo único que consiguió fue perder su afilada punta.
Déjame a mí dijo la sierra, que se ensañó con el hierro hasta que exhausta y sin dientes, se dio por vencida.
Sabía que no lo conseguirías. Yo te enseñaré como hacerlo dijo el martillo a la sierra. Pero el primer golpe perdió la cabeza, sin abollar un poquito la barra de hierro.
¿Lo intento yo ahora? preguntó tímidamente la pequeña llama.
Ólvidalo le respondieron todos, nunca lo conseguirás ¿Que puedes hacer tu insignificante lumbre?
A continuación, la pequeña llama se acercó hasta la barra de hierro, la abrazó y no la soltó hasta derretirla.

La caravana de la libertad

Una larga caravana de camellos avanzaba por el desierto hasta que llegó a un oasis y los hombres decidieron pasar allí la noche. Conductores y camellos estaban cansados y con ganas de dormir, pero cuando llegó el momento de atar a los animales, se dieron cuenta de que faltaba un poste. Todos los camellos estaban debidamente estacados excepto uno. Nadie quería pasar la noche en vela vigilando al animal pero, a la vez, tampoco querían perder el camello.
Después de mucho pensar, uno de los hombres tuvo una buena idea. Fue hasta el camello, cogió las riendas y realizó todos los movimientos como si atara el animal a un poste imaginario. Después, el camello se sentó, convencido de que estaba fuertemente sujeto y todos se fueron a descansar.
A la mañana siguiente, desataron a los camellos y los prepararon para continuar el viaje. Había uno, sin embargo, que no quería ponerse en pie. Los conductores tiraron de el, , pero el animal no quería moverse. Finalmente, uno de los hombres entendió el porqué de la obstinación del camello. Se puso de pie delante del poste de amarre imaginario y realizó todos los movimientos con que normalmente desataba la cuerda para soltar al animal. Inmediatamente después, el camello se puso en pie sin la menor vacilación, creyendo que estaba libre...


Las dos semillas

Dos semillas estaban juntas en el suelo primaveral y fértil.
La primera semilla dijo :
.- ¡ Yo quiero crecer ¡ Quiero hundir mis raíces en la profundidad del suelo que me sostiene y hacer que mis brotes empujen y rompan la capa de tierra que me cubre....Quiero desplegar mis tiernos brotes como estandartes que anuncien la llegada de la primavera.... ¡ Quiero sentir el calor del sol sobre mi rostro y la bendición del rocío de la mañana sobre mis pétalos ¡
Y así creció.
La segunda semilla dijo :
.- Tengo miedo . Si envío mis raíces a que se hundan en el suelo, no sabré con qué puedo tropezar en la oscuridad. Si me abro paso a través del duro suelo puedo dañar mis delicados brotes...Si dejo que mis capullo se abran, quizás un caracol intente comérselos....Si abriera mis flores, tal vez algún chiquillo me arrancara del suelo. No, es mucho mejor esperar hasta un momento seguro.
Y así esperó.
Una gallina que, a comienzos de la primavera, escarbaba el suelo en busca de comida encontró la semilla que esperaba y sin pérdida de tiempo se la comió.

Moraleja : A los que se niegan a arriesgarse y a crecer los devora la vida.

(Patty Hansen)

Las cuatro velas

Había una vez cuatro velas que lentamente se quemaban en una pequeña habitación. El lugar era tan silencioso que hasta se podía escuchar la conversación que mantenían entre ellas.
La primera de las velas dijo: YO SOY LA PAZ, pero lamentablemente las personas no consiguen mantenerme encendida. No sé cuánto tiempo más me mantendré iluminando hasta que me apague – fue terminar de decir eso y dejó de alumbrar.
La segunda dijo: YO ME LLAMO FE, lamentablemente mi llama es muy superflua. Son pocos los que quieren saber de mí, no encuentro sentido para permanecer encendida. Fue terminar de hablar y la suave brisa que corría por la habitación la apagó.
Muy triste la tercera de las velas dijo: YO SOY EL AMOR, no tengo más fuerza para seguir iluminando, nadie me aprecia y todos me hacen a un lado. La gente hasta se olvida de su círculo más cercano e incluso los que han recibido mucho de mí, me dan la espalda. Y sin más se apagó.
De pronto entró en la habitación un niño y al ver las tres velas apagadas dijo: ¿QUE ES ESTO? Por favor. debéis estar encendidas hasta el final – y se echó a llorar.
No tengas miedo – dijo la última de las velas que permanecía intacta – Mientras yo tenga fuego podremos encender a las demás. YO SOY LA ESPERANZA. El niño, con los ojos todavía llorosos, tomó la vela y encendió a las demás

Amor verdadero

Cuentan que hace mucho tiempo, vivía en la zona campesina de Chila una pareja de esposos muy ancianos, en extrema pobreza. No habían tenido hijos y vivían sólo de la caridad de la gente de la aldea.

Cada día, salía él hacia el mercado con la esperanza de conseguir alguna cosa para comer en la noche junto a su amor. Su único tesoro era una vieja pipa de madera que hacía mucho tiempo que no veía el tabaco, pero él se la colgaba en la boca para espantar un poco el hambre del día.


Ella se sentaba a media mañana a la entrada de la choza que habitaban y peinaba mil veces sus largas trenzas, su máximo tesoro y su orgullo. Sin embargo, el pelo blanco y largo hacía mucho que no conocía algún peine, pues el último que había tenido se había destrozado y ya no pudo conseguir otro.
 
Al ponerse el sol, él llegaba con algún paquetito de frutas que alguien le había regalado.Así era cada día.
 
Llegó eldía del aniversario de bodas. Él salió como cada mañana temprano, pensando qué le regalaría a ella. Nada tenía y su día se veía negro. Por su parte, ella se sentó en la puerta de la casita pensando como celebrar si no había con qué.
Sin embargo, al llegar la tarde, él llegó con un pequeño paquete que le dió con un suave beso en la frente -feliz aniversario-.Ella sacó de debajo de la sillita un paquetito que le entregó con una gran sonrisa. Al abrir cada uno su regalo, se miraron y sollozaron en silencio.
 
...Ella había vendido sus trenzas y le había comprado un atadillo de tabaco para su pipa. Él había vendido su pipa y le había comprado a ella un hermoso par de peines para sus trenzas...

domingo, 9 de septiembre de 2012

La Nube y la Duna


Una joven nube nació en medio de una gran tempestad en el mar Mediterráneo. Pero casi no tuvo tiempo de crecer allí, pues un fuerte viento empujó a todas las nubes en dirección a África.No bien llegaron al continente, el clima cambió: un sol generoso brillaba en el cielo y abajo se extendía la arena dorada del desierto del Sáhara. El viento siguió empujándolas en dirección a los bosques del sur, ya que en el desierto casi no llueve.
Entretanto la nuestra decidió desgarrarse de sus padres y de sus más viejos amigos para conocer el mundo.
-¿Qué estás haciendo? -protestó el viento-¡El desierto es todo igual! ¡Regresa a la formación y vámonos hasta el centro de África, donde existen montañas y árboles deslumbrantes!
Pero la joven nube, rebelde por Naturaleza, no obedeció. Poco a poco fue bajando de altitud hasta conseguir planear en una brisa suave, generosa, cerca delas arenas doradas. Después de pasear mucho, se dió cuenta de que una de las dunas le estaba sonriendo.
Vió que ella también era joven, recién formada por el viento que acababa de pasar. Y al momento se enamoró de su cabellera dorada.
-Buenos días -dijo-. ¿Cómo se vive allá abajo?
-Tengo la compañía de las otras dunas, del sol, del viento y de las caravanas que de vez en cuando pasan por aquí. A veces hace mucho calor, pero se puede aguantar. ¿Y cómo se vive allí arriba?
-También existen el viento y el sol, pero la ventaja es que puedo pasear por el cielo y conocer muchas cosas.
-Para mí la vida es corta -dijo la duna-. Cuando el viento vuelva de las selvas, desapareceré.
-¿Y esto te entristece?
-Me da la impresión de que no sirvo para nada.
-Yo también siento lo mismo. En cuanto pase un viento nuevo, iré hacia el sur y me transformaré en lluvia. Mientras tanto, este es mi destino.
La duna vaciló un poco, pero terminó diciendo:
-¿Sabes que aquí en el desierto decimos que la lluvia es el Paraíso?
-No sabía que podía transformarme en algo tan importante -dijo la nube, orgullosa.
-Ya escuché varias leyendas contadas por viejas dunas. Ellas dicen que, después de la lluvia, quedamos cubiertas por hierbas y flores. Pero yo nunca sabré lo que es eso, porque en el desierto es muy dificil que llueva.
Ahora fue la nube la que vaciló. Pero enseguida volvió a abrir su amplia sonrisa:
-Si quieres, puedo cubrirte de lluvia. Aunque acabo de llegar, me he enamorado de ti y me gustaría quedarme aquí para siempre.
-Cuando te ví por primera vez en el cielo también me enamoré -dijo la duna-. Pero si tú transformas tu linda cabellera blanca en lluvia, terminarás muriendo.
-El amor nunca muere -dijo la nube-. Se transforma. Y yo quiero mostrarte el Paraíso.
Y comenzó a acariciar a la duna con pequeñas gotas.
Así permanecieron juntas mucho tiempo hasta que apareció un arco iris.
Al día siguiente, la pequeña duna estaba cubierta de flores. Otras nubes que pasaban en dirección a África pensaban que allí estaba la parte del bosque que estaban buscando y soltaban más lluvia. Veinte años después, la duna se había transformado en un oasis, que refrescaba a los viajeros con la sombra de sus árboles.
Todo porque, un día, una nube enamorada no había tenido miedo de dar su vida por amor.
Paulo Coelho

Los Tres Tesoros

Érase una vez... que había un muchacho que heredó tres tesoros de su padre, cada uno de ellos en un arcón cerrado.

El primer arcón era grande y muy pesado. En él estaba la palabra escrita "TALENTOS", y estaba llena de monedas de oro y plata, una fortuna con la que podía comprar el mundo.


El segundo aun era más grande y pesado. En él estaba grabada la palabra "COMPASIÓN" y estaba lleno de anillos mágicos. Cada anillo permitía a la persona que lo llevaba sentir las emociones de la persona o criatura que deseara.

El tercero era el mayor de los tres y también el más pesado. En él estaba escrita la palabra "HONOR", pero el muchacho desconocía su contenido.

El chico tenía dos llaves, una para el arcón de los TALENTOS y otra para el de la COMPASIÓN. Pero su padre no le había dejado la llave del HONOR. Le había dicho que debía usar los talentos y que la compasión era algo que siempre debía tener a mano y a plena disposición. El honor, le había dicho, es algo que suele desaprovecharse fácilmente. Para poseerlo, el muchacho debía encontrar por sí mismo la llave que abría el arcón.

El chico cogió el gran arcón de los talentos y lo gastó con cuidado. Por cada talento que gastaba recibía de un hombre el título de una parcela de tierra, y acabó poseyendo el mundo entero.

Después cogió el arcón más grande y pesado: el de la compasión. Uno tras otro se colocó todos los anillos en los dedos y pudo comprender las esperanzas y los temores de todas las personas y animales del mundo. Cuando hubo acabado, los amaba a todos y se convirtió en un gran gobernante.

Por último cogió el arcón del honor y buscó una llave para abrirlo. Dondequiera que fuese, ordenaba a sus sirvientes que llevaran todas las llaves que encontraran y que las probaran. Mucha gente lo instó a que rompiera el arcón y viera su contenido, pero el joven rechazó la sugerencia, porque la violencia no podía ser la llave del honor. Durante 10 años dio la vuelta al mundo sin encontrar la llave del honor.

- Alguien la esconde - pensaba -, pero la encontraré.

Volvió a salir de su mundo, llevándose con él el arcón de la compasión. Cuando alguien se acercaba para darle más llaves se ponía un anillo para ver si sus corazones escondían alguna llave especial que le permitiera abrir el arcón. Muchos volvieron a insistir en que rompiera el arcón, pero el hombre, ya mayor, se negó. Volvió a viajar durante 20 años más pero no consiguió encontrar la llave del arcón del honor.

- Poseo el mundo y los corazones de todos sus habitantes - pensaba -¿Cömo puede un hombre sin honor gobernar el mundo y sus corazones?.

Volvió a salir al mundo, llevándose consigo tambien el arcón de los talentos, lleno de heroicidades.

- No he encontrado la llave del honor y no puedo gobernar este mundo ni los corazones de su gente si no tengo honor - dijo a sus servidores, entregando a cada uno de ellos una parcela de tierra y un anillo mágico.

Muchos volvieron a insistir en que rompiera el arcón, pero el anciano se negaba constantemente. En los últimos 40 años había recorrido el mundo tres veces y ya era un hombre muy mayor.Ya sólo le quedaban tres arcones, dos de ellos vacios y uno que no podía abrir.

- En una ocasión el mundo y toda la gente me pertenecieron. Ahora mis talentos han desaparecido, se me ha acabado la compasión y no tengo nada que dejarle a mi hijo, salvo este arcón que no puedo abrir.

Pero cuando tocó el arcón con la mano, éste se abrió y vió que en su interior había dos arcones cerrados. En uno estaba la palabra grabada "TALENTOS", y en el otro "COMPASIÓN", y cada uno tenía su llave puesta.

- Ahora lo entiendo -se dijo-. El honor no es algo que pueda gastarse outilizarse, sino algo que hay que consevar.La clave del honor es conservarlo, siempre, y transmitírselo a tu hijo como herencia. ¡Como me alegro de no haberme cansado nunca de cargar con él y de no haberlo roto para conocer su contenido!.

Con mucho cuidado sacó los arcones de los TALENTOS y de la COMPASIÓNfuera, y al cerrar el del honor, vacio,el arcón volvió a pesar lo mismo que cuando tenía los dos arcones en su interior. Entonces hizo llamar asu hijo.

- "Hijo, yo ya soy muy mayor y me gustaría darte estos tres tesoros..."

sábado, 4 de febrero de 2012

Una partícula de verdad

En compañía de uno de sus acólitos, el diablo vino a dar un largo paseo
por el planeta Tierra. Habiendo tenido noticias de que la Tierra era terreno de
odio y perversidades, corrupción y malevolencia, abandonó durante unos días su
reino para disfrutar de su viaje. Maestro y discípulo iban caminando
tranquilamente cuando, de súbito, este último vio una partícula de verdad.
Alarmado, previno al diablo:
--Señor, allí hay una partícula de verdad,
cuidado no vaya a extenderse.
Y el diablo, sin alterarse en lo más mínimo,
repuso:
--No te preocupes, ya se encargarán de
institucionalizarla.
(Cuento de la India)

Un preso singular

Era un hombre que había sido encarcelado. A través de un ventanuco
enrejado que había en su celda gustaba de mirar al exterior. Todos los días se
asomaba al ventanuco, y, cada vez que veía pasar a alguien al otro lado de las
rejas, estallaba en sonoras e irrefrenables carcajadas. El guardián estaba
realmente sorprendido. Un día ya no pudo por menos que preguntar al preso:
--Oye, hombre, ¿a qué vienen todas esas
risotadas día tras día?
Y el preso contestó:
--¿Cómo que de qué me río? ¡Pero estás ciego!
Me río de todos esos que hay ahí. ¿No ves que están presos detrás de estas
rejas?
(Cuento popular de la India)

Sólo se necesita miedo

Había un rey de corazón puro y muy interesado por la búsqueda espiritual. A
menudo se hacía visitar por yoguis y maestros místicos que pudieran
proporcionarle prescripciones y métodos para su evolución interna. Le llegaron
noticias de un asceta muy sospechoso y entonces decidió hacerlo llamar para
ponerlo a prueba.
El asceta se presentó ante el monarca, y
éste, sin demora, le dijo:
--¡O demuestras que eres un renunciante
auténtico o te haré ahorcar!
El asceta dijo:
--Majestad, os juro y aseguro que tengo
visiones muy extrañas y sobrenaturales. Veo un ave dorada en el cielo y demonios
bajo la tierra.
!Ahora mismo los estoy
viendo! ¡Sí, ahora mismo!
--¿Cómo es posible -inquirió el rey- que a
través de estos espesos muros puedas ver lo que dices en el cielo y bajo
tierra?
Y el asceta repuso:

--Sólo se necesita miedo.
(Cuento popular de la India)

El eremita astuto

Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y
su rostro aparecía surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida.
Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un
lirio. Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido
un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes
psíquicos. Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego.
La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a
uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino. El
ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del
emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y
nueve formas idénticas a la suya. Cuando llegó el emisario de la muerte,
contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar
el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo.
Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo
acontecido.
Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se
quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y
le dio algunas instrucciones de gran precisión. Una sonrisa asomó en el rostro
habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha
hacia donde habitaba el ermitaño. De nuevo, el eremita, con su tercer ojo
altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario. En
unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y
recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya.
El emisario de la muerte se encontró con
cuarenta formas iguales.
Siguiendo las
instrucciones de Yama, exclamó:
--Muy bien, pero que muy bien.
!Qué gran proeza!
Y tras un breve silencio, agregó:
--Pero, indudablemente, hay un pequeño
fallo.
Entonces el eremita, herido en su orgullo, se
apresuró a preguntar:
--¿Cuál?
Y el emisario de la muerte pudo atrapar el
cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la
muerte.
(Cuento clásico de la India)

La caldera y la berza

Un hidalgo recién llegado de América contaba un día a varios de sus vecinos las cosas que había visto en aquella parte del mundo.
Hablaba así:
- Una vez vi una berza tan grande que daba sombra a trescientos hombres a caballo. A lo que contestó uno de los vecinos:
- No me parece tan grande, porque yo no hace mucho vi en un lugar de Vizcaya fabricar una caldera entre doscientos hombres y había tanta distancia de uno a otro que los martillazos que daba uno no los oía el de al lado.
Se maravilló mucho el hidalgo y preguntó:
- ¿Y para qué querían esa caldera?
- ¡Para cocer la berza que acabáis de decir!
(Francisco J. Briz Hidalgo)

El Capellán y el Palomino

Un capellán estaba comiendo en la posada de una aldea un palomino asado
cuando entró un caminante y pidió al posadero que le diese algo de comer. El
posadero le contestó que lo único que le quedaba era un palomino y ya se lo
había preparado al capellán. Entonces el caminante rogó al capellán que
compartiese con él la comida y que la pagarían a medias, pero el capellán se
negó y continuó comiendo. El caminante sólo tomó pan y vino. Cuando el
capellán terminó de comer le dijo: - Habéis de saber, reverendo, que aunque
no hayáis aceptado compartir conmigo la comida, el palomino nos lo hemos comido
entre los dos, vos con el sabor y yo con el olor. Respondió el capellán:
- Si eso es así, tendréis que pagar vuestra parte del palomino.
Comenzaron a discutir y como el sacristán de la aldea estaba en la posada le
pidieron que actuara como juez en la disputa. El sacristán le preguntó al
capellán cuánto le había costado el palomino. Contestó que un real. Mandó al
caminante que sacase medio real y lo dejó caer sobre la mesa haciéndolo sonar y
le dijo al capellán: - Reverendo, con el sonido de esta moneda tened por
pagado el olor del palomino. Dijo entonces uno de los huéspedes de la
posada: - A buen capellán, mejor sacristán.
( Juan de Timoneda (S. XVI)

Juan el afortunado


Juan había servido siete años a su amo, y le dijo:
- Mi amo, he terminado mi tiempo, y quisiera volverme a casa, con mi madre. Pagadme mi soldada.
Respondióle el amo:
- Me has servido fiel y honradamente; el premio estará a la altura del servicio - y le dio un pedazo de oro tan grande como la cabeza de Juan. Sacó éste su pañuelo del bolsillo, envolvió en él el oro y, cargándoselo al hombro, emprendió el camino de su casa. Mientras andaba, vio a un hombre montado a caballo, que avanzaba alegremente a un trote ligero.
- ¡Ay! - exclamó Juan en alta voz -, ¡qué cosa más hermosa es ir a caballo! Va uno como sentado en una silla, no tropieza contra las piedras ni se estropea las botas, y adelanta sin darse cuenta.
Oyólo el jinete y, deteniendo el caballo, le dijo:
- Oye, Juan, ¿por qué vas a pie?
- ¡Qué remedio me queda! - respondió el mozo -. He de llevar este terrón a casa; cierto que es de oro, pero no me deja ir con la cabeza derecha, y me pesa en el hombro.
- ¿Sabes qué? - díjole el caballero -. Vamos a cambiar; yo te doy el caballo, y tú me das tu terrón.
- ¡De mil amores! - exclamó Juan -. Pero tendréis que llevarlo a cuestas, os lo advierto.
Apeóse el jinete, cogió el oro y, ayudando a Juan a montar, púsole las riendas en la mano y le dijo:
- Si quieres que corra, no tienes sino chasquear la lengua y gritar «¡hop, hop!».
Juan no cabía en sí de contento al verse encaramado en su caballo, trotando tan libre y holgadamente. Al cabo de un ratito ocurriósele que podía acelerar la marcha, y se puso a chasquear la lengua y gritar «¡hop, hop!». El caballo empezó a trotar, y antes de que Juan pudiera darse cuenta, había sido despedido de la montura y se encontraba tendido en la zanja que separaba los campos de la carretera. El caballo se habría escapado, de no haberlo detenido un campesino que acertaba a pasar por allí conduciendo una vaca. Juan se incorporó como pudo, se sacudió y, muy mohíno, dijo al labrador:
- Esto del montar tiene bromas muy pesadas, sobre todo con un jamelgo como éste, que te echa por la borda con peligro de romperte la crisma. Por nada del mundo volveré a montarlo. Vuestra vaca sí que es buen animal; uno puede caminar tranquilamente detrás de ella, y, además, te da leche, mantequilla y queso cada día. ¡Qué no daría yo por tener una vaca así!
- Pues bien - respondió el campesino -, si tanto te gusta, estoy dispuesto a cambiártela por el caballo.
Juan aceptó encantado el trato, y el labriego, subiendo a su montura, se alejó a toda prisa.
Entretanto, Juan, guiando su vaca, ponderaba el buen negocio que acababa de realizar: «Si tengo un pedazo de pan, y mucho será que llegue a faltarme, podré siempre acompañarlo de mantequilla y queso; y cuando tenga sed, ordeñaré la vaca y beberé leche. ¿Qué más puedes apetecer, corazón mío?». Hizo alto en la primera hospedería que encontró, y se comió alegremente las provisiones que le quedaban, rociándolas con medio vaso de cerveza, que pagó con los pocos cuartos que llevaba en el bolsillo. Luego prosiguió su ruta, conduciendo la vaca, hacia el pueblo de su madre. Se acercaba el mediodía; el calor hacíase sofocante, y Juan se encontró en un erial que no se podía pasar en menos de una hora. Tan intenso era el bochorno, que de sed se le pegaba la lengua al paladar. «Esto tiene remedio - pensó Juan -; ordeñaré la vaca, y la leche me refrescará».
Atóla al tronco seco de un árbol, y, como no tenía ningún cubo, puso su gorra de cuero para recoger la leche; pero por más que se esforzó no pudo hacer salir ni una gota. Y como lo hacía con tanta torpeza, el animal, impacientándose al fin, pególe en la cabeza una patada tal que lo tiró rodando por el suelo y lo dejó un rato sin sentido. Por fortuna acertó a pasar por allí un carnicero, que transportaba un cerdo joven en un carretón.
- ¡Vaya bromitas! - exclamó, ayudando a Juan a levantarse.
Explicóle éste su percance, y el otro, alargándole su bota, le dijo:
- Bebe un trago para reponerte. Esta vaca seguramente no dará leche, pues es vieja; a lo sumo, servirá para tirar de una carreta o para ir al matadero.
- ¡Ésa sí que es buena! - exclamó Juan, tirándose de los pelos -. ¿Quién iba a pensarlo? Para uno que estuviera en su casa, no vendría mal matar un animal así, con la cantidad de carne que tiene. Pero a mí no me dice gran cosa la carne de vaca; la encuentro insípida. Un buen cerdo como el vuestro es otra cosa. ¡Esto sí que sabe bien, y, además, las salchichas!
- Oye, Juan - dijo el carnicero -; estoy dispuesto, para hacerte un favor, a cambiarte el cerdo por la vaca.
- Dios os premie vuestra bondad - respondió Juan, y, entregándole la vaca, el otro descargó del carretón el cochino, y le puso en la mano la cuerda que lo ataba.
Siguió Juan andando, contentísimo por lo bien que se iban colmando sus deseos; apenas le salía torcida una cosa, en un santiamén le quedaba enderezada. Más adelante se le juntó un muchacho que llevaba bajo el brazo una hermosa oca blanca.
Después de darse los buenos días, Juan se puso a contar al otro la suerte que había tenido y lo afortunado que había estado en sus cambios sucesivos. El chico le dio cuenta, a su vez, de que llevaba la oca para una comida de bautizo.
- Sopésala - prosiguió, sosteniéndola por las alas -; mira lo hermosa que está; la estuvimos cebando durante ocho semanas. Al que coma de este asado le chorreará la grasa por ambos lados de la boca.
- Sí - dijo Juan, sopesando el animal con una mano -, tiene su peso; pero tampoco mi cerdo es grano de anís.
Entretanto, el muchacho, que no cesaba de mirar a todas partes, con aire preocupado, dijo:
- Óyeme, mucho me temo que con tu cerdo las cosas no estén como Dios manda. En el último pueblo por el que he pasado acababan de robar un cerdo del establo del alcalde; y no me extrañaría que fuese el que tú llevas. Han despachado gente en su busca, y mal negocio harías si te atrapasen con él; por contento podrías darte si te saliese una temporada a la sombra.
El buenazo de Juan sintió miedo:
- ¡Dios mío! - exclamó, y, dirigiéndose al muchacho, le dijo -: Sácame de este apuro; tú sabes más que yo de todo esto. Quédate con el cerdo, y dame, en cambio, la oca.
- Mucho es el riesgo que corro - respondió el mozo, pero no puedo permitir que te ocurra una desgracia por mi culpa.
Y, asiendo de la cuerda, alejóse rápidamente con el cerdo, por un estrecho camino, mientras Juan, libre ya de angustia, seguía hacia su pueblo con la oca debajo del brazo. «Si bien lo pienso - iba diciéndose -, salgo ganando en el cambio. En primer lugar, el rico asado; luego, con la cantidad de grasa que saldrá, tendremos manteca para tres meses; y, finalmente, con esta hermosa pluma blanca me haré rellenar una almohada, en la que dormiré como un príncipe. ¡No se pondrá poco contenta mi madre!».
Al pasar por el último pueblo topóse con un afilador que iba con su torno y, haciendo rechinar la rueda, cantaba:
«Afilo tijeras con gran ligereza;
donde sopla el viento, allá voy sin pereza».
Quedóse Juan parado contemplándolo; al cabo, se le acercó y le dijo:
- Os deben de ir muy bien las cosas, pues estáis muy contento mientras le dais a la rueda.
- Sí - respondióle el afilador -, este oficio tiene un fondo de oro. Un buen afilador, siempre que se mete la mano en el bolsillo la saca con dinero. Pero, ¿dónde has comprado esa hermosa oca?
- No la compré, sino que la cambié por un cerdo.
- ¿Y el cerdo?
- Di una vaca por él.
- ¿Y la vaca?
- Me la dieron a cambio de un caballo.
- ¿Y el caballo?
- ¡Oh!, el caballo lo compré por un trozo de oro tan grande como mi cabeza.
- ¿Y el oro?
- Pues era mi salario de siete años.
- Pues ya te digo yo que has sabido salir ganando con cada cambio - dijo el afilador -. Ya sólo te falta hallar la manera de que cada día, al levantarte, oigas sonar el dinero en el bolsillo, y tu fortuna será completa.
- ¿Y cómo se logra eso? - preguntó Juan.
- Pues haciéndote afilador, como yo; para lo cual, en realidad, no se necesita más que tener un mollejón; lo otro viene por sí mismo. Yo tengo uno que, a la verdad, está algo averiado, pero, vaya, me avendría a cedértelo a cambio de la oca. ¿Qué dices a esto?
- ¿Y me lo preguntáis? - respondió Juan -. Haríais de mí el hombre más feliz de la tierra. Teniendo dinero cada vez que meta la mano en el bolsillo, ¿de qué habré de preocuparme ya? - y, tendiéndole la oca, se quedó con el mollejón. El afilador, cogiendo del suelo un guijarro muy pesado, le dijo:
- Además, te doy esta buena piedra; podrás golpear sobre ella para enderezar los clavos viejos y torcidos. Llévatela y guárdala cuidadosamente.
Cargó Juan con la piedra, y reemprendió su camino con el corazón rebosante de alegría: «¡bien se ve que he nacido con buena estrella! - exclamó -, pues veo colmados todos mis deseos, como si tuviese el don de la adivinación». Entretanto, empezó a sentirse fatigado, pues venía andando desde la madrugada; además, lo acuciaba el hambre, ya que en su momento de optimismo, cuando el negocio de la vaca, había liquidado todas sus provisiones. Finalmente, ya no pudo avanzar sino con enorme esfuerzo, deteniéndose a cada momento; sin contar que las piedras le pesaban lo suyo. No podía alejar de sí el pensamiento de lo agradable que habría sido para él no tener que llevarlas.
Avanzando como un caracol, arrastróse hasta una fuente, con la idea de descansar junto a ella y beber un buen trago de agua fresca. Para no estropear las piedras al sentarse, las puso cuidadosamente sobre el borde; luego, al agacharse para beber, hizo un falso movimiento y, ¡plum!, las dos piedras se cayeron al fondo. Juan, al ver que se hundían en el agua, pegó un brinco de alegría y, arrodillándose, dio gracias a Dios, con lágrimas en los ojos, por haberle concedido aquella última gracia, y haberlo librado de un modo tan sencillo, sin remordimiento para él, de las dos pesadísimas piedras que tanto le estorbaban.
- ¡En el mundo entero no hay un hombre más afortunado que yo! - exclamó entusiasmado. Y con el corazón ligero, y libre de toda carga, reemprendió la ruta, no parando ya hasta llegar a casa de su madre.

(Hermanos Grimm)

El hombre que tenía mala suerte


Érase una vez un hombre que siempre tenía mala suerte. Los años iban pasando y aunque se esforzaba mucho, todo era en vano, seguía teniendo mala suerte. Después de darle muchas vueltas, llegó a la conclusión de que necesitaba ayuda. ¿Y…, quién era más indicado para prestársela que Dios?

Así que el hombre decidió ir a ver a Dios para pedirle que le cambiara su mala suerte. A la mañana siguiente se puso en marcha. Caminó durante mucho tiempo, hasta que al cabo de algunos días llegó a la selva y abriéndose paso entre la maleza, escuchó de repente una voz estridente:

- “¡Oooooooh….oooooooohh!”

Asombrado buscó el origen de esa voz pensando que a lo mejor alguien podía estar necesitando su ayuda. Encontró un lobo raquítico, se le podían contar las costillas y el pelo se le caía a mechones.

- ¿Qué te pasa lobo?, le preguntó.

- Estoy mal, de un tiempo a esta parte todo me va mal. No tienes más que observar mi aspecto…, contestó el lobo.

- No hace falta que me cuentes nada más, yo también tengo mala suerte. Por eso voy a ver a Dios, a pedirle que me cambie la suerte.

- Por favor, pídele también un consejo para mí, le rogó el lobo

El Hombre le dijo al lobo que así lo haría y siguió su camino hasta llegar a un árbol en cuya sombra pensó en descansar. Se recostó y en cuanto cerró los ojos oyó una voz:

- ¡Oooooooohh! ¡Ooooooooohh!

Aunque el hombre abrió los ojos pero no pudo ver a nadie a su alrededor. Al cabo de un rato volvió a escuchar el quejido y así sucedió una y otra vez, hasta que por fin se le ocurrió preguntar al árbol si era él.

- Sí, yo soy. Contestó el árbol. Últimamente todo me va mal, mira mis ramas torcidas y mis hojas marchitas

- ¡No sigas! Ya sé de qué me estás hablando. Yo también tengo mala suerte, por eso voy a pedirle a Dios que me la cambie.

- Por favor, pídele también un consejo para mí. Le pidió el árbol.

Y prometiéndole al árbol que así lo haría siguió su camino durante días hasta llegar a un precioso valle, en donde descubrió una casa muy acogedora. Al acercarse vio que delante de la casa estaba una mujer muy hermosa que parecía esperarle.

- Ven, viajero, ven a descansar. Le insistió la mujer.

Con el cansancio acumulado de tantos días de viaje, el hombre aceptó de buen grado. Pasaron una velada muy especial, disfrutó de una buena comida y de una agradable charla en la que la mujer le contó lo triste y sola que se sentía. Cuando el la contó el motivo de su viaje, ésta también le pidió que un consejo para ella.

A la mañana siguiente el hombre emprendió de nuevo su viaje, caminó días hasta que llegó al Fin del Mundo. Se asomó, miró hacia abajo, a la derecha, a la izquierda y hacia arriba, pero no pudo ver nada que no fueran estrellas. De repente se formó una nube enfrente de él que fue tomando la forma de la cara de un hombre.

- ¿Eres Dios?, preguntó tímidamente

- Sí, yo soy, le contestó una voz procedente de la nube.

- Las cosas me van mal y he venido para pedirte que cambies mi suerte, siguió el hombre.

De acuerdo, te daré la clave que te cambiará la suerte, tienes que estar muy atento y buscar tu buena suerte

El hombre entusiasmado por haber recibido la clave de su suerte emprendió rápidamente el camino de vuelta a casa, quería llegar cuanto antes y comprobar que su suerte había cambiado. Al pasar por delante de la casa del valle, la mujer le preguntó cual era el consejo para ella, a lo que él contestó:

- Me dijo que lo que te faltaba era un hombre, un compañero que compartiera la vida contigo aquí en este valle.

La mujer se emocionó pensando que ahí mismo tenia a su hombre, pero este salió corriendo y gritando: he visto a Dios y me ha prometido que me va a cambiar la suerte, sólo me pidió que estuviera atento, ahora tengo que irme, he de buscarla.

Siguió corriendo hasta llegar a donde estaba el árbol quien también le preguntó por su consejo y así le explicó que debajo de tus raíces había un enorme tesoro que le impedía crecer.

El árbol le pidió que sacase el tesoro de sus raíces y que por supuesto se lo podría llevar. Pero el hombre disculpándose empezó a correr, tenía prisa por llegar a casa y ver si habría cambiado su suerte realmente.

Finalmente se encontró de nuevo con el lobo y le explicó todo lo que había pasado hasta entonces. Cuando acabó su relato e l lobo le preguntó:

- ¿Y para mí…., para mí no te dio un consejo?

¡Ah, si!, me dijo que para ponerte de nuevo fuerte sólo tenías que hacer una cosa, comerte a la criatura más estúpida de la tierra, entonces te irá todo bien.

Así el lobo hizo un gran esfuerzo por levantarse, se abalanzó sobre el hombre y lo devoró.

(Maru Canales)

jueves, 2 de febrero de 2012

El oro y las ratas


Había una vez un rico mercader que, a punto de hacer un largo viaje, tomó sus precauciones.

Antes de partir quiso asegurarse de que su fortuna en lingotes de oro estaría a buen recaudo y se la confió a quien creía un buen amigo.

Pasó el tiempo, el viajero volvió y lo primero que hizo fue ir a recuperar su fortuna. Pero le esperaba una gran sorpresa.

-¡Malas noticias! -anunció el amigo-. Guardé tus lingotes en un cofre bajo siete llaves sin saber que en mi casa había ratas. ¿Te imaginas lo que pasó?

-No lo imagino -repuso el mercader. -Las ratas agujerearon el cofre y se comieron el oro. ¡Esos animales son capaces de devorarlo todo!

-¡Qué desgracia! -se lamentó el mercader-. Estoy completamente arruinado, pero no te sientas culpable, ¡todo ha sido por causa de esa plaga!

Sin demostrar sospecha alguna, antes de marcharse invitó al amigo a comer en su casa al día siguiente.

Pero, después de despedirse, visitó el establo y, sin que lo vieran, se llevó el mejor caballo que encontró. Cuando llegó a su casa ocultó al animal en los fondos.

Al día siguiente, el convidado llegó con cara de disgusto.

-Perdona mi mal humor -dijo-, pero acabo de sufrir una gran pérdida: desapareció el mejor de mis caballos.

-Lo busqué por el campo y el bosque pero se lo ha tragado la tierra. -¿Es posible? -dijo el mercader simulando inocencia-. ¿No se lo habrá llevado la lechuza?

-¿Qué dices? -Casualmente anoche, a la luz de la luna, vi volar una lechuza llevando entre sus patas un hermoso caballo. -¡Qué tontería! -se enojó el otro. ¡Dónde se ha visto, un ave que no pesa nada, alzarse con una bestia de cientos de kilos!

-Todo es posible -señaló el mercader-. En un pueblo donde las ratas comen oro, ¿por qué te asombra que las lechuzas roben caballos?

El mal amigo, rojo de vergüenza, confesó que había mentido. El oro volvió a su dueño y el caballo a su establo. Hubo disculpas y perdón.

Y hubo un tramposo que supo lo que es caer en su propia trampa.

(Cuento popular indio)

La casa encantada


Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó.

Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano. Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a una fiesta de fin de semana. De pronto, tiró de la manga del conductor y le pidió que detuviera el auto. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.

-Espéreme un momento -suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente.

Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamada.

-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?

-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Un fantasma, hija mía, frecuenta esta casa!

-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?

-Usted -dijo el anciano, y cerró suavemente la puerta.