sábado, 1 de mayo de 2010

Dejando a un lado el ego


Cuentan que un hombre llegó a la conclusión de que vivía muy condicionado tanto por los halagos y aceptación de los demás, como por sus críticas o rechazo. Dispuesto a afrontar la situación, visitó a un sabio. Éste, oída la situación, le dijo:
- Vas a hacer, sin formular preguntas, exactamente lo que te ordene. Ahora mismo irás al cementerio y pasarás varias horas vertiendo halagos a los muertos; después vuelve.
El hombre obedeció y marchó al cementerio, donde llevó a cabo lo ordenado. Cuando regresó,
el sabio le preguntó:
- ¿Qué te han contestado los muertos?
- Nada, señor; ¿cómo van a responder si están muertos?
- Pues ahora regresarás al cementerio de nuevo e insultarás gravemente a los muertos durante horas.
Cumplida la orden, volvió ante el sabio, que lo interrogó:
- ¿Qué te han contestado los muertos ahora?
- Tampoco han contestado en esta ocasión; ¿cómo podrían hacerlo?, ¡están muertos!
- Como esos muertos has de ser tú. Si no hay nadie que reciba los halagos o los insultos, ¿cómo podrían éstos afectarte?

(Cuento oriental)

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