jueves, 15 de diciembre de 2016

Los seis cisnes

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Hallándose un rey de cacería en un gran bosque, salió en persecución de una pieza con tal ardor, que ninguno de sus acompañantes pudo seguirlo. Al anochecer detuvo su caballo y dirigiendo una mirada a su alrededor, se dio cuenta de que se había extraviado y, aunque trató de buscar una salida no logró encontrar ninguna. Vio entonces a una vieja, que se le acercaba cabeceando. Era una bruja.
- Buena mujer -le dijo el rey-, ¿no podrías indicarme un camino para salir del bosque?.
- Oh, si, Señor rey -respondió la vieja-. Si puedo, pero con una condición. Si no la aceptáis, jamás saldréis de esta selva. Y moriréis de hambre.
- ¿Y qué condición es esa? -preguntó el rey.
- Tengo una hija -declaró la vieja-, hermosa como no encontraríais otra igual en el mundo entero, y muy digna de ser vuestra esposa. Si os comprometéis a hacerla reina, os mostraré el camino para salir del bosque. El rey, aunque angustiado en su corazón aceptó el trato, y la vieja lo condujo a su casita, donde su hija estaba sentada junto al fuego.
Recibió al rey como si lo hubiese estado esperando, y aunque el soberano pudo comprobar que era realmente muy hermosa, no le gustó, y no podía mirarla sin un secreto terror. Cuando la doncella hubo montado en la grupa del caballo, la vieja indicó el camino al rey, y la pareja llegó, sin contratiempo, al palacio, donde poco después se celebró la boda.
El rey estuvo ya casado una vez, y de su primera esposa le habían quedado siete hijos: seis varones y una niña, a los que amaba más que todo en el mundo. Temiendo que la madrastra los tratara mal o llegara tal vez a causarles algún daño, los llevó a un castillo solitario, que se alzaba en medio de un bosque. Tan oculto estaba y tan difícil era el camino que conducía allá, que ni él mismo habría sido capaz de seguirlo a no ser por un ovillo maravilloso que un hada le había regalado. Cuando lo arrojaba delante de sí, se desenrollaba él solo y le mostraba el camino.
Pero el rey solía con tanta frecuencia visitar a sus hijos, que, al cabo, aquellas ausencias chocaron a la reina, la cual sintió curiosidad por saber qué iba a hacer solo al bosque. Sobornó a los criados, y éstos le revelaron el secreto, descubriéndole también lo referente al ovillo, único capaz de indicar el camino.
Desde entonces la mujer no tuvo un momento de reposo hasta que hubo averiguado el lugar donde su marido guardaba la milagrosa madeja. Luego confeccionó unas camisetas de seda blanca y, poniendo en práctica las artes de brujería aprendidas de su madre, hechizó las ropas. Un día en que el rey salió de caza, cogió ella las camisetas y se dirigió al bosque. El ovillo le señaló el camino. Los niños, al ver desde lejos que alguien se acercaba, pensando que sería su padre, corrieron a recibirlo, llenos de gozo. Entonces ella les echó a cada uno una de las camisetas y, al tocar sus cuerpos, los transformó en cisnes, que huyeron volando por encima del bosque. Ya satisfecha regresó a casa creyéndose libre de sus hijastros.
Pero resultó que la niña no había salido con sus hermanos, y la reina ignoraba su existencia. Al día siguiente, el rey fue a visitar a sus hijos y sólo encontró a la niña.- ¿Dónde están tus hermanos? -le preguntó el rey.
- ¡Ay, padre mío! -respondió la pequeña-. Se marcharon y me dejaron sola - y le contó lo que viera desde la ventana: cómo los hermanitos transformados en cisnes, habían salido volando por encima de los árboles; y le mostró las plumas que habían dejado caer y ella había recogido.
Se entristeció el rey, sin pensar que la reina fuese la artista de aquella maldad. Temiendo que también le fuese robada la niña, quiso llevársela consigo. Mas la pequeña tenía miedo a su madrastra, y rogó al padre le permitiera pasar aquella noche en el castillo solitario.
Pensaba la pobre muchachita: "No puedo ya quedarme aquí; debo salir en busca de mis hermanos." Y, al llegar la noche, huyó a través del bosque. Anduvo toda la noche y todo el día siguiente sin descansar, hasta que la rindió la fatiga.
Viendo una cabaña solitaria, entró en ella y halló un aposento con seis diminutas camas; pero no se atrevió a meterse en ninguna, sino que se deslizó debajo de una de ellas, dispuesta a pasar la noche sobre el duro suelo.
Mas a la puesta del sol oyó un rumor y, al mismo tiempo, vio seis cisnes que entraban por la ventana. Se posaron en el suelo y se soplaron mutuamente las plumas, y éstas les cayeron, y su piel de cisne quedo alisada como una camisa. Entonces reconoció la niña a sus hermanitos y, contentísima, salió a rastras de debajo de la cama. No se alegraron menos ellos al ver a su hermana; pero el gozo fue efímero.
- No puedes quedarte aquí -le dijeron-, pues esto es una guarida de bandidos. Si te encuentran cuando lleguen, te matarán.
- ¿Y no podríais protegerme? -preguntó la niña.
- No -replicaron ellos-, pues sólo nos está permitido despojarnos, cada noche, que nuestro plumaje de cisne durante un cuarto de hora, tiempo durante el cual podemos vivir en nuestra figura humana, pero luego volvemos a transformarnos en cisnes.
Preguntó la hermanita, llorando:
- ¿Y no hay modo de desencantaros?
- No -dijeron ellos-, las condiciones son demasiado terribles. Deberías permanecer durante seis años sin hablar ni reír, y en este tiempo tendrías que confeccionarnos seis camisas de velloritas. Una sola palabra que saliera de tu boca, lo echaría todo a rodar.
Y cuando los hermanos hubieron dicho esto, transcurrido ya el cuarto de hora, volvieron a remontar el vuelo, saliendo por la ventana.
Pero la muchacha había adoptado la firme resolución de redimir a sus hermanos, aunque le costase la vida. Salió de la cabaña y se fue al bosque, donde pasó la noche, oculta entre el ramaje de un árbol. A la mañana siguiente empezó a recoger velloritas para hacer las camisas. No podía hablar con nadie, y, en cuanto a reír, bien pocos motivos tenía.
Llevaba ya mucho tiempo en aquella situación, cuando el rey de aquel país, yendo de cacería por el bosque, pasó cerca del árbol que servía de morada a la muchacha. Unos monteros la vieron y la llamaron:.
- ¿Quién eres? -pero ella no respondió.
- Baja -insistieron los hombres-. No te haremos ningún daño -. Más la doncella se limitó a sacudir la cabeza. Los cazadores siguieron acosándola a preguntas, y ella les echó la cadena de oro que llevaba al cuello, creyendo que así se darían por satisfechos. Pero como los hombres insistieran, les echó el cinturón y luego las ligas y, poco a poco, todas las prendas de que pudo desprenderse, quedando, al fin, sólo con la camiseta. Más los tercos cazadores treparon a la copa del árbol y, bajando a la muchacha, la condujeron ante el rey, el cual le pregunto:
- ¿Quién eres? ¿Qué haces en el árbol? -pero ella no respondió. El rey insistió, formulando de nuevo las mismas preguntas en todas las lenguas que conocía. Pero en vano; ella permaneció siempre muda. No obstante, viéndola tan hermosa, el rey se sintió enternecido, y en su alma nació un gran amor por la muchacha. La envolvió en su manto y, subiéndola a su caballo, la llevó a palacio. Una vez allí mandó vestirla con ricas prendas, viéndose entonces la doncella más hermosa que la luz del día. Más no hubo modo de arrancarle una sola palabra. La sentó a su lado en la mesa y su modestia y recato le gustaron tanto, que dijo:
- La quiero por esposa, y no querré a ninguna otra del mundo.
Y al cabo de algunos días se celebró la boda.
Pero la madre del rey era una mujer malvada, a quien disgustó aquel casamiento, y no cesaba de hablar mal de su nuera.
- ¡Quién sabe de dónde ha salido esta chica que no habla! -Murmuraba-. Es indigna de un rey.
Transcurrido algo más de un año, cuando la Reina tuvo su primer hijo, la vieja se lo quitó mientras dormía, y manchó de sangre la boca de la madre. Luego se dirigió al rey y la acusó de haber devorado al niño. El rey se negó a darle crédito, y mandó que nadie molestara a su esposa. Ella, empero, seguía ocupada constantemente en la confección de las camisas, sin atender otra cosa. Y con el próximo hijo que tuvo, la suegra repitió la maldad, sin que tampoco el Rey prestara oídos a sus palabras. Dijo:
- Es demasiado piadosa y buena, para ser capaz de actos semejantes. Si no fuese muda y pudiese defenderse, su inocencia quedaría bien patente.
Pero cuando, por tercera vez, la vieja robó al niño recién nacido y volvió a acusar a la madre sin que ésta pronunciase una palabra en su defensa, el rey no tuvo más remedio que entregarla un tribunal, y la infeliz reina fue condenada a morir en la hoguera.
El día señalado para la ejecución de la sentencia resultó ser el que marcaba el término de los seis años durante los cuales le había estado prohibido hablar y reír. Así había liberado a sus queridos hermanos del hechizo que pesaba sobre ellos. Además, había terminado las seis camisas, y sólo a la última le faltaba la manga izquierda. Cuando fue conducida la hoguera, se puso las camisas sobre el brazo y cuando, ya atada al poste del tormento, dirigió una mirada a su alrededor, vio seis cisnes, que se acercaban en raudo vuelo. Comprendiendo que se aproximaba el momento de su liberación, sintió una gran alegría.
Los cisnes llegaron a la pira y se posaron en ella, a fin de que su hermana les echara las camisas; y no bien éstas hubieron tocado sus cuerpos, se les cayó el plumaje de ave y surgieron los seis hermanos en su figura natural, sanos y hermosos. Sólo al menor le faltaba el brazo izquierdo, sustituido por un ala de cisne. Se abrazaron y se besaron, y la reina, dirigiéndose al rey, que asistía, consternado, a la escena, rompiendo, por fin, a hablar, le dijo:
- Esposo mío amadísimo, ahora ya puedo hablar y declarar que he sido calumniada y acusada falsamente -y relató los engaños de que había sido víctima por la maldad de la vieja, que le había robado los tres niños, ocultándolos..
Los niños fueron recuperados, con gran alegría del rey, y la perversa suegra, en castigo, hubo de subir a la hoguera y morir abrasada. El rey y la reina, con sus seis hermanos, vivieron largos años en paz y felicidad.
 
(Hermanos Grimm)

El hueso cantor

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Había una vez gran alarma en un país por causa de un jabalí que asolaba los campos, destruía el ganado y despanzurraba a las personas a colmillazos. El Rey prometió una gran recompensa a quien librase al país de aquel azote; pero la fiera era tan corpulenta y forzuda, que nadie se atrevía a acercarse al bosque donde tenía su morada. Finalmente, el Rey hizo salir a un pregonero diciendo que otorgaría por esposa a su única hija a aquel que capturase o diese muerte a la alimaña.

Vivían a la sazón dos hermanos en aquel reino, hijos de un hombre pobre, que se ofrecieron a intentar la empresa. El mayor, astuto y listo, lo hizo por soberbia; el menor, que era ingenuo y tonto, movido por su buen corazón. Dijo el Rey: "Para estar seguros de encontrar el animal, entraréis en el bosque por los extremos opuestos."
 
El mayor entró por el lado de Poniente, y el menor, por el de Levante. Al poco rato de avanzar éste, se le acercó un hombrecillo que llevaba en la mano un pequeño venablo, y le dijo:
 
- "Te doy este venablo porque tu corazón es inocente y bondadoso. Con él puedes enfrentarte sin temor con el salvaje jabalí; no te hará daño alguno."
 
El mozo dio las gracias al hombrecillo y, echándose el arma al hombro, siguió su camino sin miedo. Poco después avistó a la fiera, que corría furiosa contra él; pero el joven le presentó la jabalina, y el animal, en su rabia loca, embistió ciegamente y se atravesó el corazón con el arma. El muchacho se cargó la fiera a la espalda y se volvió para presentarla al Rey.

Al salir del bosque por el lado opuesto, se detuvo en la entrada de una casa, donde había mucha gente que se divertía bailando y empinando el codo. Allí estaba también su hermano mayor; había pensado que el jabalí no iba a escapársele, y que primero podría tomarse unos traguitos. Al ver a su hermano menor que salía del bosque con el jabalí a cuestas, su envidioso y perverso corazón no le dejó ya un instante en reposo.
 
- "Ven, hermano," le dijo, llamándolo," descansarás un poco y te reanimarás con un vaso de vino".
 
El pequeño, que no pensaba mal, entró y le contó su encuentro con el hombrecillo que le había dado la jabalina para matar el jabalí.

El mayor lo retuvo hasta el anochecer, y entonces partieron los dos juntos. Al llegar, ya oscurecido, a un puente que cruzaba el río, el mayor hizo que el otro pasara delante, y cuando estuvo en la mitad, le asestó a traición un fuerte golpe y lo mató. Lo enterró  bajo el puente y, cargando con el jabalí, lo llevó al Rey, afirmando que lo había cazado y muerto, hazaña por la cual obtuvo la mano de la princesa. Al extrañarse la gente de que no regresara el hermano, dijo:
 
-"Seguramente que el animal lo habrá despedazado," y todo el mundo lo creyó así.

Pero como a Dios nada le queda oculto, también aquella negra fechoría hubo de salir a la luz. Unos años más tarde, un pastor que conducía su rebaño por el puente vio abajo, entre la arena, un huesecillo blanco como la nieve, y pensó que con él podría fabricarse una boquilla para su cuerno. Así lo hizo, y al probar el instrumento con la nueva pieza, el huesecillo se puso a cantar, con gran asombro del pastor:
"Ay, amable pastorcillo
que tocas con mi huesecillo.
Mi hermano me ha matado
y bajo este puente enterrado.
El jabalí se llevaba
y la princesa me robaba."
"¡Vaya un cuerno prodigioso, que canta solo!" se dijo el pastor. "Voy a llevarlo al Señor Rey."
 
No bien hubo llegado a presencia del Rey, el cuerno volvió a entonar su canción. El Rey, comprendiendo el sentido, mandó excavar la tierra debajo del puente y apareció el esqueleto entero del asesinado. El mal hermano no pudo negar el hecho. Lo cosieron en un saco y lo echaron al río para que muriera ahogado.
 
Los huesos del muerto fueron depositados en el cementerio, en una hermosa sepultura, y allí reposan en santa paz.
 
(Hermanos Grimm)

La paja, la brasa y la alubia

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Vivía en un pueblo una anciana que, habiendo recogido un plato de alubias, se disponía a cocerlas. Preparó fuego en el hogar y, para que ardiera más deprisa, lo encendió con un puñado de paja. Al echar las alubias en el puchero, se le cayó una sin que ella lo advirtiera, y fue a parar al suelo, junto a una brizna de paja.
A poco, una ascua saltó del hogar y cayó al lado de otras dos. Abrió entonces la conversación la paja: "Amigos, ¿de dónde venís?"
Y respondió la brasa: "¡Suerte que he tenido de poder saltar del fuego! A no ser por mi arrojo, aquí se acababan mis días. Me habría consumido hasta convertirme en ceniza."
Dijo la alubia: "También yo he salvado el pellejo; porque si la vieja consigue echarme en la olla, a estas horas estaría ya cocida y convertida en puré sin remisión, como mis compañeras."
- "No habría salido mejor librada yo," terció la paja. "Todas mis hermanas han sido arrojadas al fuego por la vieja, y ahora ya no son más que humo. Sesenta cogió de una vez para quitarnos la vida. Por fortuna, yo pude deslizarme entre sus dedos."
- "¿Y qué vamos a hacer ahora?" preguntó el carbón.
"Yo soy de parecer," propuso la alubia, "que puesto que tuvimos la buena fortuna de escapar de la muerte, sigamos reunidos los tres en amistosa compañía, y, para evitar que nos ocurra aquí algún otro percance, nos marchemos juntos a otras tierras."
La proposición gustó a las otras dos, y todos se pusieron en camino. Al cabo de poco llegaron a la orilla de un arroyuelo, y, como no había puente ni pasarela, no sabían como cruzarlo. Pero a la paja se le ocurrió una idea: "Yo me echaré de través, y haré de puente para que paséis vosotras."
Se tendió la paja de orilla a orilla, y el ascua, que por naturaleza era fogosa, se apresuró a aventurarse por la nueva pasarela. Pero cuando estuvo en la mitad, oyendo el murmullo del agua bajo sus pies, sintió miedo y se paró, sin atreverse a dar un paso más.
La paja comenzó a arder, y, partiéndose en dos, cayó al arroyo, arrastrando al ascua, que, con un chirrido, expiró al tocar el agua. La alubia, que, prudente, se había quedado en la orilla, no pudo contener la risa ante la escena, y tales fueron sus carcajadas, que reventó.
También ella habría acabado allí su existencia; pero quiso la suerte que, un sastre que iba de viaje, se detuviese a descansar a la margen del riachuelo. Como era hombre de corazón compasivo, sacó hilo y aguja y le cosió el desgarrón.
La alubia le dio las gracias del modo más efusivo; pero como el sastre había usado hilo negro, desde aquel día todas las alubias tienen una costura negra.

(Hermanos Grimm)

miércoles, 14 de diciembre de 2016

La Doncella sin manos

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A un molinero le iban mal las cosas, y cada día era más pobre; al fin, ya no le quedaban sino el molino y un gran manzano que había detrás. Un día se marchó al bosque a buscar leña, y he aquí que le salió al encuentro un hombre ya viejo, a quien jamás había visto, y le dijo:
- ¿Por qué fatigarse partiendo leña? Yo te haré rico sólo con que me prometas lo que está detrás del molino.
"¿Qué otra cosa puede ser sino el manzano?," pensó el molinero, y aceptó la condición del desconocido. Éste le respondió con una risa burlona:
- Dentro de tres años volveré a buscar lo que es mío -y se marchó.
Al llegar el molinero a su casa, salió a recibirlo su mujer.
- Dime, ¿cómo es que tan de pronto nos hemos vuelto ricos? En un abrir y cerrar de ojos se han llenado todas las arcas y cajones, no sé cómo y sin que haya entrado nadie.
Respondió el molinero:
- He encontrado a un desconocido en el bosque, y me ha prometido grandes tesoros. En cambio, yo le he prometido lo que hay detrás del molino. ¡El manzano bien vale todo eso!
- ¿Qué has hecho, marido? -exclamó la mujer horrorizada-. Era el diablo, y no se refería al manzano, sino a nuestra hija, que estaba detrás del molino barriendo la era.
La hija del molinero era una muchacha muy linda y piadosa; durante aquellos tres años siguió viviendo en el temor de Dios y libre de pecado. Transcurrido que hubo el plazo y llegado el día en que el maligno debía llevársela, se lavó con todo cuidado, y trazó con tiza un círculo a su alrededor. Se presentó el diablo de madrugada, pero no pudo acercársele y dijo muy colérico al molinero:
- Quita toda el agua, para que no pueda lavarse, pues de otro modo no tengo poder sobre ella.
El molinero, asustado, hizo lo que se le mandaba. A la mañana siguiente volvió el diablo, pero la muchacha había estado llorando con las manos en los ojos, por lo que estaban limpísimas. Así tampoco pudo acercársele el demonio, que dijo furioso al molinero:
- Córtale las manos, pues de otro modo no puedo llevármela.
- ¡Cómo puedo cortar las manos a mi propia hija! -contestó el hombre horrorizado. Pero el otro le dijo con tono amenazador:
- Si no lo haces, eres mío, y te llevaré a ti.
El padre, espantado, prometió obedecer y dijo a su hija: - Hija mía, si no te corto las dos manos, se me llevará el demonio, así se lo he prometido en mi desesperación. Ayúdame en mi desgracia, y perdóname el mal que te hago.
- Padre mío -respondió ella-, haced conmigo lo que os plazca; soy vuestra hija.
Y, tendiendo las manos, se las dejó cortar. Vino el diablo por tercera vez, pero la doncella había estado llorando tantas horas con los muñones apretados contra los ojos, que los tenía limpísimos. Entonces el diablo tuvo que renunciar; había perdido todos sus derechos sobre ella.
Dijo el molinero a la muchacha:
- Por tu causa he recibido grandes beneficios; mientras viva, todos mis cuidados serán para ti.
Pero ella le respondió:
- No puedo seguir aquí; voy a marcharme. Personas compasivas habrá que me den lo que necesite.
Se hizo atar a la espalda los brazos amputados, y, al salir el sol, se puso en camino. Anduvo todo el día, hasta que cerró la noche. Llegó entonces frente al jardín del Rey, y, a la luz de la luna, vio que sus árboles estaban llenos de hermosísimos frutos; pero no podía alcanzarlos, pues el jardín estaba rodeado de agua. Como no había cesado de caminar en todo el día, sin comer ni un solo bocado, sufría mucho de hambre y pensó: "¡Ojalá pudiera entrar a comer algunos de esos frutos! Si no, me moriré de hambre."
Se arrodilló e invocó a Dios, y he aquí que de pronto apareció un ángel. Éste cerró una esclusa, de manera que el foso quedó seco, y ella pudo cruzarlo a pie enjuto. Entró entonces la muchacha en el jardín, y el ángel con ella. Vio un peral cargado de hermosas peras, todas las cuales estaban contadas. Se acercó y comió una, cogiéndola del árbol directamente con la boca, para acallar el hambre, pero no más. El jardinero la estuvo observando; pero como el ángel seguía a su lado, no se atrevió a intervenir, pensando que la muchacha era un espíritu; y así se quedó callado, sin llamar ni dirigirle la palabra. Cuando se comió la pera, la muchacha, sintiendo el hambre satisfecha, fue a ocultarse entre la maleza.
El Rey, a quien pertenecía el jardín, se presentó a la mañana siguiente, y, al contar las peras y notar que faltaba una, preguntó al jardinero qué se había hecho de ella. Y respondió el jardinero:
- Anoche entró un espíritu, que no tenía manos, y se comió una directamente con la boca.
- ¿Y cómo pudo el espíritu atravesar el agua? -dijo el Rey-. ¿Y adónde fue, después de comerse la pera?
- Bajó del cielo una figura, con un vestido blanco como la nieve, que cerró la esclusa y detuvo el agua, para que el espíritu pudiese cruzar el foso. Y como no podía ser sino un ángel, no me atreví a llamar ni a preguntar nada. Después de comerse la pera, el espíritu se retiró.
- Si las cosas han ocurrido como dices -declaró el Rey-, esta noche velaré contigo.
Cuando ya oscurecía, el Rey se dirigió al jardín, acompañado de un sacerdote, para que hablara al espíritu. Se sentaron los tres debajo del árbol, atentos a lo que ocurriera. A medianoche se presentó la doncella, viniendo del boscaje, y, acercándose al peral, se comió otra pera, alcanzándola directamente con la boca; a su lado se hallaba el ángel vestido de blanco. Salió entonces el sacerdote y preguntó:
- ¿Vienes del mundo o vienes de Dios? ¿Eres espíritu o un ser humano?
A lo que respondió la muchacha:
- No soy espíritu, sino una criatura humana, abandonada de todos menos de Dios.
Dijo entonces el Rey:
- Si te ha abandonado el mundo, yo no te dejaré.
Y se la llevó a su palacio, y, como la viera tan hermosa y piadosa, se enamoró de ella, mandó hacerle unas manos de plata y la tomó por esposa.
Al cabo de un año, el Rey tuvo que partir para la guerra, y encomendó a su madre la joven reina, diciéndole:
- Cuando sea la hora de dar a luz, atendedla y cuidadla bien, y enviadme en seguida una carta.
Sucedió que la reina de las manos de plata tuvo un hijo, y la abuela se apresuró a comunicar al rey la buena noticia. Pero el mensajero se detuvo a descansar en el camino, junto a un arroyo, y, extenuado de su larga marcha, se durmió. Acudió entonces el diablo, siempre dispuesto a dañar a la virtuosa reina, y cambió la carta por otra, en la que ponía que la reina había traído al mundo un monstruo. Cuando el rey leyó la carta, se espantó y se entristeció sobremanera; pero escribió en contestación que cuidasen de la reina hasta su regreso.
Se volvió el mensajero con la respuesta, y se quedó a descansar en el mismo lugar, durmiéndose también como a la ida. Vino el diablo nuevamente, y otra vez le cambió la carta del bolsillo, sustituyéndola por otra que contenía la orden de matar a la reina y a su hijo. La abuela se horrorizó al recibir aquella misiva, y, no pudiendo prestar crédito a lo que leía, volvió a escribir al rey; pero recibió una respuesta idéntica, ya que todas las veces el diablo cambió la carta que llevaba el mensajero. En la última le ordenaba incluso que, en testimonio de que había cumplido el mandato, guardase la lengua y los ojos de la reina.
Pero la anciana madre, desolada de que hubiese de ser vertida una sangre tan inocente, mandó que por la noche trajesen un ciervo, al que sacó los ojos y cortó la lengua. Luego dijo a la reina:
- No puedo resignarme a matarte, como ordena el rey; pero no puedes seguir aquí. Márchate con tu hijo por el mundo, y no vuelvas jamás.
Le ató el niño a la espalda, y la desgraciada mujer se marchó con los ojos anegados en lágrimas.
Llegado que hubo a un bosque muy grande y salvaje, se hincó de rodillas e invocó a Dios. Se le apareció el ángel del Señor y la condujo a una casita, en la que podía leerse en un letrerito: "Aquí todo el mundo vive de balde." Salió de la casa una doncella, blanca como la nieve, que le dijo: "Bienvenida, señora reina," y la acompañó al interior.
Desatándole de la espalda a su hijito, lo tendió en una camita bien mullida. Le preguntó entonces la pobre madre:
- ¿Cómo sabes que soy reina?
Y la blanca doncella, le respondió:
- Soy un ángel que Dios ha enviado a la tierra para que cuide de ti y de tu hijo.
La joven vivió en aquella casa por espacio de siete años, bien cuidada y atendida, y su piedad era tanta, que Dios, compadecido, hizo que volviesen a crecerle las manos.
Finalmente, el rey, terminada la campaña, regresó a palacio, y su primer deseo fue ver a su esposa e hijo. Entonces la anciana reina prorrumpió a llorar, exclamando:
- ¡Hombre malvado! ¿No me enviaste la orden de matar a aquellas dos almas inocentes? -y le mostró las dos cartas falsificadas por el diablo, añadiendo: - Hice lo que me mandaste ­y le enseñó la lengua y los ojos.
El Rey prorrumpió a llorar con gran amargura y desconsuelo, por el triste fin de su infeliz esposa y de su hijo, hasta que la abuela, apiadada, le dijo:
- Consuélate, que aún viven. De escondidas hice matar una cierva, y guardé estas partes como testimonio. En cuanto a tu esposa, le até el niño a la espalda y la envié a vagar por el mundo, haciéndole prometer que jamás volvería aquí, ya que tan enojado estabas con ella.
Dijo entonces el rey:
- No cesaré de caminar mientras vea cielo sobre mi cabeza, sin comer ni beber, hasta que haya encontrado a mi esposa y a mi hijo, si es que no han muerto de hambre o de frío.
Estuvo el rey vagando durante todos aquellos siete años, buscando en todos los riscos y grutas, sin encontrarla en ninguna parte, y ya pensaba que habría muerto de hambre. En todo aquel tiempo no comió ni bebió, pero Dios lo sostuvo. Por fin llegó a un gran bosque, y en él descubrió la casita con el letrerito: "Aquí todo el mundo vive de balde." Salió la blanca doncella y, cogiéndolo de la mano, lo llevó al interior y le dijo:
- Bienvenido, señor rey -y le preguntó luego de dónde venía.
- Pronto hará siete años -respondió él- que ando errante en busca de mi esposa y de mi hijo; pero no los encuentro en parte alguna.
El ángel le ofreció comida y bebida, pero él las rehusó, pidiendo sólo que lo dejasen descansar un poco. Se tendió a dormir y se cubrió la cara con un pañuelo.
Entonces el ángel entró en el aposento en que se hallaba la reina con su hijito, al que solía llamar Dolorido, y le dijo:
- Sal ahí fuera con el niño, que ha llegado tu esposo.
Salió ella a la habitación en que el Rey descansaba, y el pañuelo se le cayó de la cara, por lo que dijo la reina:
- Dolorido, recoge aquel pañuelo de tu padre y vuelve a cubrirle el rostro.
Obedeció el niño y le puso el lienzo sobre la cara; pero el rey, que lo había oído en sueños, volvió a dejarlo caer adrede. El niño, impacientándose, exclamó:
- Madre, ¿cómo puedo tapar el rostro de mi padre, si no tengo padre ninguno en el mundo? En la oración he aprendido a decir: Padre nuestro que estás en los cielos; y tú me has dicho que mi padre estaba en el cielo, y era Dios Nuestro Señor. ¿Cómo quieres que conozca a este hombre tan salvaje? ¡No es mi padre!
Al oír el rey estas palabras, se incorporó y le preguntó quién era. Le respondió ella entonces:
- Soy tu esposa, y éste es Dolorido, tu hijo.
Pero al ver el Rey sus manos de carne, replicó: - Mi esposa tenía las manos de plata.
- Dios misericordioso me devolvió las mías naturales -dijo ella; y el ángel salió fuera y volvió en seguida con las manos de plata. Entonces tuvo el rey la certeza de que se hallaba ante su esposa y su hijo, y, besándolos a los dos, dijo, fuera de sí de alegría.
- ¡Qué terrible peso se me ha caído del corazón!
El ángel del Señor les dio de comer por última vez a todos juntos, y luego los tres emprendieron el camino de palacio, para reunirse con la abuela.
Hubo grandes fiestas y regocijos, y el rey y la reina vivieron felices hasta el fin.

(Hermanos Grimm)

Los seis criados

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En tiempos pasados vivía una reina anciana que era muy malvada, y su hija era la doncella más hermosa bajo el sol. La anciana, sin embargo, no tenía ningún otro pensamiento que cómo llevar a la humanidad a la destrucción, y cuando un pretendiente aparecía, ella decía que quienquiera que deseara tener a su hija, debería realizar primero una tarea que ella asignase, y si fallara, trabajaría como su esclavo por el resto de su vida.
Muchos habían sido deslumbrados por la belleza de la hija, y realmente se habían arriesgado, pero nunca pudieron llevar a cabo lo que la anciana los impuso para hacer, y ella no tuvo ninguna piedad para nadie;  tuvieron que quedar para siempre al servicio de la anciana como esclavos.
El hijo de un cierto Rey que también había oído de la belleza de la doncella, dijo a su padre,
-"Déjame a mí ir allá, quiero pedirla en matrimonio."-
-"Nunca,"- contestó el Rey; -"Si llegaras a ir, eso sería tu esclavitud."-
Por ello el hijo cayó en cama y estaba gravemente enfermo, y durante siete años estuvo así, y ningún médico podía curarlo. Cuando el padre percibió que no había ninguna esperanza, con un corazón muy triste le dijo,
-"Bien, ve allá, e intenta tu suerte, ya que no sé de ningún otro remedio para tu mal."-
Cuando el hijo oyó aquello, se levantó de su cama y sintiéndose bien  otra vez, con júbilo salió a su camino.

Y sucedió que cuando guiaba a su caballo a través de un brezal, vio desde lejos algo como un gran montón de heno sobre la tierra, y cuando estuvo más cerca, pudo ver que era el estómago de un hombre, que se había acostado allí, pero su estómago parecía una pequeña montaña. Cuando el hombre grande y gordo vio al viajero, se levantó y dijo,    
-"Si usted necesita algún ayudante, tómeme en su servicio"-.       
El príncipe contestó,-"¿Y qué podría hacer con un hombre tan grande como tú?"-      
-"Ah,"- dijo él -"eso no es nada, cuando me estiro bien, soy tres mil veces más gordo."-      
-"Si ese es el caso,"- dijo el príncipe, -"puedo hacer uso de ti, ven conmigo."-      
Entonces el hombre grande siguió al príncipe, y al ratito ellos encontraron a otro hombre que yacía en tierra con su oído puesto sobre el césped.       
-"¿Qué estás haciendo?"- preguntó el hijo del Rey.       
-"Escucho,"- contestó el hombre.       
-"¿Y qué estás escuchando tan atentamente?"-      
-"Escucho todo lo que sucede en el mundo, ya que nada evita mis oídos; hasta oigo el crecimiento de hierba."-
-"Díme,"- dijo el príncipe, -"¿qué oyes en la corte de la vieja Reina que tiene a la hermosa hija?"- Entonces él contestó,  -"Oigo zumbar el látigo que golpea la espalda de un pretendiente."-
El hijo del Rey dijo,  -"Puedes servirme, ven conmigo."- Y siguieron adelante.
Luego vieron yaciendo un par de pies y parte de un par de piernas, pero no podían ver el resto del cuerpo. Cuando habían andado una gran distancia, llegaron al tronco del cuerpo, y por fin a la cabeza también.  -"¡Caray!", dijo el príncipe, -"¡qué tipo tan alto eres!"-
-"Ah,"- contestó el hombre alto, -"no es nada en absoluto aún; cuando realmente estiro mis miembros, soy tres mil veces más alto, y más alto que la montaña más alta en la tierra. Entraré de buena gana en su servicio, si usted me acepta."-
-"Ven conmigo,"- dijo el príncipe, -"puedes servirme bien."-  Y continuaron adelante y encontraron luego a un hombre sentado en el camino quién tenía cubiertos sus ojos. El príncipe le preguntó,  -"¿Tiene ojos débiles que no puedes mirar la luz?"-
-"No,"- contestó al hombre, ."pero no debo quitarme la venda, pues lo que miro con mis ojos, se rompe en pedazos, ya que mi vista es demasiado poderosa. Si usted puede usar eso, me alegraré de servirle."-
-"Ven conmigo,"- contestó el hijo del Rey, -"podré hacer uso de ti." Ellos siguieron adelante y encontraron a un hombre que yacía en la caliente luz del sol, temblando y temblando de frío por todas partes de su cuerpo, sin un miembro que se estuviera quieto.  -"¿Cómo puedes temblar cuando el sol brilla tan caliente?"- dijo el hijo del Rey.
- "Alack"-, contestó el hombre, -"soy de una naturaleza completamente diferente. Cuanto más calor haga, más frío estoy yo, y el hielo penetra por todos mis huesos; y cuanto más frío haga, más caliente me pongo. En medio del frío, no puedo soportar mi calor, y en medio del calor, no puedo soportar mi frío." -"Realmente eres un compañero extraño,"- dijo el príncipe, -"pero si quieres  entrar en mi servicio, sígueme."  Y siguieron adelante, y encontraron a un hombre de pie quién estiraba un largo cuello y miraba alrededor de él, y podría ver sobre todas las montañas. 
-"¿Qué estás mirando con tanto interés?"- preguntó el hijo del Rey.  El hombre contestó,  -"Tengo ojos tan agudos que puedo ver dentro de cada bosque y campo, y colina y valle, por todo el mundo."- El príncipe dijo, "Ven conmigo si es tu voluntad, ya que también puedo necesitar a alguien así."- Y ahora el hijo del Rey y sus seis criados llegaron a la ciudad donde la reina anciana moraba. Él no le contó quien era él, pero dijo,  -"Si usted me da a su hija hermosa, realizaré cualquier tarea usted me ponga."- La bruja estuvo encantada de atrapar a tan galán joven como este en su red, y dijo,  -"Te pondré tres tareas, y si eres capaz de realizar todas ellas, tú serás el marido de mi hija."-
-"¿Cuál es la primera?"- -"Debes traerme mi anillo que se me cayó en el Mar Rojo."- Entonces el hijo del Rey se fue a casa, se reunió con sus criados y dijo, -"La primera tarea no es fácil.Debemos sacar un anillo del Mar Rojo. ¿Cómo podremos hacerlo?."- Entonces el hombre con la vista aguda dijo,  -"Veré donde está,"- y miró dentro del agua y dijo, -"Está pegado allí, en una piedra puntiaguda."- El hombre alto los llevó allá, y dijo,  -"Yo lo sacaría pronto, si sólo pudiera verlo."- -"¡Ah!, ¿es eso todo?"- gritó el hombre grande. Y se acostó y puso su boca en el agua, hacia donde todas las olas se dirigieron, justo como si aquello fuera un remolino, y se terminó de beber el mar entero de modo que quedó tan seco como un prado. El hombre alto se inclinó un poco, y sacó el anillo con su mano. Entonces el hijo del Rey se alegró cuando ya tenía el anillo, y lo llevó a la vieja reina que quedó muy sorprendida, y dijo,  -"Sí, éste es el anillo correcto. Has realizado sin peligro la primera tarea, pero ahora viene la  segunda. ¿Ves el prado delante de mi palacio? Trescientos bueyes gordos se alimentan allí, y deberás comerlos todos completos, carne, piel, pelo, huesos, cuernos y todo, y luego, abajo en mi sótano hay trescientos barriles de vino, y debes de beberlos todos también. Y si dejas un pelo de los bueyes, o una pequeña gota del vino, quedarás esclavizado inmediatamente".-         
-"¿Puedo invitar a alguien a esta comida?"- preguntó el príncipe, -"ninguna comida está bien sin alguna compañía."- La anciana se rió con malevolencia, y contestó,  -"Puedes tener un invitado por compañero, pero no más."- El hijo del Rey fue a donde sus criados y dijo al hombre grande,  -"Tu serás mi invitado hoy, y comerás intensamente."- En ese momento el hombre grande se estiró y comió a los trescientos bueyes sin dejar un solo pelo, y luego preguntó si solamente iba a tener eso de desayuno. Entonces se bebió el vino directamente de los barriles sin sentir necesidad de un vaso, y lamió la última gota de sus uñas. Cuando la comida estuvo  terminada, el príncipe fue donde la anciana, y le dijo que la segunda tarea también fue realizada. Ella se extrañó de eso y dijo,  -"Nadie ha hecho nunca tanto antes, pero todavía queda una tarea,"- y pensó para sí, -"¡No te me escaparás, y no te quedarás sin ser mi esclavo!"-      
Y entonces le dijo al príncipe, -"Esta noche, traeré a mi hija a tu cámara, y pondrás tus brazos alrededor de ella, pero cuando os sienten juntos, evita dormirte. Cuando den las doce, vendré, y si ella no está entonces en tus brazos, estarás perdido."- El príncipe pensó,   -"La tarea es fácil, definitivamente mantendré mis ojos abiertos." Sin embargo él llamó a sus criados, les dijo lo que la anciana había dicho, y comentó,  -"Quién sabe qué traición estará al acecho detrás de eso. La previsión es una cosa buena de mantener en cuenta, y tener cuidado de que la doncella no vaya a salir de mi cuarto otra vez."-
Cuando la noche cayó, la anciana vino con su hija, y la dejó en los brazos del  príncipe. Entonces el hombre alto rodeó a los dos en un círculo, y el hombre grande se colocó en la puerta, de modo que ninguna criatura viva pudiera entrar. Allí estuvieron los dos sentados, y la doncella no dijo nunca una palabra, pero la luna brillaba por la ventana en su cara, y el príncipe podría contemplar su belleza maravillosa. Realmente él miraba fijo solo a ella, y se sintió  lleno de amor y felicidad, y sus ojos nunca se sintieron cansados. Así duró hasta las once, cuando la anciana dijo unas palabras mágicas sobre todos ellos para dormirlos, y en ese mismísimo momento la doncella fue sacada. Entonces todos ellos durmieron profundamente hasta las doce menos cuarto, cuando la magia perdió su poder, y todos despertaron de nuevo.  -"¡Ah, miseria y desgracia!"- gritó el príncipe, -"¡ahora estoy perdido!"- Los fieles criados también comenzaron a lamentarse, pero el hombre oyente dijo,  -"Silencio, quiero escuchar."- Entonces escuchó durante un instante y dijo,  -"La princesa está en una roca, a trescientas leguas de aquí, lamentando su destino.  Solo tú, hombre alto, puedes ayudarla; si te levantas bien alto, estarás allí en un par de pasos."- 
-"Sí,"- contestó el hombre alto, -"pero el de los ojos poderosos debe ir conmigo, así podremos destruir la roca."- Entonces el hombre alto montó al de los ojos vendados en su espalda, y en un parpadear de ojos estaban en la roca encantada. El hombre alto inmediatamente quitó la venda de los ojos del otro, y él no hizo más que mirar  alrededor, y la roca estalló en mil pedazos. Entonces el hombre alto tomó la doncella en sus brazos, la regresó en un segundo, luego trajo a su compañero con la misma rapidez, y antes de que fueran las doce todos ellos se sentaron como se habían sentado antes, completamente alegres y felices. Cuándo dieron las doce, la bruja anciana vino mostrando una cara malévola, que parecía decir, -"¡ahora ya él es mío!"- pues creía que su hija estaba en la roca a trescientas leguas lejos. Pero cuándo la vio en los brazos del príncipe, se  alarmó, y dijo,       
-"Aquí hay uno que puede más que yo!"- No atrevió a oponerse, y fue obligada a darle a su hija, pero le susurró al oído: -"Es una desgracia para ti tener que obedecer a gente común, y que no puedas  elegir a un marido a tu propio gusto."-      
Con eso, el corazón orgulloso de la doncella se llenó de cólera, y meditó una  venganza. A la mañana siguiente hizo que trescientos grandes bultos de madera fueran reunidos juntos para una hoguera, y dijo al príncipe que aunque las tres tareas fueron realizadas, ella todavía no sería su esposa hasta que alguien estuviera listo a sentarse en medio de la madera encendida, y aguantar el fuego. Ella pensó que ninguno de sus criados se dejaría ser quemado, sacrificándose  por él, y que por el amor por ella, él mismo se colocaría sobre el fuego, y así luego ella sería libre. Pero los criados dijeron,  -"Cada uno de nosotros ha hecho algo excepto el hombre del frío-calor, ahora será su oportunidad."- Y lo pusieron en medio del montón de madera, y prendieron el fuego. Entonces la madera comenzó a quemarse, y hubo fuego durante tres días hasta que toda la madera se consumió, y cuando las llamas se habían consumido, el hombre del frío-calor estaba ahí de pie entre las cenizas, temblando como una hoja de álamo temblón, y diciendo,  -"Nunca sentí tal helada durante el curso entero de mi vida; ¡si esto hubiera durado mucho más, ya estaría entumecido!"  Como ya ningún otro pretexto podía ser encontrado, la hermosa doncella quedó ahora abligada a aceptar a aquel joven desconocido como su marido. Pero cuando iban para la ceremonia, la anciana se dijo, -"No puedo soportar esa desgracia,"-y envió a sus guerreros tras ellos con órdenes de reducir a todo quién se les opusiera, y que le trajeran de regreso a su hija. Pero el hombre oyente había afilado sus oídos, y había oído las órdenes de la anciana.       
-"¿Qué haremos?"- dijo el hombre grande y escupió detrás del carro un par de veces un poco del agua de mar que había bebido, y un gran mar se levantó en el que los guerreros fueron atrapados y ahogados. Cuando la bruja vio lo sucedido, envió a sus caballeros armados; pero el hombre oyente oyó la agitación de las armaduras, y quitó la venda de un ojo del hombre de los ojos poderosos, quién miró un rato fijamente a las tropas del enemigo, y todas sus piezas saltaron en pedazos como el cristal.      
Entonces el joven y la doncella continuaron su camino tranquilos, y cuando había terminado la ceremonia, los seis criados decidieron terminar sus servicios, y dijeron a su patrón,  -"Sus deseos están satisfechos ahora, ya no nos necesita, seguiremos nuestro camino y buscaremos nuestras fortunas."- El príncipe les pagó sus servicios y se fueron. A media legua del palacio del padre del príncipe había un pueblo cerca del cual un porquero atendía su manada, y cuando llegaron allí el príncipe dijo a su esposa,  -"¿Sabes quién soy realmente? No soy ningún príncipe, sino un pastor de cerdos, y el hombre que está allí con aquella manada, es mi padre. Nosotros dos tendremos que ponernos a trabajar también, y ayudarle." Entonces él bajó con ella a la posada, y en secreto pidió a los posaderos llevarse la indumentaria real durante la noche. Así que cuándo ella despertó por la mañana, no tenía nada para ponerse, y la esposa del posadero le dio un viejo vestido y un par de medias de estambre, lo que le pareció considerarlo un gran presente, y dijo,  -"¡Si no fuera por el bien de su marido yo no le hubiera dado nada en absoluto!"-
Entonces la princesa creyó que él realmente era un porquero, y atendió la manada con él, y pensó,  -"He merecido esto por mi altivez y orgullo."- Esto duró toda una semana, y no pudo soportarlo más, ya que tenía llagas en los pies. Luego llegó un par de personas que preguntaron si ella sabía quién era su marido. 
-"Sí"-, contestó, -"él es un porquero, y acaba de salir con cuerdas para tratar de realizar un pequeño trato."- Pero ellos dijeron,  -"Sólo venga con nosotros, y la llevaremos donde él," y ellos la llevaron hasta el palacio, y cuando ella entró en el salón, allí estaba su marido con su traje real. Pero ella no lo reconoció hasta que él la tomó en sus brazos, la besara, y dijera,  -"Sufrí mucho por ti, y ahora tú también, has tenido que sufrir por mí."- Y a partir de ahí fueron realmente felices.

(Hermanos Grimm)

La Gata Encantada

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Erase un príncipe muy admirado en su reino. Todas las jóvenes casaderas deseaban tenerle por esposo, pero él no se fijaba en ninguna y pasaba su tiempo jugando con Zapaquilda, una preciosa gatita, junto a las llamas del hogar.
Un día, dijo en voz alta:
- Eres tan cariñosa y adorable que, si fueras mujer, me casaría contigo.
En el mismo instante apareció en la estancia el Hada de los Imposibles, que dijo:
- Príncipe tus deseos se han cumplido.
  El joven, deslumbrado, descubrió junto a él a Zapaquilda, convertida en una bellísima muchacha.
  Al día siguiente se celebraban las bodas y todos los nobles y pobres del reino que acudieron al banquete se extasiaron ante la hermosa y dulce novia. Pero, de pronto, vieron a la joven lanzarse sobre un ratoncillo que zigzagueaba por el salón y zampárselo en cuanto lo hubo atrapado. 

El príncipe empezó entonces a llamar al Hada de los Imposibles para que convirtiera a su esposa en la gatita que había sido, pero el Hada no acudió, y nadie nos ha contado si tuvo que pasarse la vida contemplando como su esposa daba cuenta de todos los ratones de palacio.

El pastor y el cura

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Era un pastor que estaba con las ovejas y pasó un cura y le pidió un poquito de agua. Y dice:
-Niño, ¿tú no sabes el mandamiento que dice “dar de beber al sediento”?
-Sí, sí, padre, lo sé. ¿Y usted sabe el otro que dice “enseñar al que no sabe”?
-Sí, hijo, también lo sé yo.
-Pues coja usted hacia delante y allá detrás de la loma, al final, allá está la fuente.