martes, 13 de septiembre de 2011

La belleza del saludo...

Cuenta una historia que un Judío trabajaba en una planta empaquetadora de carne en Noruega. Un día terminando su horario de trabajo, fue a uno de los refrigeradores para inspeccionar algo; se cerró la puerta con el seguro y se quedó atrapado dentro del refrigerador. Golpeó fuertemente la puerta y empezó a gritar, pero nadie lo escuchaba. La mayoría de los trabajadores se habían ido a sus casas, y era casi imposible escucharlo por el grosor que tenía aquella puerta.

Llevaba cinco horas en el refrigerador al borde de la muerte cuando inesperadamente se abrió la puerta. El guardia de seguridad entró y lo rescató. Después de esto, le preguntaron al guardia a qué se debía que se le ocurriera abrir esa puerta si no era parte de su rutina de trabajo. Él explicó:

-"Llevo trabajando en esta empresa 35 años; cientos de trabajadores entran a la planta cada día, pero él es el único que me saluda por la mañana y se despide de mí por las tardes. El resto de los trabajadores me tratan como si fuera invisible. Hoy me dijo “ hola ” a la entrada, pero nunca escuché “hasta mañana” .Yo espero por ese "hola, buenos días", y ese "chao" o "hasta mañana" cada día. Sabiendo que todavía no se había despedido de mí, pensé que debía de estar en algún lugar del edificio, por lo que lo busqué y lo encontré."

(De la red)

Esta es La belleza del Saludo.... "Una Sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más Luz”.

lunes, 4 de julio de 2011

La princesa de fuego


Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez. El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
- Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.
El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.
Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por su carácter y cercanía, y su sola prensencia transmitía tal calor humano y pasión por cuanto hacía, que comenzaron a llamarla cariñosamente "La princesa de fuego".
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días
(De "Cuentos para dormir")

jueves, 26 de mayo de 2011

El filósofo y el zapatero


Un filósofo llegó un día al taller de un zapatero remendón con unos zapatos gastados y le dijo:
—Por favor, arréglalos.
—Ahora estoy remendando zapatos de otros hombres —respondió el zapatero—, y hay todavía más para reparar antes de que pueda ocuparme de los tuyos. Pero déjalos aquí. Usa este otro par por hoy, y ven mañana a buscarlos.
—No uso zapatos que no son míos —protestó indignado el filósofo.
—Pues bien -dijo el remendón—, ¿en verdad eres un filósofo y no puedes calzarte los zapatos de otro hombre? Al final de esta calle hay otro zapatero que comprende a los filósofos mejor que yo. Recurre a él para remiendos.

(Cuento de Gibran Khalil Gibran)

La tela

Un hombre caminaba por un callejón con un rollo de tela bajo el brazo cuando comenzó a llover torrencialmente. El caminante desenrolló la tela y la extendió sobre su cabeza. De pronto, otro hombre que pasaba por allí también se cobijó bajo el toldo improvisado.

Cuando cesó la lluvia, el segundo hombre reclamó la tela como suya y se inició una discusión que casi llegó a las manos. Finalmente, ambos llevaron el caso ante un juez. Este escuchó los respectivos argumentos y dijo:
—Alguacil, consiga unas tijeras y corte la tela justo por el medio para darle a cada uno su parte.

Así se hizo pero, entonces, el juez comprobó que uno de los hombres se manifestaba contento con la decisión mientras que el otro seguía muy enojado.
—Ya sé quién es el dueño de la tela —dijo el juez—. Alguacil, devuélvasela y envíe al ladrón a prisión.

(Cuento de la tradición hindú)

La zorra y el mono aristócrata


Viajaban por esta tierra juntos una zorra y un mono, disputando a la vez cada uno sobre su nobleza. Mientras cada cual detallaba ampliamente sus títulos, llegaron a cierto lugar. Volvió el mono su mirada hacia un cementerio y rompió a llorar. Preguntó la zorra que le ocurría, y el mono, mostrándoles unas tumbas le dijo: -- ¡Oh, cómo no voy a llorar cuando veo las lápidas funerarias de esos grandes héroes, mis antepasados! -- ¡Puedes mentir cuanto quieras -- contestó la zorra --; pues ninguno de ellos se levantará para contradecirte!

(Cuento zen)

lunes, 21 de marzo de 2011

El Diamante

Érase una vez, hace mucho tiempo, un Rey que vivía en Irlanda.
En aquellos tiempos, Irlanda estaba dividida en muchos reinos pequeños, y el reino de
aquel Rey era uno más entre esos muchos. Tanto el Rey como el reino no eran
conocidos, y nadie les prestaba mucha atención.


Pero un día, el Rey heredó un gran diamante de belleza incomparable de un
familiar que había muerto. Era el mayor diamante jamás conocido. Dejaba
boquiabiertos a todos los que tenían la suerte de contemplarlo. Los demás
Reyes empezaron a fijarse en este Rey porque, si poseía un diamante como
aquél, tenía que ser algo fuera de lo común.

El Rey tenía la joya expuesta en una urna de cristal para que todos los que
quisieran, pudieran acercarse a admirarla. Naturalmente, unos guardianes
bien armados mantenían aquel diamante único bajo una constante vigilancia.
Tanto el Rey como el reino prosperaban, y el Rey atribuía al diamante su
buena fortuna.

Un día, uno de los guardias, nervioso, solicitó permiso para ver al Rey. El
guardián temblaba como una hoja. Le dio al Rey una terrible noticia: había
aparecido un defecto en el diamante. Se trataba de una grieta, aparecida
justamente en la mitad de la joya. El Rey se sintió horrorizado y se acercó
corriendo hasta el lugar donde estaba instalada la urna de cristal para
comprobar por sí mismo el deterioro de la joya.

Era verdad. El diamante había sufrido una fisura en sus entrañas, defecto
perfectamente visible hasta en el exterior de la joya. Decidió convocar a
todos los joyeros del reino para pedir su opinión y consejo, pero sólo le
dieron malas noticias. Le aseguraron que el defecto de la joya era tan
profundo que si intentaban subsanarlo, lo único que conseguirían sería que
aquella maravilla perdiera todo su valor, y que si se arriesgaban a partirla
por la mitad para conseguir dos piedras preciosas, la joya podría con toda
probabilidad, partirse en millones de fragmentos.

Mientras el Rey meditaba profundamente sobre esas dos únicas tristes
opciones que se le ofrecían, un joyero, ya anciano, que había sido el último
en llegar, se le acercó y le dijo:

- Si me da una semana para trabajar en la joya, es posible que pueda
repararla.

Al principio, el Rey no dio crédito alguno a sus palabras, porque los demás
joyeros estaban totalmente seguros de la imposibilidad de arreglarla.
Finalmente el Rey cedió, pero con una condición: la joya no debía salir del
palacio real. Al anciano joyero le pareció bien el deseo del Rey. Aquél
era un buen sitio para trabajar, y aceptó también que unos guardianes
vigilaran su trabajo desde el exterior de la puerta del improvisado taller,
mientras él estuviese trabajando en la joya.

Aún costándole mucho, al no tener otra opción, el Rey dio por buena la
oferta del anciano joyero. A diario, él y los guardianes se paseaban
nerviosos ante la puerta de aquella habitación. Oían los ruidos de las
herramientas que trabajaban la piedra con golpes y frotamientos muy suaves.
Se preguntaban qué estaría haciendo y qué es lo que pasaría si el anciano
los engañaba.

Al cabo de la semana convenida, el anciano salió de la habitación. El Rey y
los guardianes se precipitaron al interior de la misma para ver el trabajo
del misterioso joyero. Al Rey se le saltaron las lágrimas de la alegría.
¡Su joya se había convertido en algo incomparablemente más hermoso y valioso
que antes! El anciano había grabado en el diamante una rosa perfecta, y la
grieta que antes dividía la joya por la mitad, se había convertido en el
tallo de la rosa.
Pon amor en las cosas que haces y las cosas tendrán sentido. Retírales
el amor y se tornaran vacías.

Vacío


Un célebre esgrimidor de sables japonés, que se decía adepto al zen, fue al encuentro del maestro Dukuon y le dijo, no sin un leve aire de triunfo, que todo lo que existía era el vacío, que nada distinguía al yo del tú, etc. El maestro lo escuchó un momento en silencio, luego cogió su pipa y golpeó con fuerza al soldado en el cráneo.
El hombre saltó, cogió su sable y amenazó al monje.
-Vaya- dijo éste muy tranquilo-. el vacío no tarda en montar en cólera.