lunes, 21 de marzo de 2011

El Diamante

Érase una vez, hace mucho tiempo, un Rey que vivía en Irlanda.
En aquellos tiempos, Irlanda estaba dividida en muchos reinos pequeños, y el reino de
aquel Rey era uno más entre esos muchos. Tanto el Rey como el reino no eran
conocidos, y nadie les prestaba mucha atención.


Pero un día, el Rey heredó un gran diamante de belleza incomparable de un
familiar que había muerto. Era el mayor diamante jamás conocido. Dejaba
boquiabiertos a todos los que tenían la suerte de contemplarlo. Los demás
Reyes empezaron a fijarse en este Rey porque, si poseía un diamante como
aquél, tenía que ser algo fuera de lo común.

El Rey tenía la joya expuesta en una urna de cristal para que todos los que
quisieran, pudieran acercarse a admirarla. Naturalmente, unos guardianes
bien armados mantenían aquel diamante único bajo una constante vigilancia.
Tanto el Rey como el reino prosperaban, y el Rey atribuía al diamante su
buena fortuna.

Un día, uno de los guardias, nervioso, solicitó permiso para ver al Rey. El
guardián temblaba como una hoja. Le dio al Rey una terrible noticia: había
aparecido un defecto en el diamante. Se trataba de una grieta, aparecida
justamente en la mitad de la joya. El Rey se sintió horrorizado y se acercó
corriendo hasta el lugar donde estaba instalada la urna de cristal para
comprobar por sí mismo el deterioro de la joya.

Era verdad. El diamante había sufrido una fisura en sus entrañas, defecto
perfectamente visible hasta en el exterior de la joya. Decidió convocar a
todos los joyeros del reino para pedir su opinión y consejo, pero sólo le
dieron malas noticias. Le aseguraron que el defecto de la joya era tan
profundo que si intentaban subsanarlo, lo único que conseguirían sería que
aquella maravilla perdiera todo su valor, y que si se arriesgaban a partirla
por la mitad para conseguir dos piedras preciosas, la joya podría con toda
probabilidad, partirse en millones de fragmentos.

Mientras el Rey meditaba profundamente sobre esas dos únicas tristes
opciones que se le ofrecían, un joyero, ya anciano, que había sido el último
en llegar, se le acercó y le dijo:

- Si me da una semana para trabajar en la joya, es posible que pueda
repararla.

Al principio, el Rey no dio crédito alguno a sus palabras, porque los demás
joyeros estaban totalmente seguros de la imposibilidad de arreglarla.
Finalmente el Rey cedió, pero con una condición: la joya no debía salir del
palacio real. Al anciano joyero le pareció bien el deseo del Rey. Aquél
era un buen sitio para trabajar, y aceptó también que unos guardianes
vigilaran su trabajo desde el exterior de la puerta del improvisado taller,
mientras él estuviese trabajando en la joya.

Aún costándole mucho, al no tener otra opción, el Rey dio por buena la
oferta del anciano joyero. A diario, él y los guardianes se paseaban
nerviosos ante la puerta de aquella habitación. Oían los ruidos de las
herramientas que trabajaban la piedra con golpes y frotamientos muy suaves.
Se preguntaban qué estaría haciendo y qué es lo que pasaría si el anciano
los engañaba.

Al cabo de la semana convenida, el anciano salió de la habitación. El Rey y
los guardianes se precipitaron al interior de la misma para ver el trabajo
del misterioso joyero. Al Rey se le saltaron las lágrimas de la alegría.
¡Su joya se había convertido en algo incomparablemente más hermoso y valioso
que antes! El anciano había grabado en el diamante una rosa perfecta, y la
grieta que antes dividía la joya por la mitad, se había convertido en el
tallo de la rosa.
Pon amor en las cosas que haces y las cosas tendrán sentido. Retírales
el amor y se tornaran vacías.

Vacío


Un célebre esgrimidor de sables japonés, que se decía adepto al zen, fue al encuentro del maestro Dukuon y le dijo, no sin un leve aire de triunfo, que todo lo que existía era el vacío, que nada distinguía al yo del tú, etc. El maestro lo escuchó un momento en silencio, luego cogió su pipa y golpeó con fuerza al soldado en el cráneo.
El hombre saltó, cogió su sable y amenazó al monje.
-Vaya- dijo éste muy tranquilo-. el vacío no tarda en montar en cólera.

martes, 15 de marzo de 2011

El Leñador Eficiente


Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel.

El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque.

El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar.

En un solo día cortó dieciocho árboles.

-Te felicito -le dijo el capataz-. Sigue así.

Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó bien temprano.

A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque.

A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más de quince árboles.

«Debo estar cansado», pensó. Y decidió acostarsecon la puesta de sol.

Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad.

Al día siguiente fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.

Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento.

El capataz le preguntó: «¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?».

-¿Afilar? No he tenido tiempo para afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles.

¿De qué cosas importantes nos estamos olvidando?

(De la red)

sábado, 12 de marzo de 2011

El pescador y las piedras


Un pescador iba todas las noches hasta la playa para tirar su red; sabía que cuando el sol sale los peces vienen a la playa a comer almejas, por eso siempre colocaba su red antes del amanecer.
Tenía una casita en la playa y bajaba muy de noche con la red al hombro. Con los pies descalzos y la red medio desplegada entraba en el agua.
Esta noche de la cual habla el cuento, cuando estaba entrando en el agua sintió que su pie golpeaba contra algo muy duro en el fondo.
Toqueteó y vió que era algo duro, como unas piedras envueltas en una bolsa.
Entonces pensó: "¿quién es el tarado que tira estas cosas en mi playa?. Y encima yo soy tan distraido que cada vez que entre me las voy a llevar por delante… "

Así que dejó de tender la red, se agachó, agarró la bolsa y la sacó del agua.

Estaba todo muy oscuro, y quizás por eso, cuando volvió, otra vez se llevó por delante la bolsa con las piedras, ahora en la playa.
Y pensó ‘soy un tarado’.
Así que sacó su cuchillo, abrió la bolsa y tanteó. Había unas cuantas piedras del tamaño de pequeños pomelos pesados y redondeados.
El pescador volvió a pensar ‘quien será el idiota que embolsa piedras para tirarlas al agua’.
Instintivamente tomó una, la sopesó en sus manos y la arrojó al mar.
Unos segundos después sintió el ruido de la piedra que se hundía a lo lejos. ¡Plup!.
Entonces metió la mano otra vez y tiró otra piedra. Nuevamente escuchó ¡Plup!
Y tiró para otro lado ¡Plaf!. Y luego lanzó dos a la vez y sintió ¡plup-plup! Y trató de tirarlas más lejos y de espaldas y con toda su fuerza ¡Plup-plaf!
Y se entretuvo, escuchando los diferentes sonidos, calculando el tiempo y probando de dos en dos, de una en una, con los ojos cerrados, tiro de tres…tiraba y tiraba las piedras al mar.
Hasta que el sol empezó a salir.
El pescador palpó y tocó una sola piedra adentro de la bolsa.
Entonces se preparaba para tirarla más lejos que las demás, porque era la última y porque el sol ya salía.

Y cuando estiró el brazo hacia atrás para darle fuerza al lanzamiento el sol empezó a alumbrar, viendo entonces que en la piedra había un brillo dorado y metálico que le llamaba la atención.
El pescador detuvo el impulso para arrojarla y la miró. La piedra reflejaba el sol entre el moho que la recubría.
El hombre la frotó como si fuera una manzana, contra su ropa, y la piedra empezó a brillar más todavía.
Asombrado la tocó y se dió cuenta de que era metálica. Entonces empiezó a frotarla y a limpiarla con arena y con su camisa, y vió que la piedra era de oro puro. Una piedra de oro macizo del tamaño de un pomelo.
Pero su alegría se borró cuando pensó que esta piedra es seguramente igual a las otras que tiró.
Y se dijo entonces : "¡Qué tonto he sido!. Tuve entre mis manos una bolsa llena de piedras de oro y las fui tirando fascinado por el sonido estúpido de las piedras al entrar al agua."

Y empezó a lamentarse y a llorar y a dolerse por las piedras perdidas, pensando que era un desgraciado, que era un pobre tipo, un tarado, un idiota…

Y empiezó a pensar: "Si entrara y consiguiera un traje de buzo y si fuera por abajo del mar, si fuera de día, si trajera un equipo de buzos para buscarlas", y lloraba más todavía mientras se lamentaba a gritos…

El sol terminó de salir y él se dio cuenta de que todavía tenía la piedra, se da cuenta de que el sol podría haber tardado un segundo más o él podría haber tirado la piedra más rápido, de que podría no haberse enterado nunca del tesoro que tenía en sus manos. Entonces pensó finalmente que tenía un tesoro, y que este tesoro era en sí mismo una fortuna enorme para un pescador como él y que la suerte significa poder tener el tesoro que aún tenía.

‘Ojalá podamos ser sabios para no llorar por aquellas piedras que quizás desprevenidamente desperdiciamos, por aquellas cosas que el mar se llevó y tapó y podamos, de verdad, prepararnos para ver el brillo de las piedras que tenemos y disfrutar en el presente eterno de cada una de ellas…’

Merendando con Dios


Había una vez un pequeño niño que quería conocer a Dios.
Él sabía que era un largo viaje llegar hasta donde Dios vivía, así es que preparó su mochila con sandwiches y botellas de leche chocolatada y comenzó su viaje.

Cuando había andado tres cuadras, se encontró con un viejecita. Ella estaba sentada en el parque observando a unas palomas.

El niño se sentó a su lado y abrió su mochila. Estaba a punto de tomar un trago de su leche chocolatada cuando notó que la viejecita parecía hambrienta, así es que le ofreció un sandwich.
Ella agradecida lo aceptó y le sonrió. Su sonrisa era tan hermosa que el niño quiso verla otra vez, así que le ofreció una leche chocolatada. Una vez más, ella le sonrió. El niño estaba encantado.

Permanecieron sentados allí toda la tarde comiendo y sonriendo, aunque nunca se dijeron ni una palabra.
A medida que oscurecía, el niño se dió cuenta de cuan cansado estaba y se levantó para marcharse.
Antes de dar unos pasos más, se dió la vuelta, corrió hacia la viejecita y le dió un abrazo. Ella le ofreció su sonrisa más amplia.

Cuando el niño abrió la puerta de su casa un rato más tarde, a su madre le sorprendió la alegría en su rostro.
Ella le preguntó: “¿Qué hiciste hoy que te puso tan contento?” Él le respondió: “Almorcé con Dios.”
Pero antes de que su madre pudiese responder añadió: “¿Y sabes qué? ¡Ella tiene la sonrisa más hermosa que he visto!”

Mientras tanto la viejecita, también radiante de dicha, regresó a su casa. Su vecina estaba impresionada con el reflejo de paz sobre su rostro, y le preguntó: “¿Qué hiciste hoy que te puso tan contenta?” Y ella respondió:
“Yo comí sandwiches con Dios en el parque”. Pero antes de que su vecina respondiera a esto, añadió: ” ¿Sabes, es mucho más jóven de lo que esperaba.”

Dos lobos


Un viejo amerindio estaba hablando con su nieto.

Le decía:
- "Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión".

El nieto preguntó:
"Abuelo, dime, Cuál de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?"

El abuelo contestó:
- "Aquel que yo alimente" . .
.

El abuelo y el nieto


Un atardecer cálido. Las golondrinas juegan teniendo el firmamento como fondo. El sabio abuelo camina satisfecho junto a su nieto. Es un niño vivaz y despierto, lleno de inquietudes espirituales, ávido de respuestas.

Abuelo - dice quebrando el silencio perfecto de la tarde -, cuando el cuerpo muere, ¿qué sucede?

- El cuerpo muere, pero el Ser nunca muere. Él es el Ser de todo el Universo. Es la esencia sutil de todo el mundo.

-¡Oh, abuelo! - se lamenta el muchachito -, no termino de comprender. ¿Puedes explicármelo mejor?

- Coge un fruto de aquel árbol.

El niño, presuroso, lo coge y lo trae entre sus manos.

- Quítale la cáscara - dice el abuelo: ¿Qué ves?

- El fruto.

- Abre el fruto. ¿Qué ves?

- Granos.

- Abre un grano. ¿Qué ves?

- Minúsculos granitos.

- Abre uno. ¿Qué ves?

- Nada, querido abuelo, nada.

Y el abuelo declara: Ésa esencia sutil que tú no ves es el Ser. Mantiene en pie el gran árbol. Nos mantiene vivos a ti y a mí. Hace que el río fluya y el fuego arda. Anima todos vastos espacios. Tú, querido mío, mi muy amado nieto, no ves esa esencia sutil, pero está ahí...

El niño, satisfecho, agarró la mano temblorosa y envejecida de su querido abuelo. Apaciblemente, se fundieron con el horizonte como el azúcar se funde con el agua.