jueves, 2 de febrero de 2012

La niña de los tres maridos


Érase una vez un padre que tenía una hija muy hermosa, pero terca y decidida. Esto a él no le parecía mal. Un día se presentaron tres jóvenes, a cual más apuesto, y los tres le pidieron la mano de su hija; el padre, después de que hubo hablado con ellos, dijo que los tres tenían su beneplácito y que, en consecuencia, fuera su hija la que decidiese con cuál de ellos se quería casar.

Así, le preguntó a la niña y ella le contestó que con los tres.

-Hija mía -dijo el buen hombre-, comprende que eso es imposible. Ninguna mujer puede tener tres maridos.

-Pues yo elijo a los tres -contestó la niña tan tranquila.

El padre volvió a insistir:

-Hija mía, ponte en razón y no me des más quebraderos de cabeza. ¿A cuál de ellos quieres que le conceda tu mano?

-Ya te he dicho que a los tres -contestó la niña.

Y no hubo manera de sacarla de ahí.

El padre se quedó dando vueltas en la cabeza al problema, que era un verdadero problema y, a fuerza de pensar, no halló mejor solución que encargar a los tres jóvenes que se fueran por el mundo a buscar una cosa que fuera única en su especie; y aquel que trajese la mejor y la más rara, se casaría con su hija.

Los tres jóvenes se echaron al mundo a buscar y decidieron reunirse un año después a ver qué había encontrado cada uno. Pero por más vueltas que dieron, ninguno acabó de encontrar algo que satisficiera la exigencia del padre, de modo que al cumplirse el año se pusieron en camino hacia el lugar en el que se habían dado cita con las manos vacías.

El primero que llegó se sentó a esperar a los otros dos; y mientras esperaba, se le acercó un viejecillo que le dijo que si quería comprar un espejito.

Era un espejo vulgar y corriente y el joven le contestó que no, que para qué quería él aquel espejo.

Entonces el viejecillo le dijo que el espejo era pequeño y modesto, sí, pero que tenía una virtud, y era que en él se veía a la persona que su dueño deseara ver. El joven hizo una prueba y, al ver que era cierto lo que el viejecillo decía, se lo compró sin rechistar por la cantidad que éste le pidió.

El que llegaba el segundo venía acercándose al lugar de la cita cuando le salió al paso el mismo viejecillo y le preguntó si no querría comprarle una botellita de bálsamo.

-¿Para qué quiero yo un bálsamo -dijo el joven- si en todo el mundo no he encontrado lo que estaba buscando?

Y le dijo el viejecillo:

-Ah, pero es que este bálsamo tiene una virtud, que es la de resucitar a los muertos.

En aquel momento pasaba por allí un entierro y el joven, sin pensárselo dos veces, se fue a la caja que llevaban, echó una gota del bálsamo en la boca del difunto y éste, apenas la tuvo en sus labios, se levantó tan campante, se echó al hombro el ataúd y convidó a todos los que seguían el duelo a una merienda en su casa. Visto lo cual, el joven le compró al viejecillo el bálsamo por la cantidad que éste le pidió.

El tercer pretendiente, entretanto, paseaba meditabundo a la orilla del mar, convencido de que los otros habrían encontrado algo donde él no encontrara nada. Y en esto vio llegar sobre las olas una barca que se llegó hasta la orilla y de la que descendieron numerosas personas. Y la última de esas personas era un viejecillo que se acercó a él y le dijo que si quería comprar aquella barca.

-¿Y para qué quiero yo esa barca -dijo el joven- si está tan vieja que ya sólo ha de valer para hacer leña?

-Pues te equivocas -dijo el viejecillo-, porque esta barca posee una rara virtud y es la de llevar en muy poco tiempo a su dueño y a quienes le acompañen a cualquier lugar del mundo al que deseen ir. Y si no, pregunte a estos pasajeros que han venido conmigo, que hace tan sólo media hora estaban en Roma.

El joven habló con los pasajeros y descubrió que esto era cierto, así que le compró la barca al viejecillo por la cantidad que éste le pidió.

Conque al fin se reunieron los tres en el lugar de la cita, muy satisfechos, y el primero contó que traía un espejo en el que su dueño podía ver a la persona que desease ver; y para probarlo pidió ver a la muchacha de la cual estaban los tres enamorados, pero cuál no sería su sorpresa cuando vieron a la niña muerta y metida en un ataúd.

Entonces dijo el segundo:

-Yo traigo aquí un bálsamo que es capaz de resucitar a los muertos, pero de aquí a que lleguemos ya estará, además de muerta, comida por los gusanos.

Y dijo el tercero:

-Pues yo traigo una barca que en un santiamén nos pondrá en la casa de nuestra amada.

Corrieron los tres a embarcarse y, efectivamente, al poco tiempo echaron pie a tierra muy cerca del pueblo de la niña y fueron en su busca.

Allí estaba ya todo dispuesto para el entierro y el padre, desconsolado, aún no se decidía a cerrar el ataúd y dar la orden de enterrarla.

Entonces llegaron los tres jóvenes y fueron a donde yacía la niña; y se acercó el que tenía el bálsamo y vertió unas gotas en su boca. Y apenas las tuvo sobre sus labios, la niña se levantó feliz y radiante.

Todo el mundo celebró con alborozo la acción del pretendiente y en seguida decidió el padre que éste era el que debería casarse con su hija, pero entonces los otros dos protestaron, y dijo el primero:

-Si no hubiese sido por mi espejo, no hubiéramos sabido del suceso y la niña estaría muerta y enterrada.

Y dijo el de la barca:

-Si no llega a ser por mi barca, ni el espejo ni el bálsamo la hubieran vuelto a la vida.

Así que el padre, con gran disgusto, se quedó de nuevo meditando cuál habría de ser la solución. Y la niña, dirigiéndose a él, le dijo entonces:

-¿Lo ve usted, padre, como me hacían falta los tres?

Y colorín, colorado este cuento se ha acabado

Periquillo Cañamón


Había un matrimonio de labradores que eran los dos tan pequeños que la gente los conocía por el apodo de «los cañamones». Eso a ellos no les incomodaba, pero, en cambio, se lamentaban de no tener hijos.

Cuando los oían lamentarse, la gente les decía:

-Y para qué queréis un hijo, si va a ser un cañamón.

Y los dos respondían:

-Bueno y qué; pues, cañamón y todo, queremos tener un hijo.

Y así fue que Dios les concedió un hijo y nació tan pequeño como un cañamón; le llamaron Periquillo y, como no creció ni una cuarta más, con Periquillo se quedó.

Conque pasó el tiempo y Periquillo fue cumpliendo años tan diminuto como siempre, pero era un muchacho voluntarioso que no se arredraba por ser tan pequeño. Un día que su padre se había ido a trabajar al campo desde por la mañana temprano, le dijo a su
madre, que estaba preparando la burra con la comida para llevársela a su padre:

-Madre, déjeme a mí la burra, que yo le llevo la comida a padre.

Y la madre le contestó:

-¿Cómo se la vas a llevar tú, con lo pequeño que eres?

Y Periquillo le contestó:

-Usted termine de prepararla, que yo la llevo.

La madre puso la albarda a la burra y metió la comida en ella junto con otras cosas que el padre necesitaba.

Y en cuanto hubo acabado de hacer esto, Periquillo saltó a la albarda, trepó por ella, corrió por el cuello de la burra, se instaló en una de sus orejas y le dijo tranquilamente:

-¡Arre, burra!

La burra echó a andar. E iban los dos por el camino cuando aparecieron tres ladrones detrás de una peña y se dijeron:

-Vamos por esa burra, que va sola.

Periquillo, que les oyó porque tenía un oído muy fino, dijo con voz muy fuerte para que le oyeran:

-¡Al que se acerque a la burra lo mato y lo descuartizo!

Y la burra aceleró el paso, pero los ladrones se quedaron quietos tratando de adivinar dónde se escondía el que les había hablado.

Conque llegó Periquillo a donde estaba su padre trabajando y le dijo:

-Ea, padre, que aquí le traigo su comida.

Y el padre, que sólo veía a la burra albardada, dijo:

-¿Dónde estás, hijo, que no te veo? -pues había reconocido su voz.

Y Periquillo le contestó:

-Que estoy aquí, en la oreja de la burra -y salió y se apeó de un salto.

Entonces le dijo Periquillo a su padre:

-Padre, ¿le hago unos surcos mientras usted come?

Y dijo el padre:

-¿Y cómo los vas a hacer? Con lo pequeño que eres tú, no puedes con los bueyes.

-Que sí que puedo -contestó el niño.

Y mientras su padre comía, se subió al yugo que uncía a los bueyes y empezó a darles voces a los animales.

Al oírlo, los bueyes echaron a andar e hicieron un surco, y volvieron e hicieron otro, y así sucesivamente, yendo y viniendo y haciendo surcos hasta que su padre terminó de comer. Y ya, luego, siguieron toda la tarde juntos hasta la hora de ponerse el sol, en que se volvieron todos a casa. El padre metió los bueyes en la cuadra y preparó el forraje de unos y otros, y Periquillo, que estaba muy cansado, se echó en el pesebre del buey Colorao y se quedó dormido. Y el buey Colorao empezó a comer y, sin darse cuenta, se tragó a Periquillo.

En esto llegó la hora de cenar y llamaron al niño, pero por más que lo buscaban el niño no aparecía por ninguna parte.

Empezaron a buscarlo por toda la casa y cuando el padre pasó por la cuadra oyó a Periquillo que hablaba desde dentro del buey y le decía:

-Padre, mata al buey Colorao, que se me ha comido entero.

Conque el padre sacó el buey al campo, lo mató y lo abrió con un cuchillo, pero por más que miró en las tripas y en todas partes, no encontró a Periquillo; y allí se quedó el buey muerto hasta que acertó a pasar un lobo que merodeaba por el pueblo y que se zampó las tripas del buey y a Periquillo con ellas.

Al día siguiente iba el lobo buscando ganado para comer y Periquillo, que lo sintió, empezó a gritar:
-¡Pastores, que viene el lobo!

Los pastores, que oyeron sus voces, rodearon al lobo y lo mataron a bastonazos. Cuando lo hubieron matado, empezaron a abrirlo con sus cuchillos y Periquillo, desde dentro, les decía que anduvieran con cuidado, no fueran a herirle a él, pero por más que miraron los pastores, no vieron a Periquillo. Entonces uno de los pastores decidió hacerse un tambor con la piel del lobo para acudir con él a las fiestas de su pueblo, y Periquillo se quedó metido dentro del tambor sin que nadie se diera cuenta.

El pastor guardó el tambor junto a una enorme encina y se fue con los otros. Periquillo se dedicó a rascar la piel del tambor con todas sus fuerzas y, poco a poco, consiguió abrir un pequeño agujero por el que asomar la cabeza. Y cuando la asomó vio venir a dos ladrones cargados con un gran talego de dinero, que lo escondieron en el hueco de la encina y antes de marcharse dijeron:

-Aquí estará seguro esta noche y mañana nos repartiremos el dinero.

Así que desaparecieron, Periquillo sacó la cabeza del tambor y luego el cuerpo haciendo fuerza y en cuanto estuvo fuera, echó a correr para su casa. Y allí estaban sus padres, tristes y desconsolados, que se pusieron tan contentos cuando vieron llegar a Periquillo sano y salvo. Entonces Periquillo les contó todo lo que le había pasado desde que se lo comiera el buey y también lo que había visto de los ladrones.

De modo que su padre y él se fueron hasta la encina, sacaron el talego escondido, vieron que estaba lleno de monedas de oro y se lo llevaron a casa. Y el padre compró otro buey como Colorao y aún les sobró dinero para comprar muchas más cosas que necesitaban.

Y colorín colorado, este cuento se ha hacabado.

miércoles, 1 de febrero de 2012

La doncella sin manos

A un molinero le iban mal las cosas, y cada día era más pobre; al fin, ya no le quedaban sino el molino y un gran manzano que había detrás.
Un día se marchó al bosque a buscar leña, y he aquí que le salió al encuentro un hombre ya viejo, a quien jamás había visto, y le dijo:
- ¿Por qué fatigarte partiendo leña? Yo te haré rico sólo con que me prometas lo que está detrás del molino.
«¿Qué otra cosa puede ser sino el manzano?», pensó el molinero, y aceptó la condición del desconocido.
Éste le respondió con una risa burlona:
- Dentro de tres años volveré a buscar lo que es mío -y se marchó.Al llegar el molinero a su casa, salió a recibirlo su mujer.
- Dime, ¿cómo es que tan de pronto nos hemos vuelto ricos? En un abrir y cerrar de ojos se han llenado todas las arcas y cajones, no sé cómo y sin que haya entrado nadie. Respondió el molinero:
- He encontrado a un desconocido en el bosque, y me ha prometido grandes tesoros. En cambio, yo le he prometido lo que hay detrás del molino. ¡El manzano bien vale todo eso!
- ¿Qué has hecho, marido? -exclamó la mujer horrorizada-. Era el diablo, y no se refería al manzano, sino a nuestra hija, que estaba detrás del molino barriendo la era.
La hija del molinero era una muchacha muy linda y piadosa; durante aquellos tres años siguió viviendo en el temor de Dios y libre de pecado.
Transcurrido que hubo el plazo y llegado el día en que el maligno debía llevársela, lavóse con todo cuidado, y trazó con tiza un círculo a su alrededor. Presentóse el diablo de madrugada, pero no pudo acercársele y dijo muy colérico al molinero:
- Quita toda el agua, para que no pueda lavarse, pues de otro modo no tengo poder sobre ella.
El molinero, asustado, hizo lo que se le mandaba. A la mañana siguiente volvió el diablo, pero la muchacha había estado llorando con las manos en los ojos, por lo que estaban limpísimas. Así tampoco pudo acercársele el demonio, que dijo furioso al molinero:
- Córtale las manos, pues de otro modo no puedo llevármela.
- ¡Cómo puedo cortar las manos a mi propia hija! -contestó el hombre horrorizado. Pero el otro le dijo con tono amenazador:
- Si no lo haces, eres mío, y me llevaré a ti.
El padre, espantado, prometió obedecer y dijo a su hija:
– Hija mía, si no te corto las dos manos, se me llevará el demonio, así se lo he prometido en mi desesperación. Ayúdame en mi desgracia, y perdóname el mal que te hago.
- Padre mío -respondió ella-, haced conmigo lo que os plazca; soy vuestra hija. Y, tendiendo las manos, se las dejó cortar.
Vino el diablo por tercera vez, pero la doncella había estado llorando tantas horas con los muñones apretados contra los ojos, que los tenía limpísimos. Entonces el diablo tuvo que renunciar; había perdido todos sus derechos sobre ella.
Dijo el molinero a la muchacha:
- Por tu causa he recibido grandes beneficios; mientras viva, todos mis cuidados serán para ti. Pero ella le respondió:
- No puedo seguir aquí; voy a marcharme. Personas compasivas habrá que me den lo que necesite. Se hizo atar a la espalda los brazos amputados, y, al salir el sol, se puso en camino. Anduvo todo el día, hasta que cerró la noche. Llegó entonces frente al jardín del Rey, y, a la luz de la luna, vio que sus árboles estaban llenos de hermosísimos frutos; pero no podía alcanzarlos, pues el jardín estaba rodeado de agua.
Como no había cesado de caminar en todo el día, sin comer ni un solo bocado, sufría mucho de hambre y pensó: «¡Ojalá pudiera entrar a comer algunos de esos frutos! Si no, me moriré de hambre».
Arrodillóse e invocó a Dios, y he aquí que de pronto apareció un ángel. Éste cerró una esclusa, de manera que el foso quedó seco, y ella pudo cruzarlo a pie enjuto. Entró entonces la muchacha en el jardín, y el ángel con ella.
Vio un peral cargado de hermosas peras, todas las cuales estaban contadas. Se acercó y comió una, cogiéndola del árbol directamente con la boca, para acallar el hambre, pero no más. El jardinero la estuvo observando; pero como el ángel seguía a su lado, no se atrevió a intervenir, pensando que la muchacha era un espíritu; y así se quedó callado, sin llamar ni dirigirle la palabra.
Comido que hubo la pera, la muchacha, sintiendo el hambre satisfecha, fue a ocultarse entre la maleza. El Rey, a quien pertenecía el jardín, se presentó a la mañana siguiente, y, al contar las peras y notar que faltaba una, preguntó al jardinero qué se había hecho de ella. Y respondió el jardinero:
- Anoche entró un espíritu, que no tenía manos, y se comió una directamente con la boca.
- ¿Y cómo pudo el espíritu atravesar el agua? -dijo el Rey-. ¿Y adónde fue, después de comerse la pera?
- Bajó del cielo una figura, con un vestido blanco como la nieve, que cerró la esclusa y detuvo el agua, para que el espíritu pudiese cruzar el foso. Y como no podía ser sino un ángel, no me atreví a llamar ni a preguntar nada. Después de comerse la pera, el espíritu se retiró.
- Si las cosas han ocurrido como dices -declaró el Rey-, esta noche velaré contigo. Cuando ya oscurecía, el Rey se dirigió al jardín, acompañado de un sacerdote, para que hablara al espíritu. Sentáronse los tres debajo del árbol, atentos a lo que ocurriera. A medianoche se presentó la doncella, viniendo del boscaje, y, acercándose al peral, comióse otra pera, alcanzándola directamente con la boca; a su lado se hallaba el ángel vestido de blanco. Salió entonces el sacerdote y preguntó:
- ¿Vienes del mundo o vienes de Dios? ¿Eres espíritu o un ser humano?A lo que respondió la muchacha:
- No soy espíritu, sino una criatura humana, abandonada de todos menos de Dios.
Dijo entonces el Rey:
- Si te ha abandonado el mundo, yo no te dejaré.Y se la llevó a su palacio, y, como la viera tan hermosa y piadosa, se enamoró de ella, mandó hacerle unas manos de plata y la tomó por esposa.Al cabo de un año, el Rey tuvo que partir para la guerra, y encomendó a su madre la joven reina, diciéndole:
- Cuando sea la hora de dar a luz, atendedla y cuidadla bien, y enviadme en seguida una carta.
Sucedió que la Reina tuvo un hijo, y la abuela apresuróse a comunicar al Rey la buena noticia. Pero el mensajero se detuvo a descansar en el camino, junto a un arroyo, y, extenuado de su larga marcha, se durmió. Acudió entonces el diablo, siempre dispuesto a dañar a la virtuosa Reina, y trocó la carta por otra, en la que ponía que la Reina había traído al mundo un monstruo. Cuando el Rey leyó la carta, espantóse y se entristeció sobremanera; pero escribió en contestación que cuidasen de la Reina hasta su regreso.
Volvióse el mensajero con la respuesta, y se quedó a descansar en el mismo lugar, durmiéndose también como a la ida. Vino el diablo nuevamente, y otra vez le cambió la carta del bolsillo, sustituyéndola por otra que contenía la orden de matar a la Reina y a su hijo. La abuela horrorizóse al recibir aquella misiva, y, no pudiendo prestar crédito a lo que leía, volvió a escribir al Rey; pero recibió una respuesta idéntica, ya que todas las veces el diablo cambió la carta que llevaba el mensajero. En la última le ordenaba incluso que, en testimonio de que había cumplido el mandato, guardase la lengua y los ojos de la Reina.
Pero la anciana madre, desolada de que hubiese de ser vertida una sangre tan inocente, mandó que por la noche trajesen un ciervo, al que sacó los ojos y cortó la lengua.
Luego dijo a la Reina:
- No puedo resignarme a matarte, como ordena el Rey; pero no puedes seguir aquí. Márchate con tu hijo por el mundo, y no vuelvas jamás.
Atóle el niño a la espalda, y la desgraciada mujer se marchó con los ojos anegados en lágrimas.
Llegado que hubo a un bosque muy grande y salvaje, se hincó de rodillas e invocó a Dios. Se le apareció el ángel del Señor y la condujo a una casita, en la que podía leerse en un letrerito: «Aquí todo el mundo vive de balde». Salió de la casa una doncella, blanca como la nieve, que le dijo: «Bienvenida, Señora Reina», y la acompañó al interior. Desatándole de la espalda a su hijito, se lo puso al pecho para que pudiese darle de mamar, y después lo tendió en una camita bien mullida. Preguntóle entonces la pobre madre:
- ¿Cómo sabes que soy reina?
Y la blanca doncella, le respondió:
- Soy un ángel que Dios ha enviado a la tierra para que cuide de ti y de tu hijo.La joven vivió en aquella casa por espacio de siete años, bien cuidada y atendida, y su piedad era tanta, que Dios, compadecido, hizo que volviesen a crecerle las manos. Finalmente, el Rey, terminada la campaña, regresó a palacio, y su primer deseo fue ver a su esposa e hijo. Entonces la anciana reina prorrumpió a llorar, exclamando:
- ¡Hombre malvado! ¿No me enviaste la orden de matar a aquellas dos almas inocentes? -y mostróle las dos cartas falsificadas por el diablo, añadiendo:
– Hice lo que me mandaste ­y le enseñó la lengua y los ojos.El Rey prorrumpió a llorar con gran amargura y desconsuelo, por el triste fin de su infeliz esposa y de su hijo, hasta que la abuela, apiadada, le dijo:
- Consuélate, que aún viven. De escondidas hice matar una cierva, y guardé estas partes como testimonio. En cuanto a tu esposa, le até el niño a la espalda y la envié a vagar por el mundo, haciéndole prometer que jamás volvería aquí, ya que tan enojado estabas con ella. Dijo entonces el Rey:- No cesaré de caminar mientras vea cielo sobre mi cabeza, sin comer ni beber, hasta que haya encontrado a mi esposa y a mi hijo, si es que no han muerto de hambre o de frío.Estuvo el Rey vagando durante todos aquellos siete años, buscando en todos los riscos y grutas, sin encontrarla en ninguna parte, y ya pensaba que habría muerto de hambre. En todo aquel tiempo no comió ni bebió, pero Dios lo sostuvo. Por fin llegó a un gran bosque, y en él descubrió la casita con el letrerito:
«Aquí todo el mundo vive de balde».
Salió la blanca doncella y, cogiéndolo de la mano, lo llevó al interior y le dijo:
- Bienvenido, Señor Rey -y le preguntó luego de dónde venía.- Pronto hará siete años -respondió él- que ando errante en busca de mi esposa y de mi hijo; pero no los encuentro en parte alguna.El ángel le ofreció comida y bebida, pero él las rehusó, pidiendo sólo que lo dejasen descansar un poco. Tendióse a dormir y se cubrió la cara con un pañuelo.Entonces el ángel entró en el aposento en que se hallaba la Reina con su hijito, al que solía llamar Dolorido, y le dijo:- Sal ahí fuera con el niño, que ha llegado tu esposo.
Salió ella a la habitación en que el Rey descansaba, y el pañuelo se le cayó de la cara, por lo que dijo la Reina:
- Dolorido, recoge aquel pañuelo de tu padre y vuelve a cubrirle el rostro.Obedeció el niño y le puso el lienzo sobre la cara; pero el Rey, que lo había oído en sueños, volvió a dejarlo caer adrede. El niño, impacientándose, exclamó:- Madrecita. ¿cómo puedo tapar el rostro de mi padre, si no tengo padre ninguno en el mundo? En la oración he aprendido a decir: Padre nuestro que estás en los Cielos; y tú me has dicho que mi padre estaba en el cielo, y era Dios Nuestro Señor. ¿Cómo quieres que conozca a este hombre tan salvaje? ¡No es mi padre!Al oír el Rey estas palabras, se incorporó y le preguntó quién era. Respondióle ella entonces:
- Soy tu esposa, y éste es Dolorido, tu hijo.Pero al ver el Rey sus manos de carne, replicó:
– Mi esposa tenía las manos de plata.
- Dios misericordioso me devolvió las mías naturales -dijo ella; y el ángel salió fuera y volvió en seguida con las manos de plata. Entonces tuvo el Rey la certeza de que se hallaba ante su esposa y su hijo, y, besándolos a los dos, dijo, fuera de sí de alegría.
- ¡Qué terrible peso se me ha caído del corazón! El ángel del Señor les dio de comer por última vez a todos juntos, y luego los tres emprendieron el camino de palacio, para reunirse con la abuela. Hubo grandes fiestas y regocijos, y el Rey y la Reina celebraron una segunda boda y vivieron felices hasta el fin.

Una moneda de ¡ Ay!


Tenía un caballero un criado nuevo, un mozo llamado Pedro que parecía un poco tonto. Para burlarse de él, le dio dos monedas y le dijo:- “Pedro, vete al mercado y cómprame una moneda de uvas y otra de ¡ay!”El pobre mozo compró las uvas, pero cada vez que pedía una moneda de ¡ay! todos se reían y mofaban de él.Al darse cuenta de la burla de su amo, puso las uvas en el fondo de una bolsa y sobre las uvas un manojo de ortigas.Cuando regresó a su casa, le dijo su amo:- “¿Lo traes todo?”Contestó el mozo:- “Sí, señor, está todo en la bolsa”El caballero extrañado metió rápidamente la mano y al tocar las ortigas, exclamó:- “¡Ay!”A lo que dijo el mozo:- “Debajo están las uvas, señor”

El agua del pozo

Había una vez una vez un hombre de noble cuna , que después de atravesar el desierto llego a un poblado lleno de árboles y huertos y lo primero que encontró fue un pozo , sediento como estaba se acerco para saciar su sed , pero el agua estaba tan profunda , que era inaccesible y nada de su alrededor podía facilitarle el alcanzar el agua , por ello decidió sentarse junto al pozo a esperar que pasara alguna cosa y confiando en Dios.Al poco rato , se aproximo una mujer con una jarra asentada en su cadera y una cuerda en la mano. Al verle allí sentado , con una sonrisa le saludó. – ” La paz de Dios sea contigo”y el le respondió .-” Su paz sea contigo”Y la mujer sin decir nada , deslizo de sus manos la cuerda dentro del pozo y atada en un extremo la jarra , que hizo descender lentamente y con cuidado luego se oyó el chapoteo de la jarra al hundirse en el agua , entonces la mujer alargando el brazo , removió la cuerda para que se llenara el recipiente y empezó a tirar de ella hacia arriba con fuerza y cuidado.Mientras el hombre sentado al lado del pozo le contaba , lo mucho que había viajado y que había conocido todo tipo de pozos .La mujer de cuando en cuando se lo miraba sin dejar de sonreir…y tiraba y tiraba de la larga cuerda subiendo la jarra .Yo he conocido pozos mucho mas grandes que este y he probado aguas salobres y otras mas dulces y parece mentira la gama de sabores que pueda tener el agua…El hombre comentaba . Ella le dirigía alguna mirada asintiendo sus palabras…al final haciendo un último esfuerzo la mujer cogió por un asa la jarra, la descanso sobre el borde del pozo y recogió la cuerda , agarro la jarra mojada se la planto al costado y dirigiendo una mirada al hombre le dijo .-” Pues muy bien , estad con Dios..” y se marcho.El hombre sin moverse de donde estaba vio como se alejaba la mujer y abatido se dispuso a esperar que Dios en su Misericordia le proporcionara la manera de poder beber agua de aquel pozo…

El asno y el perro

Un hombre poseía un perrito y un asno.
El perrito era muy inteligente y juguetón; el asno, muy trabajador, aunque un tanto torpe. El perrito era, en verdad, sumamente gracioso y gran compañero de su amo, que le adoraba.
Cuando el hombre salía de la casa, siempre, al regresar, le traía alguna golosina, pues le alegraba ver cómo el animalito daba grandes saltos para sacárle de las manos. Celoso de tal predilección, el simple del burro dijose un día, sin disimular su envidia.
– ¡ Le premia por verle mover la cola, y por unos cuantos saltos le colma de caricias ! ¡ Pues yo haré lo mismo ! Se acercó saltando y, sin querer, le dio una tremenda coz a su dueño, quien, furioso, le condujo para atarle al pesebre.
MoralejaAsume tu papel con optimismo:No todos sirven para hacer lo mismo.

El Camaleón y el arcoiris


Un camaleón orgulloso, que se burlaba de los demás por no cambiar de color como él. Pasaba el día diciendo: ¡Que bello soy!.¡No hay ningún animal que vista tan señorial!.Todos admiraban sus colores, pero no su mal humor y su vanidad.Un día, paseaba por el campo, cuando de repente, comenzó a llover.La lluvia, dio paso al sol y éste a su vez al arco iris.El camaleón alzó la vista y se quedó sorprendido al verlo, pero envidioso dijo: ¡No es tan bello como yo!.¿No sabes admirar la belleza del arco iris?: Dijo un pequeño pajarillo que estaba en la rama de un árbol cercano.Si no sabes valorarlo, continuó, es difícil que conozcas las verdades que te enseña la naturaleza.¡Si quieres, yo puedo ayudarte a conocer algunas!.¡Está bien!: dijo el camaleón.Los colores del arco iris te enseñan a vivir, te muestran los sentimientos.El camaleón le contestó: ¡Mis colores sirven para camuflarme del peligro, no necesito sentimientos para sobrevivir!.El pajarillo le dijo: ¡Si no tratas de descubrirlos, nunca sabrás lo que puedes sentir a través de ellos!.Además puedes compartirlos con los demás como hace el arco iris con su belleza.El pajarillo y el camaleón se tumbaron en el prado.Los colores del arco iris se posaron sobre los dos, haciéndoles cosquillas en sus cuerpecitos.El primero en acercarse fue el color rojo, subió por sus pies y de repente estaban rodeados de manzanos, de rosas rojas y anocheceres.El color rojo desapareció y en su lugar llegó el amarillo revoloteando por encima de sus cabezas.Estaban sonrientes, alegres, bailaban y olían el aroma de los claveles y las orquideas.El amarillo dio paso al verde que se metió dentro de sus pensamientos.El camaleón empezó a pensar en su futuro, sus ilusiones, sus sueños y recordaba los amigos perdidos.Al verde siguió el azul oscuro, el camaleón sintió dentro la profundidad del mar, peces, delfines y corales le rodeaban.Daban vueltas y vueltas y los pececillos jugaban con ellos.Salieron a la superficie y contemplaron las estrellas. Había un baile en el cielo y las estrellas se habían puesto sus mejores galas.El camaleón estaba entusiasmado.La fiesta terminó y apareció el color azul claro. Comenzaron a sentir una agradable sensación de paz y bienestar.Flotaban entre nubes y miraban el cielo.Una nube dejó caer sus gotas de lluvia y se mojaron, pero estaban contentos de sentir el frescor del agua.Se miraron a los ojos y sonrieron.El color naranja se había colocado justo delante de ellos.Por primera vez, el camaleón sentía que compartía algo y comprendió la amistad que le ofrecía el pajarillo.Todo se iluminó de color naranja.Aparecieron árboles frutales y una gran alfombra de flores.Cuando estaban más relajados, apareció el color añil, y de los ojos del camaleón cayeron unas lagrimitas. Estaba arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar aquello que era realmente hermoso.Pidió perdón al pajarillo y a los demás animales y desde aquel día se volvió mas humilde.