lunes, 30 de enero de 2012

La gata encantada

Erase un príncipe muy admirado en su reino. Todas las jóvenes casaderas deseaban tenerle por esposo, pero él no se fijaba en ninguna y pasaba su tiempo jugando con Zapaquilda, una preciosa gatita, junto a las llamas del hogar.
Un día, dijo en voz alta:
- Eres tan cariñosa y adorable que, si fueras mujer, me casaría contigo.
En el mismo instante apareció en la estancia el Hada de los Imposibles, que dijo:
- Príncipe tus deseos se han cumplido.
El joven, deslumbrado, descubrió junto a él a Zapaquilda, convertida en una bellísima muchacha. Al día siguiente se celebraban las bodas y todos los nobles y pobres del reino que acudieron al banquete se extasiaron ante la hermosa y dulce novia. Pero, de pronto, vieron a la joven lanzarse sobre un ratoncillo que zigzagueaba por el salón y zampárselo en cuanto lo hubo atrapado. El príncipe empezó entonces a llamar al Hada de los Imposibles para que convirtiera a su esposa en la gatita que había sido.
Pero el Hada no acudió, y nadie nos ha contado si tuvo que pasarse la vida contemplando como su esposa daba cuenta de todos los ratones de palacio.

El Mendigo

En esa salida de metro estaba siempre Manuel, ese indigente, que con su rutina diaria no tuvo otra opción, ya que la vida, quizás no le dio la virtud de vivir de otra forma, vio que era más fácil extender la mano, y que un alma solidaria se apiadara de él.
Circunstancialmente surge otro personaje, de la misma edad, motivado por ese hombre le pregunta:
-¡Mire! sé que usted hace esto más de 60 años, ¿sabe que hice yo todo ese tiempo?, viaje por todo el mundo, me case tres veces, tuve siete hijos, cinco empresas, me mude catorce veces, hoy vivo de renta, y todos los meses retiro dinero del banco que me permite vivir dignamente, ¿y usted?
- Bueno, los días de sol son maravillosos, los de lluvia es cuando descanso, y mi única llave es la de la libertad, que es la propiedad de la calle. ¿Vio, que vida hermosa que tengo? , discúlpeme no lo hago con la intención de que me envidie.
(Agustín H. Medina)

El real del sastre

Uno de los habitantes de un pequeño pueblo de Castilla debía dinero a casi todo el mundo. Tantas deudas acumuló que llegó un momento en que le resultó imposible pasear tranquilo por la calle porque todos los vecinos se le acercaban reclamándole el dinero que les debía. Para terminar con esta terrible situación se metió en la cama y se fingió enfermo. Todo el pueblo pasó por su casa para visitarle. Él se quejaba tanto y fingía tan bien la inexistente enfermedad que daba mucha pena y los vecinos, pensando que se iba a morir, comenzaron a perdonarle las deudas.
- ¡Pobrecito, qué enfermo está! -dijo el molinero- yo le perdono lo que me debe.
- ¡Qué mala cara tiene! -decía el lechero- yo también le perdono. Y así, poco a poco, todos los vecinos del pueblo fueron perdonándole las deudas, todos menos uno: el sastre, que siempre decía:
- ¡Pues a mí me debe un real y me lo tiene que pagar! Aunque los otros vecinos le rogaban que le perdonara el real, porque el pobre se estaba muriendo, el sastre continuaba diciendo:
- A mi me da igual que esté enfermo porque... ¡a mí me debe un real y me lo tiene que pagar! Cuando el falso enfermo se convenció que el sastre nunca le iba a perdonar la deuda decidió fingir su muerte. Lo metieron en un ataúd y lo llevaron a la Iglesia del pueblo. Cuando empezó a hacerse de noche los vecinos se fueron a dormir a sus casas, excepto el sastre que, como no se fiaba, decidió esconderse en uno de los confesionarios de la Iglesia para vigilar al falso muerto. Por la noche entraron en la Iglesia doce ladrones para repartirse el botín de sus robos y pillerías. Aunque sólo eran doce el capitán de los bandidos ordenó hacer trece montones de monedas de oro. Cuando acabaron el reparto dijo: - ¡Ese montón que sobra será para el que se atreva a darle una puñalada al muerto! Se adelantó el más valiente de los bandidos, desenvainó su puñal y con paso decidido se acercó al ataúd. Cuando el falso muerto vio que lo iban a matar de verdad dio un gran salto, se puso de pie y agitando los brazos gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Venid difuntos!
El sastre, para ayudarle, derribó el confesionario haciendo mucho ruido y gritando también:
- ¡Allá vamos todos juntos! Ante semejantes apariciones los bandidos huyeron despavoridos y no pararon hasta llegar a lo más profundo del bosque. Allí, al acordarse del tesoro que habían abandonado, el capitán ordenó a uno de ellos:
- Acércate a la Iglesia y entérate de lo que está pasando.
Entretanto el sastre y el falso difunto se estaban repartiendo las monedas de oro que los bandidos habían abandonado en su huida. Cuando acabaron el reparto el sastre que no se olvidaba del real que le debía dijo: - Ahora ¡dame mi real! En ese preciso momento llegó el bandido y al oír al sastre salió corriendo hacia el bosque y dijo a sus compañeros:
- No hay que pensar en volver por el tesoro, ¡hay tantos difuntos en la Iglesia que sólo tocan a un real!

domingo, 29 de enero de 2012

El abad y los tres enigmas

Esto era una vez un viejo monasterio, situado en el centro de un enorme y frondoso bosque, en el que vivían muchos frailes. Cada fraile tenía una misión diferente, así había un fraile portero, otro médico, otro cocinero, otro bibliotecario, otro pastor, otro jardinero, otro hortelano, otro maestro, otro boticario, es decir había un fraile para cada cosa y todos llevaban una vida monástica entregada al estudio y a la oración. Como en todos los monasterios, el fraile que más mandaba era el abad.Se cuenta que había llegado a oídos del Señor Obispo de aquella región que el abad del monasterio era un poco tonto y no estaba a la altura de su cargo. Para comprobar las habladurías de la gente le hizo llamar y le dio un año de plazo para que resolviera los tres enigmas siguientes:
1º) Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría?
2º) Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría?
3º)¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
El abad regresó al monasterio y sentó en su despacho a pensar y pensar, y pensó tanto que por las orejas le salía humo. Se pasaba todo el día pensando, pero no se le ocurría nada, pensar sólo le daba un fuerte dolor de cabeza. Hasta entró en la biblioteca del monasterio por primera vez en su vida para buscar y rebuscar en los libros las soluciones y las respuestas que necesitaba. Pasaba el tiempo sin que el abad resolviera los enigmas que le había planteado el Señor Obispo. Cuando ya quedaban pocos días para que se cumpliera el año de plazo salió a pasear por el bosque y se sentó desesperado debajo de un árbol. Un joven y humilde fraile pastor que estaba cuidando las ovejas del monasterio le oyó lamentarse y le preguntó qué le ocurría. El abad le contó la entrevista con el Señor Obispo y los tres enigmas que le había planteado para probar sus conocimientos. El frailecillo le dijo que no se preocupara más porque él sabría como contestar al Señor Obispo. Así que, el mismo día que se terminaba el año de plazo, se presentó el joven fraile ante el Señor Obispo disfrazado con el hábito del abad y la cabeza cubierta con la capucha para que el Obispo no pudiera reconocerlo. Después de recibirlo, el Señor Obispo quiso saber las respuestas a sus enigmas y volvió a plantear al falso abad la primera pregunta:
- Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría?
- Si Su Ilustrísima caminara tan deprisa como el sol -contestó rápidamente el frailecillo- sólo tardaría veinticuatro horas.
El Obispo después de pensarlo un rato quedó satisfecho con la respuesta, así que pasó a la segunda pregunta:
- Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría?
El frailecillo respondió sin dudarlo:- Quince monedas de plata.
Cuando el Obispo oyó esta respuesta preguntó:- ¿Por qué quince monedas?
- Porque a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas de plata y es lógico pensar que Su Ilustrísima valga sólo la mitad.Le iban convenciendo al Señor Obispo las respuestas de aquel abad y empezaba a pensar que no era tan tonto como le habían dicho.Entonces realizó la tercera y última pregunta:
- ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
- Su Ilustrísima piensa que yo soy el abad del monasterio cuando en realidad sólo soy el fraile que cuida de las ovejas.
Entonces el Obispo, dándose cuenta de la inteligencia de aquel joven fraile, decidió que el frailecillo ocupara el cargo de abad y que el abad se encargara de las ovejas.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, si quieres que te lo cuente otra vez cierra los ojos y cuenta hasta tres.
(Francisco J. Briz Hidalgo)

Los pasteles y la muela


Un labrador tenía muchas ganas de ver al Rey porque pensaba que el Rey sería mucho más que un hombre. Así que le pidió a su amo su sueldo y se despidió.

Durante el largo camino hasta la Corte se le acabó todo el dinero y cuando vio al Rey y comprobó que era un hombre como él, pensó: «Por ver un simple hombre he gastado todo mi dinero y sólo me queda medio real».

Del enfado le empezó a doler una muela y con el dolor y el hambre que tenía no sabía qué hacer, porque pensaba: «Si me saco la muela y pago con este medio real, quedaré muerto de hambre. Si me compro algo de comer con el medio real, me dolerá la muela».

Estaba pensando lo que iba a hacer cuando, sin darse cuenta, se fue arrimando al escaparate de una pastelería donde los ojos se le iban detrás de los pasteles.Vinieron a pasar por allí dos lacayos que le vieron tan embobado contemplando los pasteles que para burlarse de él le preguntaron:- Villano, ¿cuántos pasteles te comerías de una vez?

Respondió: - Tengo tanta hambre que me comería quinientos.

Ellos dijeron: - ¡Quinientos! ¡Eso no es posible!

Replicó: - ¿Os parecen muchos?, podéis apostar a que soy capaz de comerme mil pasteles.

Dijeron: - ¿Qué apostarás? - Que si no me los comiere me saquéis esta primera muela, dijo señalando la muela que le dolía.

Estuvieron de acuerdo, así que el villano empezó a comer pasteles hasta que se hartó, entonces paró y dijo:- He perdido, señores.

Los otros, muy regocijados y bromeando, llamaron a un barbero que le sacó la muela.

Para burlarse de él decían:- ¿Habéis visto este necio villano que por hartarse de pasteles se deja sacar una muela?

Respondió él: - Mayor necedad es la vuestra, que me habéis matado el hambre y sacado una muela que me estaba doliendo.

Al oír esto todos los presentes comenzaron a reír. Los lacayos humillados pagaron y se fueron.

(Francisco J. Briz Hidalgo)

El marido desconfiado

Al llegar a mayor, y tras una larga vida hogareña con alegrías y sufrimientos cotidianos, unos esposos decidieron renunciar a la vida mundana y dedicar el resto de sus vidas a la me­ditación y a peregrinar a los más sacrosantos san­tuarios.En una ocasión, de camino a un templo Himalayo, el hombre vio en el sendero un fabuloso rubí. Con gran rapidez, colocó uno de sus pies sobre la piedra preciosa para ocultarla, pensando que, si su mujer la veía, tal vez surgiera en ella un senti­miento de codicia que pudiese contaminar su mente y retrasar su evolución mística. Pero la mu­jer descubrió la artimaña de su marido y con voz tranquila le comentó:—Querido, me gustaría saber por qué has re­nunciado al mundo terrenal si todavía haces distinción en­tre un simple rubí y el polvo.
(Autor desconocido)

martes, 10 de enero de 2012

Literatura




El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.
La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

(Julio Torri)